Las posibilidades son infinitas

Abro los ojos y la realidad vuelve a mí como una catarata de luz cuando veo el techo de la carpa y comprendo dónde estoy, quién soy, qué estoy haciendo en este lugar en una milésima de segundos. Veo entre las rendijas que ya es de día y trato de entender qué fue lo que me despertó. A veces es un sueño o una pesadilla; otras un ruido, un dolor, un aroma, una melodía; con suerte alguien pronuncia mi nombre o recibo un abrazo.

Esta vez son gemidos y risas que vienen de una carpa vecina. Sí, risitas aniñadas. Luego gemidos cada vez más frecuentes. “Oh, no”, están haciendo el amor a dos metros de mí. Tardo unos minutos en tomar fuerzas para despegar el cuerpo de la colchoneta. Mientras tanto, los gemidos de ella se hacen cada vez más frenéticos y, cada cuatro o cinco suspiros femeninos oigo, sin poder evitarlo, uno masculino. “Esa es la proporción del placer sexual bien explotado”, calculo casi sin querer. Una batahola de recuerdos y reflexiones sobre el amor me invaden sin censura hasta ahogarme tan rápidamente que tengo que levantarme de un tirón y salir de la carpa con urgencia. Goethe había dicho que la mente ya ha realizado todos los crímenes posibles –o algo así-.

Afuera tropiezo con una tercera carpa llena de hilos atados a una ventana; quedo chata contra la pared intentando tropezar lo menos posible -lo que resulta casi quimérico-. Me siento en un juego de obstáculos en el que debo ir pasando postas hasta llegar a la meta que consiste en poder lavarme los dientes. Ni bien llego hasta al alero de la pequeña casa, los cadáveres de la noche quedan al descubierto sobre la mesa llena de vasos sucios. Creo que yo ya dormía mientras todo eso transcurría.

Voy hacia la pileta de lavar que está afuera y en el trayecto descubro que hay un cuerpo durmiendo en el pasto envuelto entre una bolsa de dormir y una carpa desarmada. Mientras me lavo los dientes me doy cuenta que es Laurant. Mis ruiditos lo despiertan y se levanta enseguida. Está desnudo; miro para otro lado mientras envuelve con la bolsa de dormir sus partes que, normalmente, deberían ser pudorosas pero en este caso no lo son. Es muy gracioso, parece un hombre regalándose con un moño gigante. Luego me habla en castellano con un fuerte acento francés que lo delata. Laurant tiene algo inquietante en la mirada y a la vez su voz es tan dulce y suave que no logro percibir su esencia claramente. Su sonrisa es franca. Pero hay algo en él que me produce desconfianza.

Entro sigilosamente a la casa porque debe haber alrededor de una decena de personas durmiendo ahí; sumando los que pernoctamos afuera somos entre 17 y 19 cada día. Algunos son más fijos, otros fluctuamos. Además, voy al baño tratando de no ser descubierta porque usarlo está  algo así como prohibido. Un pis más o menos no va a cambiar al mundo, pienso, y me descargo segura de mi transgresión. Después me pongo a calentar agua para un té y otra vez con mis ruiditos se levanta otra persona. Es Cecilia, la que comanda la casa que, curiosamente, también usa el baño para hacer pis. Ajá, pienso, hasta en las casas más hippies hay gente que imparte poder creando reglas que ellos mismos no cumplen. ¿O será que todos transgredimos la regla? Aunque todos pagamos lo mismo, algunos tenemos que ir a hacer nuestras necesidades a las dunas mientras que otros usan el baño. Pero bueno, así es el mundo por donde se lo mire, unos quieren impartir poder sobre otros y obtener beneficios propios. Y bueno, entre los habitantes soy una de las que llegó última, no puedo quejarme. Cuando vine, el baño ya estaba trancado y nunca me habían permitido usarlo, sin embargo tuve que pagar para que lo destrancaran, aunque después igual estuvo “prohibido” usarlo.

No importa, ya hice pis, tenía tantas ganas que no sé si llegaba a andar quinientos metros para esconderme entre las dunas; saludé con mi mejor buen día. Si hay algo que nos humaniza y nos iguala a todos es el pis de las mañanas, punto. Enseguida mi tocaya comienza la tarea de hornear budines que a diario vende en la playa para pagar los gastos de su verano y el de su niño en Valizas. Para olvidar lo del baño y pasar a otro tema le comento cuchicheando que me había despertado porque oí unos gemidos. Ella se prende del chisme y con una sonrisa pícara me susurra que ella también los escuchó, que vienen de la carpa de atrás. En eso, por la ventana de la cocina, Laurant dice: ¿cómo se llama eso que ustedes hacen? “Chusmear”, le respondo. Por la expresión de su cara supuse que iba a empezar un discurso machista sobre el tema pero me sorprendió diciendo que él también había escuchado los gemidos y sonrió. Una vez más confirmo que los hombres disfrutan de los chismes tanto o más que las mujeres.

Me siento a tomar el té bajo el alero tratando de sobrevivir al bombardeo constante de moscas mientras leo un libro sobre uruguayos desde el punto de vista de una inmigrante venezolana. Cada vez hay más gente que se despierta; se acercan y saludan con besos y abrazos antes de lavarse caras y dientes; debo ser la única quisquillosa en este lugar, pienso, y me uno a los saludos tratando de no ver el lado cochino de las cosas, intentando concentrarme, más bien, en el amor universal del momento. El ser humano tiene esta increíble capacidad de focalizar sentidos y percepciones. Sonrío, y vivo, y pienso que de esa manera mi expresión también debe ser inquietante, como la de Laurant, vista desde otra mirada. Trato de ver el lado optimista de las cosas y vuelvo a evocar el poder de adaptación, la posibilidad de poder vivir experiencias diferentes a las que no estoy habituada, a ponerme en otro lugar diferente al mío -o al mío-habitual-, y dejarme ser. Así aprendo, así comparto, así lo paso mejor.

Laurant me observa, se me acerca, se sienta y, después de unos minutos, mientras hay una ronda de gente cercana, decide hablarme en francés. Es un monólogo filosófico-poético, lento, alargado, pausado, al que sólo respondo escuchando con sonrisas. Lo comprendo todo, por supuesto, pero prefiero guardarme la verdad de su cuestionamiento en la intimidad y sólo respondo: “les posibilités sont infinies”. Laurant me planteaba que le parecía hermoso que una mañana comenzara con gemidos de una pareja haciendo el amor, que él también los había escuchado, que si yo no toleré seguir oyendo y me levanté, tal vez fue porque yo quería unirme a ellos –sí, acá dijo exactamente “menage à trois”-, o tal vez fue porque tuve otras fantasías que ya no recuerdo; si bien todas eran posibles, ninguna fue acertada.

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