Instrucciones para perderse

“Disculpá, ¿tenés fuego?”
Sin sacar la vista del libro, Juana responde que no, luego lo mira y parece cambiar de idea. Ella sonríe y se sonroja. “Es que ya no fumo”. Y se lo queda mirando. “Pero te lo puedo conseguir, si me convidás un mate”.
“¡Por supuesto! Sólo que yo también dejé el tabaco y justo ahora no ando con el mate a cuestas, pero… puedo invitarte otro día, si te parece”.
Ella se pone más roja aún y no puede sacarse la sonrisa, las mejillas le arden, estalló la hoguera… Intenta mirarlo a la cara pero no consigue sostener la mirada, es una aparición lacerante… Sus ojos huyen por doquier en el paisaje, sin poder aferrarse a nada. Su reacción es resbaladiza, desearía que alguien resolviera por ella qué hacer en ese instante, pero no recuerda ningún acto heroico que se aplique al caso… ¿Qué hubiera dicho La Maga? ¿Y Mafalda? ¿Y Enriqueta? Ni siquiera la letra de alguna canción se presenta para rescatarla… O sí, ahí viene una: “Estoy vencida porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar…”

“Me gustó tu libro… gracias por la sorpresa”, dice Pedro.
Ella pierde la sonrisa y por fin lo mira: “De nada. Me había olvidado… No sabía que lo habías recibido”.
“Perdoname, no tuve el coraje de responder”.
“Me di cuenta…”
Pedro se sienta en el mismo banco y se queda pensando qué decir. Pero Juana se adelanta: “Me había olvidado de la posibilidad de encontrarte en esta ciudad… Cuando llegué me imaginaba que podía cruzarte por casualidad, después me acordé de… Nada. ¿Qué es de tu vida?”
“¿De qué te acordaste?”
“De que no tendrías el valor de decirme algo si me veías, pensaba que te esconderías o algo así… y como yo no distingo rostros cuando camino, siempre estoy…”
“¡En la luna!”
“Já, sí… o no…”
“Pero fui yo el que se acercó…”
“Es verdad, ¡qué valiente! ¡Te felicito!”
“No seas mala… ya lo sé, soy un cagón… es que… Juana, voy a ser papá…”

Ella deja caer la cabeza sobre sus manos y presiona fuertemente los párpados un instante, como conteniendo un llanto o viendo una película interna. Luego se descubre la cara con una sonrisa blanda, al mismo tiempo que lo mira y le dice: “Waaaaau… qué loco…”
Él también sonríe: “Todavía estoy un poco perdido…”

No, no puede ser… él nunca reconocería tan fácilmente que es un cagón… Ella nunca podría contener ese llanto como por arte de magia… Ella querría abrazarlo, quedarse colgada de su cuello, llorando. Tal vez diría: “Perdón, estoy sensible… por favor no me sueltes… abrazame un poquito más…” Pero nadie creería que no lo haría con doble intención, todos especularían en sus propósitos, por más que se tratara de un simple pedido de: “auxilio, sosteneme que me caigo -de culo-”… No, sólo Condorito tiene derecho al ¡plop! Juana no. Juana carga con el peso del pecado original y un abrazo siempre podría ser malinterpretado.
También carga con siglos en pos del desapego, en pos de la mujer libre, a favor de ciertas aperturas mentales y del amor incondicional. Por eso Juana no puede hacer ¡plop! Tiene que cerrar los párpados un instante, y contener el llanto mientras asiste una película interna y, por más que parezca inverosímil, falso o hipócrita, tiene que felicitar a Pedro y desearle lo mejor en esta nueva etapa con una sonrisa, aunque la sonrisa le salga blanda y temblorosa…
Tanta lucha por la libertad de expresión y, al final, todos terminamos actuando según modelos de “lo correcto”, versados en libros de autoayuda, textos moralizantes o en instrucciones para ser una buena ama de casa. La espontaneidad reprimida es la clave para ser una persona “superada”. No, Juana, ni se te ocurra putearlo porque no te agradeció la encomienda –que, por cierto, te salió carísima-; ni siquiera un: recibido, gracias, cambio y fuera…

A los hombres les gusta disfrazarse de silenciosos rincones donde el viento helado hace retorcer bolsitas de plástico danzantes. Y a Dios también le gusta jugar a esas cosas. Y a las mujeres nos gusta cubrirnos con armaduras de sonrisas falsas mientras por dentro nos deshacemos en cataratas… Ni hablemos de libertad, si a lo que aspiramos es justamente a la perfección de su contrario. Dejen la libertad en paz, ella es una mujer anciana que mira novelas brasileras, vive a orillas de un mar helado, su casa fue tomada por descendientes que esperan su muerte, ocho gatos y cuatro perros; sus nietos le son indiferentes y sus hijos la tratan de loca, especialmente cuando se niega a darles un pedacito de su jubilación… No se metan con Libertad, esa es otra historia.

Yo quería que Pedro le diera esta noticia a Juana, pensaba que sería un camino para que ella dejara de soñarlo, de desearlo, de querer rencontrarlo, al enfrentarse con una realidad inamovible. Pero no me salió. Al final, él dice que está perdido; es obvio, quiere que alguien lo consuele. Y ella también.
Juana necesita un abrazo, y en medio de un abrazo hay demasiada piel… Juana, querida, no te queda otra que salir corriendo.
Pedro, sos un reverendo boludo, tendrías que haberte escondido al verla, o tendrías que haber pasado de largo… ¡Mierda, tendrías que haber impedido tantos despertares!
Y yo, tendría que haberme disfrazado de otra historia, porque de esta, no sé cómo salir…

 

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2 comentarios

  1. “Dejen la libertad en paz, ella es una mujer anciana que mira novelas brasileras, vive a orillas de un mar helado, su casa fue tomada por descendientes que esperan su muerte, ocho gatos y cuatro perros; sus nietos le son indiferentes y sus hijos la tratan de loca, especialmente cuando se niega a darles un pedacito de su jubilación…”
    Yo también opté por pegar un pedacito de lo que más me gustó. Y me gusta que estés escribiendo. No sé por qué no escribís ficción más a manudo. Porque sin dudas, se ve en este texto, tu vida está llena de contenido para la literatura.

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