Viajera alunando en Perú

Pinturas y Biman 007

“Llega mi luna…”, como dice mi amiga colombiana… Yo diría al revés, voy llegando a mi Luna. Y, oh casualidad, la luna de arriba está casi llena; la luna de arriba, en plenitud.

“Luna llena no hay fronteras”, gritaba hace diez años en la puerta de un bar, en Salta, un borracho. Y a veces siento fuertes nostalgias, ganas de estar abrazada por largo rato (como lagartos) a un ser querido, para perderme en su aroma, en su tibieza, en su abrazo (en su piel de lagarto). Pegarme a otra persona como un chicle, esa es mi debilidad, es mi plenilunio, y es en lo que, como dicen los sabios, siempre me equivoco (cómo me gusta equivocarme). Y escribo estas cosas sólo para recordarme a mí misma que ya pasará, que no es el fin de nada, que es otra vuelta de luna que me ronda, que me hace “yirar”, y que un poco me marea.

Y me pongo así, un poco triste y verborrágica, con rabia verbal, en cualquier parte del mundo, en el camino, con “pensamiento de caracol” enlunado…

Y cuando pasa eso, quiero estar en mi caracola, en “casa”, con mamá y papá, para que me arropen con palabras dulces esta luna desnuda. Pero ya no soy una niña.

Y cuando pasa eso, deseo que alguien me cocine con amor, para alimentar a la luna voraz que se quiere tragar mis alegrías. Y lo peor es que hasta me pongo a ver precios de pasajes aéreos a casa, y me pone triste un número -pero si aparece, me puede alegrar un verso-; es casi como viajar hasta la luna. Y me imagino en mi hogar, cómoda, pero extrañando el viaje, aplastada por mi propia luna.

Las lunáticas vivimos serias contradicciones… Veo. Entonces quiero encontrar a otra lunática, como mi amiga colombiana, que cada vez que se aluna hace “ritualitos”. Ofrece su sangre a la Pachamama, enterrándola.

Y cuando pasa eso, quiero dejar de viajar sola y encontrar de nuevo un amor tan pegajoso como los que ya tuve, para saciar los cráteres de mi luna llena. Después se me pasa, y digo, no, mejor sigo con la onda del desapego, rodando con mi luna por cualquier Callao. Y me unto los agujeros con pensamientos antiadherentes.

En pocas palabras, estoy alunada.

Y yo siento que, cada vez que me inundo de luna, y me desbordo, despido a un hijo que no nacerá. Y pienso que las mujeres somos posibilidades infinitas de vida. No podemos tener descendencia una vez al mes, es humanamente imposible, modernamente innecesario, feministamente un abuso. Pero con cada ciclo lunar el Universo nos recuerda que somos cuna de semillas, que somos como la tierra misma, que somos un huequito calentito y fértil para sostener la Humanidad. Y eso, de alguna manera, nos pone tristes, Mujeres, como si fuéramos la causa de algo tan profundo que no logramos sacar a la luz.

Quiero que me trague la luna y que luego me vomite de nuevo, en unos días, en Huaraz, para seguir viajando, rodando como una luna…

Aquí están los cráteres que se me abren en el cuerpo, por eso sangro, y por eso afloran montañas de nostalgias, en las cimas de Perú.

Ya pasará… Y ya volverán estos vaivenes, con cada luna. Esa es mi esencia, y contra ella, no puedo fluir. Por eso, le regalo palabras. Para que sea lo que sea, y sea, y sólo eso…

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