Dale guerra al mundo, la guerra de tu corazón

Es inquietante el mundo.

Hay espinas en la vida, pero también hay color, hay fuego. Hay belleza.
El árbol también es un guerrero.

Es inquietante la naturaleza. Bella e inquietante.

Por más que los vegetarianos traten de demostrar que somos nosotros, los humanos, los crueles que matamos para comer, a mí me duele igual que la vaca la hierba. Sólo el que siembra sabe la vida que hay en un vegetal, y lo breve que es la existencia; es maravilloso y aterrador el concepto de ciclo: nacer, crecer, reproducirse y morir.

Como, Martina que lame mi mano y disfruta de un rayo de sol.
Como Clotilde, que lo sabe, pero está feliz viviendo.

La hierba me suspira años luz, los arbustos estiran sus ramas flexibles y breves hacia un crecimiento imposible, pero lo intentan. Los árboles son para abrazar, porque están más cerca del cielo, aunque quede un trecho infinito, pero lo intentan.

Claroscuros.
Tito ya murió, es un fantasma que permanece en el susurro de la hierba.

Yo lo sé, porque me lo enseñó mi madre abraza-árboles que junta ramas secas junto a los ríos y las acerca al oído; no sé qué oye en ellas, tal vez nada, pero lo intenta. Cultiva y cosecha su siembra infinitas veces. Me enseña sobre plantas medicinales, a ella se lo enseñó su madre, su abuelita, mi abuelita. Y otras mujeres campesinas.

Mi madre es un espíritu del monte
Mi madre es un espíritu en su jungla de porotos.

Me lo enseñó mi padre, amante de las flores silvestres, que cuando era pequeña frenaba el auto en la banquina sólo para hacerme ramitos de flores pequeñas; hombre canoso que riega frutales hasta el agotamiento; a veces sabe que la lluvia tardará en caer, pero la llama, lo intenta, le regala versos a las hortelanas. Y después hace mermeladas, picles, tartas.

Buscando la leña que será fuego, que será calor y alimento (mi papá).
La ternura de mi padre.

Me lo enseñó mi abuelo, el alegre, el que siempre cuenta chistes y sonríe; el que cree en dios; el que sólo refleja angustias cuando su huerto se seca. El que nos guía por los montes sólo para mostrarnos plantas que descubre. El que siembra huertos en tierra ajena para que pueda alimentarse algún prójimo.

Mi padre y mi abuelo. Pura gleba.
El abuelo nos guía por el monte. Así él es feliz.

Me lo enseñó mi abuela, la que yace, la que siempre viajaba con plantas en la cartera. La que curaba con yuyitos y rezos, la que coleccionaba plantas. Ella es mi Buena Estrella, la que me guía.

Mi abuela dejó su rastro en los colores de la vida.

Me lo enseñó mi otra abuela, la guardiana de semillas, su casa es un laberinto vegetal de frutos que cuelgan y semillas que interrumpen el paso. Sus plantas son sus amigas, largos ratos pasamos hablando de ellas.

Mi abuela mostrando su huerta ecológica a todas las visitas. En este caso a un gran viajero, Juan Pablo Villarino.

Me lo enseñó mi abuelo que con paciencia y magia hace germinar las plantas que nadie más puede. El que sabe todos los nombres científicos, y las técnicas posibles.

Con mi abuelo y mi prima, el día en que él cumplió 89 años…

Mi sangre es vegetal, soy hija y nieta de agricultores. Esa es mi cultura. Soy un vegetal con pies alados. Llevo sangre verde en mis venas. Me entristecen los desiertos.

Hija y nieta de agricultores. Se siembra donde no hay.
Soy verde

Y tengo una ahijada que tiene el nombre de una flor: Hortensia. Ya tengo a quien escribirle sobre las maravillas del mundo. Porque las dos nacimos con dos remolinos en la cabeza y eso, según su mamá, quiere decir que cruzaremos el charco, que viajaremos. Y no es un dato menor, porque yo empecé a soñar a través de mi madrina viajera, con sus fotos en África. Hortensia también cultiva flores:

Hortensia es mi ahijada. Ella también ama sembrar, como su mamá, como su madrina, como su abuela y sus bisabuelos.

Hace poco volví a mi pequeño hogar después de muchos días de casi no volver, de mucho trabajo. Alguien había mutilado mi jardín. Por segunda vez. El jardín mutilado en mi casa, casi abandonada, me hizo decidir que ya era hora de partir. Uno no pude permanecer donde le roban las flores, le podan los tallos, y desprecian sus retoños. Fue dolorosa la señal, pero tal vez fue necesaria. Me duele la muerte de una planta como la de una vaca. Y sin embargo me alimento de plantas y de vacas.

Un jardín que ya no existe.

La crueldad del mundo es inminente. He visto a mis queridos gatos cazar pichones de pájaros, o lagartijas, y no comerlos, jugar con sus cuerpos moribundos. La crueldad de la naturaleza es inevitable. No pude enseñarles que no lo hicieran. Tuve que mirar hacia un costado para no llorar, tuve que dejar de lado su esencia perversa y seguir queriéndolos.

Gato cazador

Mucho tiempo adolecí este descubrimiento cuando todavía era niña. Caí en una gran depresión y crecí. En esos días amanecía, abría la puerta de mi pequeño departamento de estudiante, y decía: “Buen día, Mundo Cruel”, como una plegaria divina que me tenía hipnotizada, atrapada.

Hay sombra, pero porque hay luz.

Lo cierto que es que una Buena Estrella, algo divino, más allá del entendimiento, me dio fuerzas para seguir andando, y entendí, hace como doce años, que el sentido de la vida es resistir, luchar, enfrentarse a la crueldad del mundo.

Si lo malo está dado desde el origen mismo de la naturaleza, pues, ¿hacía falta que tengamos que alimentarnos unos de otros para vivir en este planeta? Vivir “del aire” hubiera sido más fácil, pero no es el sentido de esta vida que el paraíso exista ni la que la bondad impere. Estar en el mundo es para guerreros. Lo entendí después de leer, hace años, el cuento “El inmortal” de Jorge Luis Borges.

Lucha la semilla por dar un brote a la tierra; lucha el brote por no secarse; lucha la rama por no romperse; lucha el viento por romperla; lucha el sol por calcinarla; lucha la lluvia para regarla y lucha también para ahogarla. Luchamos por vivir y morir. Pero nos olvidamos de la segunda parte. Morir. También hay que luchar para morir, para culminar esta pelea dignamente, habiendo luchado por aquellas cosas que sentíamos que eran necesarias.

Lucha el terito por sobrevivir, hasta en la tibieza de las manos de mi madre.

Si viajar es peligroso, también es peligroso quedarme en casa, yendo a trabajar cada día, como dice el manifiesto mochilero. Si esa lucha no tiene mucho sentido para mí, si eso no es lucha, si eso no es vida, es hora de partir. Si he de morir, quiero morir viajando, cumpliendo mis sueños, expresando lo que siento. Hay perversos en el camino, pero también los hay en las oficinas, en los bancos, en todos lados. Voy en búsqueda constante, tratando de no perder la capacidad de asombro ante lo que voy a encontrar,  como Oliveira en el libro “Rayuela” de Julio Cortázar.

El mundo es cruel, es cierto. Pero mi lucha es demostrar que vale la pena resistir en el mundo. Mi manera de hacerlo es contando historias, relatos descubiertos sobre cómo las personas resisten en el mundo cruel, luchando por ser felices y hacer felices a otros. Si bien son sólo pensamientos que dejo caer, que caigan, pero tampoco es para enroscarse tanto. Es tiempo del desenlace.

Pensar menos y hacer más. Esa es la clave, aunque no puedo dejar de ver esa parte oscura de la vida que es la que me mueve a buscar colores. Porque uno puede elegir: quedarse en la sombra o tender hacia la luz. Es sólo una cuestión de actitud… A veces la luz quema, y la sombra se vuelve un refugio.

Crisalidas del monte.
mi madre sueña en su hamaca

Mi padre siempre responde cuando le cuestionan sobre los desatinos de su hija: “Cecilia siempre fue una renegada”. Me costó entenderlo sin ofenderme, pero creo que tiene razón. Y él, es Pura Gleba. Y lo sabe.

Camino el mundo sobre esta base de pura gleba. Pachamama infinita.
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2 comentarios

  1. Interesante blog. Estoy en las antipodas de tu forma de pensar pero igual me parece interesante.
    Me haces acordar aquella vieja canción: “Como decía un catalán, voy tratando de crecer y no de sentar cabeza…”
    Te deseo lo mejor en tus viajes.
    Saludos. Ricardo

  2. Gracias Ricardo, los pensamientos se van construyendo según las vivencias. Después de un tiempo, muchos cambian, y otros se mantienen. Todo queda alguna vez atrapado en lo efímero.

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