¡Tierra! Paraguay…

Hoy estaba pensando, mientras volvía en un colectivo interurbano de 2400 guaraníes (de Patiño a Ypacaraí), antiguo (por no decir viejo) y colorido (como los buses de Bolivia), qué me transmite Paraguay (sin las ideas previas que ya tenía)… Y empecé a recordar diferentes momentos de esta última semana y sentí la fuerza de resumir todo en una palabra: tierra. Paraguay, (Kay Pacha), aquí y ahora, (ko’ anga ko’ ape?) me remite a la palabra “tierra”.

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Tierra porque lo último que había hecho en el día había sido rascar el humus con las manos en un bosquecito para abonar la tierra de una huerta, y porque había metido las manos en un almácigo para depositar, casi como a un bebé en la cuna (y no como a un esperma en un óvulo), semillas de cebolla colorada y zanahorias en la tierra de Patiño.

Tierra porque encontré (en un hermoso paraje junto al lago Ypacaraí), a un amigo argentino, su novia y un chileno, dispuestos a dejar sus vidas de profesionales y universitarios para vivir unos meses trabajando la tierra, aprendiendo los trajines del horticultor, volviendo a la Pacha.

Tierra porque llegando a Ypacaraí (con Diego en bicicleta), pude admirar, mientras pedaleaba, las tejas color tierra de la mayoría de las casas del camino, y las cerámicas de arcilla amasada que venden los artesanos en las banquinas.

Tierra porque he visto, (saliendo de Areguá), sembradíos de frutillas (invitando al delito), con ropajes de vinilo negro para que las frutas rojas y pudorosas no toquen la tierra y se perturben.

Tierra porque en Areguá conocí gente dispuesta a meter las manos en el barro para construir casas y centros culturales de adobe, y conocí a un niño llamado (tierna y transgresoramente) Tierra.

Tierra porque son tortugas de tierra las que comen (como manjares imperdibles) los indígenas paraguayos con los que convivió una artista plástica inglesa, que plasmó sus crónicas en un libro (que quise comprar y no pude).

Tierra porque es ella la razón que atrajo a tantos colonos alemanes, coreanos y brasileros a poblar este suelo, a sembrarlo y hasta a sobreexplotarlo sin tener en cuenta las consecuencias de no dejar un poco en paz (de monocultivos) a esta bella Tierra.

Tierra porque es de ahí de donde salen las mandiocas de cada día, algunas más duras y secas (las de la capital) y otras más tiernas y frescas (las del interior), y son sus raíces las que nos alimentan.

Tierra fue la que se mojó, (lentamente y hasta el hartazgo), mientras llovía sin parar en Areguá, embarrando las ganas de salir a pedalear, pero haciendo germinar tardes heladas de otoño para leer en un círculo tibio (en la mesa mandálica de don Anselmo).

Tierra en el aire fue la que me obligó a pedalear con lentes de lectura por las calles de Asunción, antes de que lloviera. La que se dio vuelta para que dos coreanos aparecieran pedaleando (en una bici doble) de este lado de la Tierra.

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Tierra bermeja fue la que vi, (al cruzar la frontera entre Argentina y Paraguay), como si lo amarillento, lo negruzco y lo blancuzco quedaran atrás, y el aquí y ahora fuera sólo para los rojos.

Y en algo se me parece (la tierra en Paraguay). En las fuerzas de hierro oxidadas. En las raíces hemorrágicas.

Y a pesar de todo, fértil y poderosa, tierra.

 – Por Cecilia Hauff –

 

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4 comentarios

  1. Muy bueno Ceci, qetal, nosotros estamos unos dias en tartgal salta, un peqeño cambio de ruta nos trajo a salta, q se esta genial, estamos trabajando unos dias, y maximo el miercoles ,o jueves partimos hacia Bolivia…

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