Sobre un lejano país

Masarundipió es un lejano reino gobernado por Yericuacuaras, una estirpe en peligro de extinsión cuyos miembros se reconocen por las plumas verdes y rojas que llevan en las cabezas. Cada equinoccio de verano el pueblo se reúne frente al río para ser testigo, una vez más, del espectáculo sobrenatural que cada año se repite. Esta vez vienen turistas de reinos vecinos, pues dicen que el caso se ha ido haciendo famoso con el correr de los tiempos. También llegan chamanes, rezadoras compulsivas, sacerdotisas, salvadores de almas (en pena), falsos apóstoles, anticristos, antimperialistas, hippies new age, curas exorcistas, monjas profanas y estatuas orishás que alguien acomodó en la playa para que vigilen las aguas. Dijeron que asistirían algunas vírgenes, pero aún nadie las pudo reconocer.

Los vendedores ambulantes aprovechan para vender dulce de coco con maracuyá, pan de queso con chorizo, agua ardiente con clavo y canela, langostas gigantes con salsa de mango, batatas al horno con dulce de leche, pasteles de camarón, patas de ranas a la milanesa, churros con dulce de guayaba, empanadas de yaca y helados de apio con manzana. Aunque todos en el más profundo silencio.

Cae la tarde. Docenas de velas comienzan a encenderse, una a una, a lo largo de la orilla. Los curiosos se acomodan en sus puestos tratando de ganar la mejor vista sobre el río. Los de la clase “espiritista” se ubican en la primera fila; unos armados con largos rosarios y otros con sus libros sagrados, rezan susurrando sin parar. Algunos realizan danzas en ronda. También hay mujeres que encienden inciensos y lanzan polvos brillantes sobre las aguas. Otros han hecho ofrendas de flores blancas. Lo más impactante ha sido un grupo de hombres y mujeres que al mismo tiempo se cortaron las rastas y las arrojaron al río.

Faltan veinte minutos. Llora un niño; luego otro y otro. Parece que se contagiaran las ganas de llorar. Antes de que algún adulto también irrumpa en llanto y contagie a todos, uno de los antimperialistas -que casi perdió una lágrima- gritó “¡que se los lleven!, es una irresponsabilidad andar trayendo niños a un sitio donde se pone en riesgo sus vidas”. “Y la paz de sus almas”, agregó un cura exorcista por lo bajo. Empieza una disputa entre padres, madres y público en general. Viene la policía y se lleva a los más escandalosos. Más allá, alejados de la vista de los foráneos, seguramente que les darán palazos a los que más se resistan. Los padres huyen con sus críos.

La costa del río vuelve a la calma. Ya nadie se atreve a hacer ruidos, ni siquiera las rezadoras. Todos se quedan petrificados, expectantes. El silencio y el temor reinan de pronto y las pieles se erizan todas al mismo tiempo; y eso que aún no han visto nada, pero lo presienten.

De repente se escucha que una de las brujas entra en trance y tiene convulsiones. Las rezadoras aceleran sus versos incomprensibles. Un extranjero pelirrojo grita “¡Por Tatutis!”. Los new age se toman de las manos. Algunos prefieren dar un paso hacia atrás; las rodillas les tiemblan. Los falsos apóstoles y anticristos, en cambio, dan un paso hacia el frente. A uno comienza a sangrarle los estigmas. Se oyen gritos asustados. Los tambores empiezan a sonar, temblorosos; de a ratos pierden el compás. Los antimperialistas se ponen sus máscaras y los salvadores de almas sienten que éste es su momento e intentan comunicarse con el ánima en pena que todos esperan ver…

Mientras tanto, se atisba un punto a lo lejos. Luego otro. La corriente del río ruge como nunca y a todos se les ponen los pelos de punta al unísono. Nadie tiene aún tanto coraje como para reír.
Son las 20 horas y 47 minutos. Entre el público boquiabierto, como sucede cada año, en la misma fecha y la misma hora, las alarmas de los relojes empiezan a sonar -unas, unos segundos antes, y otras, algunos después-. Mientras, una mano de ahogado sale a la superficie y se estira hacia el cielo, abierta, turgente, desesperada. Se logra ver el brazo hasta el codo pero enseguida se lo traga el río. Sólo resisten unos segundos más los dedos, igual de duros y estirados como todos los vieron emerger, pero enseguida desaparecen bajo el agua.

Se oyen aplausos, gritos, llantos, cohetes, lamentos, cantos, sirenas, toses, hipos, bocinazos… Y así se da inicio, una vez más, a la Fiesta del Ahogado del lejano reino de Masarundipió, gobernado por Yericuacuaras, una estirpe en peligro de extinción cuyos miembros se reconocen por las plumas verdes y rojas que llevan en las cabezas.

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