Sed de reencuentros

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En casi todo el viaje, al que ya he rebautizado, por lo que sería mejor decir: en esta vida semi-nómade, casi nunca he pagado un hostel. Sólo en Posadas, Misiones, una noche que me quedé sin alojamiento, y una noche con Nico en un Festival de Jazz en Rio das Otras, Brasil. Luego, han habido algunas noches de hostels, pero han sido trueques de textos por alojamiento, como ocurrió en Porto de Galinhas, Brasil.

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Algo cambió. Ya hace como una semana que vivo en un hostel, pagando. Algo cambió. Encontré a Jorge en la ruta y nos vinimos juntos a Huaraz, el tenía el dato de este sitio muy barato y agradable, y de hecho lo es. Entonces, me propuso vender trufas para ir costeando los gastos diarios, como hace la mayoría de los mochileros que voy conociendo, quienes, además, del sistema de intercambio de Couchsurfing desconfían bastante, o dicen que no quieren someterse a reglas de casas de desconocidos. Para mí, eso de introducirme en esos micro-cosmos, ya es parte de mi viaje, no puedo evitarlo pero, sólo en este hostel, pude darme cuenta de eso sometiéndome a sus propias reglas de burbuja equidistante con otras burbujas-hostels en cualquier parte del mundo. He “surfeado” a través de tantas personas, casas y estilos de vida, con tanta naturalidad, con una increíble capacidad de adaptación, que ahora recién lo reconozco, y estar en un hostel se me hace tan extraño y novedoso, que de a ratos me gusta, y de a ratos quiero estar en la casa de alguien…

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Mientras yo me iba a trabajar, mis amigos del hostel se fueron a una feria de ropa usada, y les pedí que me compraran un abrigo calentito para estos días de montaña y lluvia, y ahí está, me eligieron el marroncito animal print de lana de alpaca origianl que me abriga en estos días 🙂 Gracias Biman, Alex, Juli, Marita y Jorge!

Pero, lo cierto, es que algo cambió, estoy acá porque tuve ganas de hacerlo. Tal vez ganas de vivir algo diferente, de encontrar otros viajeros. O será que ya me he venido contagiando de los dos voluntariados que hice en dos hostels diferentes…

Lo que me ofrece estar conviviendo en estos espacios multinacionales de viajeros, es poder ver diferentes estrategias que usa la gente para mantener sus viajes por tiempo indefinido. Las más comunes siguen siendo las mismas: macramé, malabares y música… Pero hay intersticios, aún hay lugar para la pintura, la poesía, y otras búsquedas…

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Algunos viajeros inolvidables del Hostel El Tambo, casi todos argentinos y colombianos.

Estoy trabajando en un bar-restaurante, y cada vez que voy al laburo, lo que más me gusta es ir saliendo de nuestra casa comunitaria, metida en una cuadra lejos del caos de las calles, y encontrarme de repente en las veredas ruidosas, sucias y llenas de colores y de gente del mercado de Huaraz. Lo bueno es que todo sale barato. Por un sol compro cuatro bananas, por otro sol compro ocho panes, por otro sol compro dos barritas caseras de chocolate con maní, con otro sol me puedo comer una mazamorra con chicha morada, con otro sol me puedo comer una bolsita de porotos blancos bien condimentados, por otro sol me como un mango, por otro sol un kilo de tomates, por otro sol un kilo de manzanas, por otro sol un kilo de cebollas, por otro sol una bolsa de granos de choclos, por otro sol una papa a la huancaína, por otro sol dos blsitas de verduras picadas para hacer sopita, por un sol, lo que sea… La vida en Huaraz continúa gracias a un sol…

Y cuando vuelvo de hacer las compras, mientras cocino y como todos esos soles, en el hostel los malabaristas malabarean, los músicos musiquean, los tejedores hacen macramé, los lectores leen, y todos hablan un poco de los lugares que han visitado o piensan visitar… Y cuando vuelvo al hostel, siempre paso por una terminal de buses de gente local, con pinta de campesinos que vinieron a Huaraz por trámites, y observo los rostros de los pasajeros acomodados en sus asientos, y cada vez pienso: qué lindo, ya están acomodados y calentitos en sus asientos para volver a sus casas… Pronto estarán en sus casas…

Este pensamiento recurrente no puede pasar desapercibido. Y menos que un mago de Sri Lanka me diga que me mira y la mente se le inunda de imágenes de mi casa, y que encima me diga que deje de reprimirme, de mentir las ganas que tengo de sentarme en un asiento calentito y volver a casa para pasar las fiestas con mi familia.

Ya no quiero aguantarme las ganas de abrazar a todos mis seres queridos. Tengo sed de reencuentros. Así que me voy, muy pronto, a casa.

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Un dibujo que hice pensando en casa…

Mientras tanto, sigo trabajando de mesera para juntar un poco de plata para el regreso 🙂

Y después, ni idea…

Vamos viendo.

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