La pasión gaúcha

Dudé. Iba a escribir sobre “la pasión de los brasileros”, pero luego me di cuenta que estuve 45 días sólo en el estado de Río Grande do Sul (RS), tierra de “gaúchos” y “gaúchas” con una identidad avasalladora que siempre expone los rasgos que la diferencian del resto de Brasil, así que hubiera sido un pecado generalizar teniendo en cuenta tanto amor propio. Incluso, hubo en su historia una guerra que intentó la autonomía de RS frente al resto del país; la guerra hoy continúa, pero apaciguada y a nivel cultural. Por otra parte, hace sólo 6 días que atravesé sus fronteras, no fue fácil dejar atrás tanto ímpetu.

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Una calcomanía que me regalaron en una fiesta que desbordaba de besos

Si bien los gaúchos son fogosos en muchos rubros como el fútbol, el mate, la forma de saludar y de recibir a alguien, la hospitalidad, el culto a las raíces europeas, a las bebidas alcohólicas, a la buena  vida, al lujo, al glamour, a la nostalgia y a los chismes, entre otras cosas, hoy quiero referirme, específicamente, a la pasión amorosa. No es porque en 45 días haya tenido suficiente tiempo como para volverme experta en el tema; no. Lamento desilusionarlos, pero no voy a hablar de experiencias personales, sino más bien de discusiones, charlas y conclusiones a las que hemos llegado extranjeros y locales en diferentes oportunidades en las que, acompañados por alguna bebida espirituosa, nos hemos puesto a discernir sobre las diferentes formas de enfrentarse, cuando se atraen, hombres y mujeres de diferentes países. Adelanto que los argentinos y argentinas tenemos muy mala fama, tanto en Europa como en Latinoamérica, porque dicen que miramos y hablamos mucho pero, en general, no pasa nada. Tampoco voy a profundizar en el “histeriqueo argentino” esta vez, sólo voy a mencionar lo que me dijo una venezolana que ya estaba fuera de sí: “¡qué les pasa a los argentinos!, no entiendo; miran y miran y no pasa nada”; compatriotas, dedúzcanlo, les dejo la tarea de un autoexamen amoroso nacional…

La opinión generalizada de las extranjeras que andan de paso o viviendo en Brasil, con las que charlé hasta ahora, se resume en un: “chicas, cuidado, no se enamoren, los brasileros son demasiado apasionados, pero les dura poco el amor. No dan muchas vueltas; si las besan van a sentir que están en la mejor escena de una película romántica, como si realmente estuvieran enamorándose para toda la vida…” Y tal vez lo estén, pero es un enamoramiento “fugaz”. La fugacidad tiene que ver con el tiempo, no con la intensidad… Después de pasar “una velada” de estas características con un brasilero, las extranjeras quedan enfermas de romanticismo y a cambio sólo reciben silencios, ausencias, olvidos… El desafío es aprender a amar la fugacidad, y eso, parece, es un valor propio de la cultura local. Incluso, existe una palabra que al llegar me había llamado la atención porque tenía demasiados significados: “ficar”. Me la definió un brasilero y, en una de sus acepciones, dijo: “si alguien te dice que quiere ‘ficar’, es que sólo quiere pasar un rato, no que quiera ser tu novio ni que va a volver a pasar algo entre ustedes, no te confundas”. Él ya había estado en Argentina, así que por algo me hacía semejante aclaración. Lo gracioso es que cuando una extranjera llega a Brasil, generalmente ya viene advertida por alguna amiga sobre esta curiosa pasión masculina y, a su vez, ésta se lo señala a otras foráneas que va conociendo (es un tema recurrente), pero creo que, en general, ninguna sale sana y salva de estas tragedias amorosas producidas por el choque emocional; todas quieren enfrentar el peligro, sentir la adrenalina, creerse valientes; yo misma he visto caer lágrimas femeninas de “pena-luna”.

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Carnaval de rua, carnaval de besos (Porto Alegre)
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Carnaval de rua, carnaval de besos (Porto Alegre)

No sé tanto sobre cómo son las gaúchas con respecto a esto. Por lo que cuenta un brasilero, aquí no está mal visto que una mujer encare al “mozo” que le interesa; además, como él mismo dijo, son todas tan lindas que ciegamente besaría a cualquiera en una fiesta. En cambio, cuenta que a las argentinas no las entiende porque intercambian tanta energía en una mirada o en una conversación y luego se van como si nada. ¿Y toda esa energía dónde queda?, dice, ¿en el cosmos? Chicas, no siembren falsas expectativas en los brasileros porque les duele; si van a desplegar armas de seducción, háganse cargo. Al menos así mi amigo no se sentiría tan frustrado. O quizás ¿es esa la contrapartida frente a tanto derroche amoroso? Él prefiere las uruguayas, dice, pero no aclaró muy bien por qué. Las europeas le piden que amanse la  lengua en los besos; y cosas así. El orgullo gaúcho es exagerado, hasta en este tipo de comentarios… No nos olvidemos que son sólo comentarios, del dicho al hecho, un largo trecho. Lo que realmente puedo decir sobre las brasileras es que he visto a un amigo extranjero esconderse detrás de mí porque una se lo estaba por comer vivo. Debo decir que sentí un poco de pena ante esa situación, quizás sea por el choque cultural; el sosiego argentino a veces me parece un refugio. Luego, el mismo, se animó a decirle algo lindo a la brasilera que a él lo había cautivado en una fiesta; en respuesta, como quien invita a un amigo, ella lo convidó a dormir en su casa, pero el forastero puso mil excusas; yo creo que no se animó. Después de eso, me parece que puedo decir que algunas brasileras asustan un poco a ciertos hombres.

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Un diablo en el Carnaval de rua, carnaval de besos (Porto Alegre)
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Carnaval de rua, carnaval de besos (Porto Alegre)

Si creen que esto es puro “chamuyo”, los invito a que concurran a alguno de los carnavales de rua de Porto Alegre (POA). Es un carnaval de besos. Si lo besos de las películas empalagosas te conmueven, los besos de las calles de POA te van a resultar inolvidables. Nadie me había advertido sobre esto, simplemente empecé a notar mucha gente besándose en la multitud de manera extraordinaria, tanto así que, con un poco de pudor, tomé alguna que otra foto… Cuando empecé a advertir que las parejas cambiaban y luego comenzaron a intentar robarme besos a mí, que era sólo una espectadora y que de “ficar” no sabía nada, empecé a defenderme con una frase tonta y muchas sonrisas: “disculpá, soy argentina, soy demasiado seria para esto”; mi esquivo les causaba tanta gracia que me abrazaban fuerte y se iban a intentar besos en otras bocas. Se lo comenté a un amigo que estaba ahí conmigo sin besar a nadie, y él dijo: “ah, a mí no me gusta, me pasaba todo el año esperando el carnaval para besar a la chica que más me gustaba pero después ella nunca más volvía a mirarme y era muy triste…” Esa vez, su nostalgia me pegó fuerte, y con la excusa de no perder el último ómnibus le propuse irnos de ese carnaval de besos que sólo puede ser muy alegre  para las personas que tienen el corazón acorazado. Me queda acotar que quería escribir sobre esto porque me conmueve mucho percibir tanto tráfico de pasión, de ternura, de sinceridad, de gozo y de tristeza a mi alrededor. Todo como en la vida real, pero un poco más exagerado…

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Florianópolis, 30 de marzo de 2013

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