Primeros encuentros

Trasbordo, me resisto en Resistencia:

Probando mi computadora portátil renovada en el colectivo se me hizo demasiado rápido el viaje. Quería escribir algo sobre el camping de El Colorado pero el teclado no estaba en español y no encontraba cómo configurarlo, así que me preocupé; nunca terminaban de alinearse los planetas, siempre faltaba algo para poder salir en perfectas condiciones. Pero supongo que si realmente le hubiera dado importancia a todas las dificultades que encontré antes de salir, nunca hubiera arrancado. Lo bueno de mi nueva compu son los fondos de pantalla geniales que me instaló Hugo, encima van cambiando y me cuelgo mirando las ilustraciones. Es la manera de acompañarme en este viaje que encontró mi amigo. Gracias, Hugo, si no me hubieras rescatado tecnológicamente, una vez más, hoy no estaría escribiendo  frente a un lago precioso, entre aves que parecen salidas del paraíso.  Hoy es 6 de enero, y durante ocho días ya encontré la manera de configurar el teclado en español, jaja.

Cuando paré en Resistencia no podía moverme mucho por el peso de mi mochila, y entonces empecé a darme cuenta que no iba a poder andar por ahí con semejante carga, la mochila me iba a limitar las posibilidades de ir de un lugar a otro. Así que me senté frente a la clásica panadería San José de la terminal y, como casi siempre hago cuando ando por ahí, me compré una chipitas que para mí son las más ricas del mundo para olvidarme un rato del nuevo problema. Compré bastante, cosa de llegar a Concordia con algunas. Menos mal, porque después no me sirvieron cena en el coche a Concordia y me hubiera muerto de hambre.

Estando ahí, donde esperé como dos horas, me di cuenta que ya me sentía viajando porque habían más mochileros que nunca en esa terminal. Y como mi mochila realmente era descomunal, todos los del gremio me miraban azorados. Especialmente un gringo con una mochila de unos 50 litros apenas, que me rondaba y me miraba como para acercarse y charlar, pero yo todavía estaba muy triste por la salida y no tenía ganas de comenzar ese día a conocer gente, me dije a mí misma: mañana cambio la actitud y empiezo a involucrarme con el viaje, hoy me siento agotada. Así que me dio un poco de pena porque el otro pasaba y pasaba y yo estaba realmente pinchada, después se tomó un cole a Mendoza un ratito antes de que yo subiera a mi coche.

Andresito, Uruguay, 06-01-13

Don Esteban, colectivo a Concordia

Imagen3

Músico y nómada, dos infinitos te acompañan: 8 hijos y 8 nietos y un sombrero boliviano. Te arrastra un acordeón, te guía una guitarra. Alados son tus pies que vuelven a casa, donde Penélope teje y espera que le devuelvas la mitad del alma. La has invocado tanto que ya con nombrarla no alcanza. Gracias, buen hombre, por despedirme en la primera estación de este largo viaje. Lo has comprendido bien con tan pocas palabras.

(Concordia, 30-12-12)

Mi compañero de viaje en el colectivo a Concordia fue Don Esteban, un viejito muy “charlador” que me resultó interesante. El hombre subió con una guitarra, así que por ahí comenzó la conversación. Me contó que es guitarrista y acordeonista, y que siempre ha viajado gracias a la música. Es padre de ocho hijos y abuelo de ocho nietos -no sé por qué lo relacioné enseguida con los dos infinitos en las alas de las mariposas que hay en Iguazú-; el hombre se me hacía muy “abuelo” –no sé por qué los tengo tan presentes a mis abuelos en este viaje-; parecía muy buena gente y me hacía pensar que quizás algo así habrá sido mi bisabuelo que, según me contaron, era alemán del Volga, había vivido un tiempo en Entre Ríos antes de ir a El Colorado y era acordeonista, por lo que iba de pueblo en pueblo animando eventos. Este señor volvía a Gualeguaychú, donde lo esperaba su señora, de la que no  paró de hablar en todo el viaje, creo que ya la estaba extrañando. Ambos son chaqueños, su señora de Castelli, y han vivido en muchos lugares; ahora están en Entre Ríos donde tienen una especie de residencial que se llena en épocas de carnavales. A todo esto, el hombre prefiere los carnavales de Corrientes porque dice que en Gualeguaychú se llena de porteños y hacen desastre, las chicas andan borrachas medio desnudas al amanecer, y eso le parece totalmente decadente. En Corrientes todavía se está más tranquilo, la gente es más sana, dice.

Lamentaba don Esteban que no lo acompañara su señora, a ella no le gusta viajar, me confiesa, se queda en la casa, le gusta  tejer y esas cosas “muy de la casa”. Recibe a los sobrinos y nietos con grandes manjares. Siempre han tenido la casa llena de gente, especialmente en los veranos; parece que les gusta. El hombre, gracias a su arte, tiene amigos en todas partes y se conoce muchísimos lugares. Tiene un sombrero negro sobre el regazo comprado en Bolivia que, con su oscuro bigote, me parece que pega bien. Me pide disculpas porque su bolso trae olor a asado a la estaca, si no sabrá de asados este hombre… Me charla y charla sin parar, me recuerda a mi abuelo David; de un tema saltamos a otro; rescato sus viajes por Perú, Chile, Bolivia, Paraguay, Uruguay y unas cuantas provincias argentinas. De Formosa se conoce colonias muy pequeñas, por lo que intuyo que sus giras son de puesto en puesto, más que de pueblo en pueblo. Ha vivido en Salta y ha compartido escenario con Los Cuatro de Salta, ¿o era El Dúo Salteño?, ya no lo recuerdo bien. Además me habló de Villa Dos Trece, de Irigoyen (entre El Colorado y Villa Fañe), de Banco Payaguá,  incluso de Alberdi y Pilar en Paraguay; también sabía dónde queda El Potrillo, increíble. Un gran viajero, uno bien minucioso, por cierto.

De quiénes más me habló fue de dos de sus hijos. Uno que arregla y fabrica caños de escape en Gualeguaychú, le va bien, dice, aunque tiene otro título que nunca le sirvió para nada, creo que es profesor de algo, ya no lo recuerdo bien. ¿Yo en qué terminaré? de caños de escapes no sé nada… También me habló de una hija, Cecilia se llama, que está en Córdoba, habla muchos idiomas y tiene varios títulos, por lo que me recomendó que hiciera como ella, que estudie otra carrera. Yo me reía por dentro, con todas las carreras por las que he andado, estoy un poco aburrida de la academia, me tira más el arte, la gente, el camino; al menos por ahora. La verdad es que con los ancianos me entiendo bastante bien para charlar, la clave es escuchar e intervenir lo menos posible, y tratar de no contradecir porque sino puede ser peligroso. “El diablo más sabe por viejo que por diablo”, decía un amigo.

Moría de sueño en este viaje, pero no quería dormirme y pasarme Concordia, porque era un colectivo lechero que paraba en todos los pueblitos, así que don Esteban, que no podía dormir, en cada pueblo me iba indicando cuánto faltaba, y cada vez que me despertaba quería seguir charlando, pero yo enseguida caía desvanecida por el sueño. Hasta que llegamos a Concordia y él seguía tres horas más de viaje, y me dio tantas recomendaciones de que tuviera cuidado, de que me deseaba un buen viaje, que ojalá que en unos años podamos reencontrarnos y el pudiera verme bien, que me emocionó. Gracias Don Esteban por su compañía y por preocuparse tanto.

Andresito, Uruguay, 06-01-13

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