Fantaseando con una orgía –de palabras-


-Por Cecilia Hauff-

orgía de palabras
Ilustración de Cecilia Hauff

Después de viajar un año por Brasil y, a diferencia de otros extranjeros, meternos de lleno en el portugués, me doy cuenta que extraño mi lengua materna. Han sido contadas las veces que compartimos tramos del viaje con hispanohablantes, la mayoría del tiempo viajamos a dedo y nos alojamos en casas de brasileros, lo que nos permitió aprender mucho sobre la cultura de este pueblo en todas sus versiones y, por lo tanto, aprehender bastante del habla local. A pesar de que nuestros acentos del español son llamitas bien encendidas, creo que nos comunicamos bastante bien en portugués, a veces hasta llegamos a hablar en portuñol entre nosotros, porque hay expresiones que se te pegan y que no tienen equivalentes.

Pero, últimamente, he sentido un retraso en mis competencias en portugués: palabras que sabía se me olvidan, expresiones que venían con espontaneidad se retrasan, libros en esa lengua que antes degustaba ahora me cansan, las canciones que ahora escucho vuelven a ser en español, cuando me conversa en portugués alguien que sé que entiende español le respondo en mi idioma.

Primero me preocupaba: ¿qué me pasa?, pensaba. Ahora creo que ya encontré la respuesta. Extraño mi lengua materna. (También extraño a la madre mi lengua…)

Empecé a leer libros en español con mucha fuerza, yo diría que con pasión; de repente comenzaron a fascinarme –otra vez- las palabras, las expresiones en mi lengua. Como una foránea que descubre por primera vez cada sonido, cada significante, cada sentido posible, comencé a anotar citas en mis cuadernos, frases de libros que voy leyendo, de canciones que vuelvo a escuchar, ideas que se me cruzan por la mente como pajaritos rampantes. Hasta que un día paré y me puse a pensar: por qué, para qué, si no puedo cargar con tanto papel en la mochila. Me di cuenta que para nada, sólo para volver a enamorarme de ese idioma que me hizo crecer, que me hizo descubrir el poder de las palabras, en el que leí y escribí mis primeros poemas, la misma lengua que me llevó a estudiar letras, la que me hizo soñar con viajar y escribir…

Y acá estoy, dándome cuenta de que, aunque me encanta aprender nuevos idiomas nunca dejaré de serle fiel a ese gran amor que le tengo al español. Pero el sentimiento pasa de largo sobre los estigmas de la “Madre España” y esquiva a la lengua bañada de sangre que se impuso en la América Indígena. La que añoro es la lengua de mi madre, la de los poemas de mi padre, la de los chistes de mi abuelo, la de las expresiones de mi tierra, la de tinte guaraní, la de las canciones infantiles, la de la mayoría de los libros que quedaron en casa…

Pienso ahora en el terrible dolor que significa para un indígena que se le robe su lengua materna. Pienso en esos idiomas que mueren sin cesar en todo el mundo. Pienso en esos desterrados, inmigrantes a la fuerza o por elección, que recuerdan con añoranza las palabras de sus orígenes, las que les enseñaron a pensar, a sufrir y a amar. Pienso en que yo elegí este constante destierro, y que por eso soy una privilegiada.

Ya puedo sumar otro idioma a mi currículum, sin embargo, no dejo de pensar en los países hispanohablantes que vendrán, pienso en Venezuela y Colombia, los más próximos, quizás, que me restituirán a mi casa parlante. Aunque con sus variedades lingüísticas, claro está. Y fantaseo con pisar tierra castellana y poder compartir un taller literario con otros amantes de las palabras. Y vivir la orgía de nuestras palabras…

 

Pipa, Brasil, febrero de 2014

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