Preparando la mochila

Llegó el día marcado. Día de terminar de definir la mochila, esa que se resiste a ser pequeña, livianita y a ponerse alas.

Sin embargo, creo que reduje bastante el contenido de ropas esta vez. La verdad es que cuando voy a viajar en cuatro estaciones es difícil armar la mochila con poquito. Llevo mucho abrigo, yo sé lo que Los Andes deparan. Si bien la primera gran meta es Ecuador, en el medio hay un oleaje de montañas que llegan hasta 4 mil metros de altitud y eso no es para menos: calores intensos de día, fríos insospechados por las noches. Ya soy compinche de esas montañas, ya nos conocemos bastante, aunque no tan bien. Siempre queda algo pendiente y no pretendo agotar ninguna posibilidad, pues conozco mis límites y no soy montañista, sólo una viajera de paso.

Lo que cargo de más son calzados, pienso caminar mucho, intentaré hacer el Camino del Inca en su tramo más turístico, aunque eso nunca es seguro hasta que llegue al lugar. Tengo un problema siempre con los calzados, con los dolores de pié, con las ampollas, con las plantillas, porque no piso bien, y esa es una dificultad nata que tengo que sobrellevar siempre. Encontrar mi calzado perfecto es tan surrealista como encontrar al amor perfecto.

Hasta ahora descubrí que lo mejor que les ha pasado a mis pies ha sido poder vivir en ojotas brasileras en Brasil, no es una mera redundancia, son muy cómodas y aptas para viajar por el litoral de ese país de clima, generalmente, benigno. Pero lo más hermoso ha sido la oportunidad que les di de andar descalcazos durante horas por playas uruguayas en Rocha y por dunas brasileras en Maranhao. Mis pies nunca estuvieron más suaves y sanos como aquellas veces… Ahí sí que se sintieron alados.

Pero la montaña es otro tema. Decidí no comprarme calzados nuevos para caminar, primero porque están carísimos y no asumo esos precios. Segundo porque, ni bien llegue a las playas tibias, creo que volveré a las chinelas brasileras. Tercero porque los calzados nuevos siempre sacan ampollas después de más de diez cuadras, al menos a mí, y yo siempre camino muuucho en un viaje. Entonces revisé placares antiguos y encontré dos pares de calzados viejos, cómodos, pero rotitos. Uno con plantillas súper aptas para caminatas largas, pero de tela y con agujeritos; el otro de cuero y calentito, tipo botitas del Chavo, pero con plantillas muy planas. No puedo fusionarlos y hacer uno de dos, así que me llevo los dos pares, como un exceso pero también como un rescate y una garantía para que mis pies puedan llegar más lejos sin reventarse.

Siempre pienso en lo importante que son los pies para ser libres. Es un privilegio tener pies capaces de llevarte a donde quieras. Parece lo más obvio del mundo lo que digo, pero no lo es. Para algunos es un gran esfuerzo aprender a caminar. Otros caminan antes de hablar. Algunos caminan pero nunca logran salir del camino “permitido”. Otros podrían caminar más, pero prefieren hacer cien metros en auto. Yo siempre vivo una lucha para encontrar zapatos cómodos, pero estoy contenta de tener pies andariegos, lo siento como un gran privilegio que muchas veces pasa desapercibido. Lo que quiero decir es que no todo está en la cabeza, también está en los pies, y en sus infinitas posibilidades. Sino, ¿por qué tantos grilletes en los museos sobre la esclavitud en el nordeste de Brasil?

Creo que me animé a escribir algo sbre los calzados porque hace unas semanas vi la película Wild y me impresionó bastante el sufrimiento de los pies de la protagonista que se lanza a caminar por toda la costa oeste de Estados Unidos en dirección sur-norte. También me impactó el tamaño de su mochila. La mía es enorme pero creo que siempre tuve fuerzas como para levantarla. Aunque alguna vez me desgarré músculos de la espalda tratando de sacarla de un tirón de la caja de una camioneta en una postura muy extraña y, mientras me moría de dolor y casi no podía moverme, tenía que decir “chau, gracias” con una sonrisa enorme al conductor que me acababa de dejar en ese lugar. Cuando el vehículo se perdía en el horizonte lanzaba un chillido de dolor tipo de película de terror. Bueno, eso pasó una sola vez, a lo sumo dos…

Siempre, siempre trato de que mi mochila reduzca su peso y tamaño, pero es algo en lo que no logro evolucionar aún. Aunque deje de llevar cosas de uso diario agrego potes de pinturas, pinceles, lanas, maderas, libros, cosas así… El pensamiento que me ganas es: que no me falten materiales cuando tenga ganas de crear… Y es un problema, porque al final, casi nunca tengo tiempo de “crear”, con tiempo libre y espacio acorde a la inspiración, como a mí me gusta. El viaje siempre se me presenta como una improvisación y un andar compartido y colectivo.

Cuando leí en el libro de Aline Campbell sobre el escandalizador tamaño de su mochila, por lo pequeña y no por lo enorme, dije waaau, realmente admiro a esta chica. Quiero poder lograr una mochila como la suya. Pero luego, avanzando en la lectura, vi que a veces se moría de frío en las noches del verano europeo. Si hay algo que me hace muy infeliz en la vida es pasar frío. Así que dije, no, no importa si llevo un poco más de peso, pero frío, no quiero. Menos en Los Andes. Así que ahí vamos sumando kilitos.

Y ya que estamos hablando del libro de Aline y de qué cosas uno lleva en el viaje, debo decir que me sorprendió que en su desafío de viajar sin dinero durante tres meses por Europa mi amiga haya pasado hambre más de una vez, al menos eso relata en sus crónicas diarias. No por falta de comida o de hospitalidad, sino por no animarse a decir que tenía hambre estando en casas de personas locales; se quedaba aguantando las ganas de comer hasta que a alguien se le ocurriera invitarla con algo. La verdad es que yo nunca pasé hambre viajando por Sudamérica. Tampoco tuve que pedir comida. Siempre viajo con dinero, aunque con muy poco. Como ahora. Pero cuando veo que estoy en las últimas, paro y busco trabajo o alguna forma de ganar un poquito de plata para dar otro tirón, y hay muchos que hacen lo mismo y a veces nos juntamos y hacemos equipos de generación de recursos. En el fondo, confieso que me da terror quedarme sin dinero, en ese sentido admiro a Aline por su coraje de haber entrado a Europa sin un centavo, sólo con materiales para hacer unas obras de arte con hilos en las que se especializa.

Yo, al principio, tenía recursos, gastaba muy poco, pero tenía, iba compartiendo los gastos de comida con mis compañeros de viaje, porque alojamiento y transporte no pagaba. Luego, ya no tenía nada, pero iba generando ingresos en el camino. Eso sí, hablo de cifras escandalosamente bajas, montos que tal vez ustedes gastarían en una sola compra de supermercado a mí me servían para comer un mes. Por eso no puedo pensar en comprarme un calzado nuevo, porque es una cifra que me suena a dos o tres meses de viaje cómodo. Al final, el mundo se mide de otra manera y uno pierde la noción de los valores monetarios de productos de consumo que no sean de primerísima necesidad. Dentro del sistema capitalista yo entro en el rango de personas pobrísimas, pero no lo soy. Mido las ganancias de otra manera, capitalizo otras cosas. Y ahora que lo pienso, cuando intento iniciar un negocio propio me siento inútil, porque no puedo restablecer mi mente para que funcione utilitariamente dentro de esquemas de oferta, demanda y precios convenientes.

Creo que algo que ayudó para que nunca pasara hambre en mis viajes es el hecho de que me gusta ayudar a cocinar, entonces siempre estoy aportando mano de obra en el preparado de los alimentos y eso no es algo que pase desapercibido. Sino, trato de aprender lo que los anfitriones cocinan y si no les gusta que otras manos se metan en su obra culinaria, al menos acompaño el proceso manteniendo limpia la escena. A veces compro todos los ingredientes para hacer una comida para todos, rica, sana y barata, y después algunos quieren que se repita el acto y ya vienen con los ingredientes o me retrucan el gesto cocinando para todos algo que les sale bien. Compartir es la clave.

Para cerrar este tema del dinero, creo que nunca podría viajar sin dinero, porque el mundo está organizado así. Me gusta mucho lograr trueques, de hecho a menudo lo hago: por alojamiento limpio un hotel, o escribo un texto para la página del hostel, incluso llegamos a hacer trueques de textos por comida en restaurantes caros. También intercambié materiales para hacer artesanías por días de camping. Cuando las personas me ayudan ya de sobremanera, me gusta dejarles algo a cambio, un cuadrito, un libro, etc. Pero tener un poco de dinero me hace sentir más independiente y libre en el mundo en el que me muevo. Juego sus reglas. Trato de no dejarme enredar en sus trampas, pero hace mucho me di cuenta que es tan difícil vivir fuera del juego que no imagino la forma de hacerlo sin dejar de sentirme cómoda. Dejo de hacer muchas cosas que me gustaría por falta de dinero, como ir al cine, al teatro o pagar entradas a locales o paseos que me parecen interesantes, o comprarme un libro y sentarme en un café a disfrutarlo tomando algo, cosas así. Pero no soy infeliz por eso, hay tantas cosas que me llenan que eso no me afecta tanto. Y de vez en cuando me doy unos gustitos y son más valiosos que si tuviera todo a alcance de la mano.

Bueno, conclusión, sigo intentando que la mochila pese menos, pero eso no es fácil para mí. De hecho, pesa mucho menos, pero agregué la carpa remendada y un aislante eso compensa mi esfuerzo por sacar cosas. El bulto sigue siendo enorme. Dejé las pinturas, los pinceles, la melódica, los libros. Decidí focalizarme en una sola cosa: escribir. El resto es más complicado y tengo que asumir que no puedo hacer tantas cosas cuando viajo.

Salta, ¡allá vamos! (mi señora mochila y yo).

Formosa, 6 de abril de 2015.

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