Uruguay: aciertos y desaciertos

Proloepílogo de mi primera vez en el país con el nombre de un río

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Mapa de mis vueltas por Uruguay a dedo durante más de un mes

La verdad es que no sabía mucho, nunca se me había ocurrido ir a Uruguay, sólo tenía una vaga idea sobre playas llenas de famosos y cholulos en Punta del Este y nada más; eso ya era suficiente para preferir otros destinos. Además, pensaba que el agua de las playas sería helada. Es que en los ’90 había ido varios veranos a Brasil con mi familia, así conocí el mar, aguas cálidas en ambientes tropicales. Un año rompimos la racha y fuimos a Mar del Plata, el agua nos pareció muy fría; no pude meterme y fue un poco frustrante tener que quedarme en la arena mirando las olas y a mi hermanito jugando solo con el mar porque él sí se bancaba las temperaturas bajas. Pensé que las playas uruguayas serían iguales. Por otra parte, con todos los prejuicios existentes, supuse que la Banda Oriental sería algo así como una extensión de la provincia de Buenos Aires: similares paisajes, mismo tipo de gente, de cultura, etc. Entonces creí torpemente que ya sabía de qué se trataba y preferí soñar con otros viajes. No tenía idea de lo que me estaba perdiendo.

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Chica Latinoamericana entre Valizas y Cabo Polonio (Uruguay)

Hasta que una amiga de Resistencia viajó un verano con un grupo de amigos a Cabo Polonio… Cuando volvió, los relatos, fotos y música que trajo de ese viaje sembraron en mí nuevas imágenes para Uruguay. De alguna manera ese país fue entrando despacito en mi lenguaje gracias a la música: “murga” –“tipo uruguaya”- en Corrientes y en Formosa, “candombe” en Resistencia –“tipo uruguayo” también-. No recuerdo cómo  descubrí a Jorge Drexler, me enamoré con la primera canción, y desde entonces no paro de escucharlo y de admirar su poética cargada de nostalgia uruguaya, llena de “hays”, de “ays”, de agua de río y  de mar:

“Vengo de un prado vacío, un país con el nombre de un río, un edén olvidado, un campo al costado del mar. Pocos caminos abiertos, todos los ojos en el aeropuerto, unos años dorados, un pueblo habituado a añorar. Cómo me cuesta quererte, me cuesta perderte, me cuesta olvidar, el olor de la tierra mojada, la brisa del mar… Un sueño y un pasaporte, como las aves buscamos el norte cuando el invierno se acerca y el frío comienza a apretar…”;

“Al sur del sur hay un sitio que está olvidado, que está cerrado como un baúl. El viento cruza la calle buscando abrigo y no hay testigos al sur del sur. No vayas, la ruta no es buena. Me dicen: no vayas, no vale la pena…”;

“Hay una parte de mí que va camino a La Paloma por un recuerdo de campo y mar; conozco esa carretera, como tu cuerpo en la oscuridad… Hay una luna que sólo es luna si es La Paloma y luna llena…”;

“Y de pronto al mirar el mar vi que el mar brillaba con un millón de noctilucas… brilla noctiluca, un punto en el mar oscuro donde la luz se acurruca… la noche estaba cerrada y las heridas abiertas y yo que iba a ser tu padre me encontraba en una playa desierta”;

“En el borde de tu falda hoy te vienen a entregar, Madre, Fuerza de las Aguas, flores blancas en el mar; se van… flores blancas en el mar… En el borde de tus barcas, una tenue claridad, y en los ojos de tus hijos se te puede adivinar…”.

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Luna llena en Punta del Diablo (Uruguay)

Tambores, cantos, poesía, nostalgia y ríos que corren hacia el mar. Y, por supuesto, el mar en toda su impronta, acompañado por el viento, las noctilucas, las flores de Yemanjá y, claramente, la luna. Uruguay se me hizo un mar de canciones.

Otro verano mis padres tuvieron la genial idea de invitarnos a mi hermano y a mí a compartir un último viaje en carpa, en auto, los cuatro juntos, como cuando éramos niños a través de Uruguay; pero no pudo ser porque justo se enfermaron mis abuelos. Así, el país con el nombre de un río, se convirtió en deseo, en asunto pendiente.

Luego sobrevino el asombro cuando redescubrí a Eduardo Galeano como uruguayo, ya no tanto como escritor latinoamericano. Debo confesarlo, me concentré más en aprender otras cosas que en leer a Onetti o a Benedetti como una buena estudiante de Letras, pero creo que aún hay tiempo. Alguna vez mi padre me leyó en voz alta un ensayo que había escrito sobre Onetti para un homenaje que se estaba organizando en su universidad, me queda una imagen de escritor emigrante, como tantos otros uruguayos. Otra vez, un amigo me leyó  poemas de Benedetti en una tertulia literaria para dos que improvisamos en mi casa; él quería encontrar versos de oficina para una obra de títeres que tenía en mente.

Recientemente, mientras pasaba mi último año en Formosa, aparecieron discursos del presidente uruguayo en Youtube; Mujica estaba diciendo lo que ya sabíamos, lo que se decía en los bares, en discusiones en las universidades, en blogs, entre amigos cuando practicábamos posturas políticas intuitivas y líquidas; pero él lo estaba diciendo, con esa voz de viejo tembloroso y enojado, en un estrado frente al Consejo de Seguridad de la ONU. No sé si alguien más se animó antes, pero verlo fue sentir emociones encontradas y galopantes en mi corazón de chica latinoamericana.

Entonces me di cuenta, fehacientemente, de que en realidad nada sabía sobre Uruguay. Un país al sur del sur que tenía olvidado, al margen de mi lista de lugares por recorrer. Le pregunté a mi amigo titiritero -que sobre historia y política siempre tiene algún comentario- qué sabía sobre Mujica y su país. Me contó que el presidente y su actual mujer habían sido guerrilleros en su juventud, que fueron presos y torturados durante la dictadura, que estaba procediendo para que se legalizara la marihuana y que en invierno había dejado dormir a los linyeras en la Residencia Presidencial. Por primera vez sentí que, por estar tan concentrada en seguir estudiando y tan absorbida por mi trabajo de oficina, me estaba perdiendo de saber muchas cosas que estaban sucediendo en el mundo. Fue terrible descubrir que por tantos motivos estaba relegando intimar con ese país, y surgió una sed inminente. Después, el titiritero me llevó a conocer a una pareja de uruguayos mayores que viven en Formosa, fabricando productos artesanales en cerámica como medio de sustento, en una casa prestada con un huerto orgánico al fondo. Comparten su hogar con una pareja de formoseños: un músico y una artesana indígena wichí. Qué encuentro interesante. La uruguaya me contó que, cuando Mujica era senador, fueron a pedirle ayuda y éste les dio un pedazo de tierra de su propiedad para que conformaran una comunidad de agricultores autosustentables, advirtiéndoles que el lugar no contaba con agua corriente ni luz eléctrica. Lo intentaron, pero unos días después huyeron del lugar y del sacrificio que significaba esa vida.

Yo, en realidad, quería viajar a Brasil, y estaba dudando si iba por Bolivia en tren pasando por el Pantanal o si aprovechaba y me daba una vuelta por Uruguay. Entonces sucedió que una alemana me respondió en un foro de mochileros donde estaba buscando compañera para viajar a dedo que podríamos ir juntas por Uruguay hasta Brasil. Listo, no hizo falta más, pasaría por Uruguay. Días antes de partir, la alemana me escribió que no iba a viajar, que se quedaría un mes en Córdoba trabajando en un camping. Yo ya estaba mentalizada con que viajaría y que iría a Brasil por Uruguay, y que antes de Uruguay pasaría Año Nuevo en Concordia con Euge, mi compañera de la Maestría en Literatura para Niños, y sus amigos. Casi se me escapó el país olvidado con el nombre de un río, pero ya estaba dentro de mí, sólo faltaba cruzar la frontera, sola, y dejar que Uruguay me atravesara. Y así fue…



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12 comentarios

  1. ¡Qué bella prosa, Cecilia! Postergué algunas urgencias porque no podía quitar los ojos de la pantalla, hasta terminar tu hermosa descripción del Uruguay y tus vivencias. Espero la siguiente, mientras te deseo toda la suerte del mundo. Héctor

  2. Conocí sólo Punta del Este. Este relaro me ha metido las ganas de conocer un poco más del país con nombre de río. Gracias

  3. Hola Cecilia como vas, muy bonito y te felicito por este material que dedicasteis sobre nuestro paisito tan pequeño pero hermoso ….. me alegro puedas haberte codeado y disfrutar un poco de esta cultura tan sencilla , te mando un abrazo grande y espero que sigas con esa luz interior que nunca se apague para que te ilumine por donde vallas …. mucha suerte !!!!!.
    Con cariño , Mitchell y Ayelen.

  4. Coincido con Héctor, Cecilia. ¿Qué más puedo decir? Me gustan algunas frases tuyas por el ingenio y la sorpresa que producen (que las iba a revelar acá, pero no sé por qué no lo hago), pero también porque revelan que estás haciendo un viaje despierta, atenta, al acecho.

  5. […] Cuando iba sola a dedo por Uruguay, como el tránsito era menos fluido, tenía tiempo de leer un libro de a pedacitos en la banquina hasta que pasara el próximo vehículo al que mostrarle el pulgar. Cuando empecé a tener diversos compañeros de viaje en Brasil, como había mucho para compartir, dejé ese hábito. Fue así que descubrí que los libros son buenos compañeros de ruta cuando uno está solo, pero cuando se tiene gente alrededor, puede que se vuelva un signo de aislamiento. Suele suceder que, si se elige viajar en un vehículo ajeno es para intercambiar con las personas con las que se comparte el trayecto, por eso muchas veces no es un buen momento para sacar un libro y ponerse a leer. Aunque no es regla general. Lo mismo ocurre cuando uno convive con gente que acaba de conocer y el día se pasa entre paseos, comidas, charlas o salidas, suele ocurrir que ni siquiera haya tiempo para la clásica lectura antes de dormir porque al apoyar la cabeza en la almohada ya se está del otro lado. […]

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