Esa extraña influencia…

Este es un texto para las mamás preocupadas por sus hijas adolescentes que siguen mi viaje y dicen por ahí que están asustadísimas porque las nenas quieren salir a viajar.

Primero, quiero aclarar que no promuevo que otras personas hagan lo mismo que yo, dejar sus vidas “normales” para llevar una vida seminómada, que es algo que va un poco más allá de viajar. Aclaro que llevar este estilo de vida siempre fue mi sueño, sólo que decidí recibirme primero para darles a mis padres el gusto de tener una hija con título universitario, que era su sueño en lo que a mí respecta. No voy a entrar en el tema de si eso fue bueno o malo, sólo voy a decir que habíamos hecho un trato, yo cumpliría con mi parte de recibirme y luego haría lo que tuviera ganas. Y así encontré la forma de mantener buenas relaciones con mi familia, ya que los quiero mucho y nunca tuve intenciones de cortar vínculos. Aunque les confieso que yo ya buscaba las formas de escurrirme y de ser una viajera de tiempo completo cuando era adolescente, por eso me puse a estudiar idiomas, entre otras cosas.

Pero sí quiero decirles algo que aprendí a esos padres preocupados. Es sólo mi opinión, de última pueden estar de acuerdo o no, pero ahí va.

Queridos padres de adolescentes interesados en viajar, quiero recordarles que hace no muchos años atrás, una persona de 17 años ya era considerada adulta. Es decir, tenía la obligación de valerse por sí mismo y hasta de mantener a su familia.

Actualmente, no sé por qué, el rango de la niñez sigue creciendo, y no estamos lejos de considerar a un chico o chica de 17 años como un infante, un poco más desarrollado físicamente, pero algo así como incapaz de valerse por sí solo. Sinceramente, no sé qué beneficios sociales, económicos, intelectuales, psíquicos, morales, estéticos o comerciales tiene esto. Lo único que se logra, según mi simple punto de vista, es criar adultos aniñados. Yo misma, tal vez, sea una del género (carita sonrojada). Pero debo confesar que, cuando era adolescente, y no creo que esto sólo me pasaba a mí, sentía mucha necesidad de hacer cosas que me hicieran sentir útil y adulta, es decir, una persona capaz de valerse por sí sola, tanto en lo económico como tomando mis propias decisiones, o creciendo a fuerza de errores propios, pero asumiéndolos como aprendizajes. No podía hacerlo, la sociedad no me lo permitía, yo era considerada inmadura y tenía un rol social predefinido: estudiar o estudiar. A los 16, 17 años, yo era una niña bajo la responsabilidad de mis padres que debían sobreprotegerme al punto de llegar a sentirme inútil. Pero ese era el rol de padres que ellos debían cumplir, y lo hicieron muy bien.

Sin embargo, leyendo cosas que encontraba por ahí, esa niña que fui, iba descubriendo que, generaciones atrás, a esa edad había intelectuales que ya estaban haciendo obras geniales o desastres monumentales en el mundo, como sucede aún, con la única diferencia que en el pasado se empezaba antes. Para mí es un gran misterio explicar por qué somos niños cada vez más viejos, por qué no nos dejan crecer y ya, cuando tenemos 16, 17 años. Es cierto, somos inexpertos, pero equivocarnos es parte de crecer y de construir nuestras propias experiencias; además, cualquier adulto se sigue equivocando hasta el último de sus días y eso no es anormal. Es parte.

Tal vez, la única respuesta sea más simple de lo que parece: somos hijos de generaciones que lucharon tanto por un mundo mejor para sus hijos, que quizá se olvidaron de darnos la oportunidad de luchar por nuestro propio mundo interior, para tener la oportunidad de sentirnos personas capaces de muchas cosas, no sólo aptos para reproducirnos. La evolución, el desarrollo o el simple paso de los años han querido que los jóvenes nos volviéramos cada vez más pasivos, menos audaces, menos creativos, menos valientes, menos héroes de nuestro propio porvenir. Y el consumo de drogas aumenta, y las ganas de matarse también… Lo digo porque llegando a Jujuy en estos días, encontramos policías en la esquina de la casa donde nos alojaríamos, ahí mismo, una pareja de adolescentes acababa de ahorcarse porque sus padres no los dejaban quererse. Cuando la gente se queda muy pasiva frente al mundo, esperando recibir las órdenes, el momento para tal o cual, la ayuda interminable, el sentido de la vida se distorsiona, se confunde o se pierde. No soy especialista en estas cosas, es sólo mi opinión.

Es que el llamado de la naturaleza humana sigue latente, y cuando los cuerpos están aptos no sólo para reproducirse, sino también para ser capaces de moverse por sí mismos, de conseguir su propio alimento, y no se puede satisfacer esas ganas biológicas, si se quiere, la falta de acción termina diezmando esa energía vital con todo tipo de vicios.

El revuelo de hormonas de la adolescencia no sólo tiene fundamentos sexuales, también tenemos que iniciarnos como personas en otros desafíos para ir descubriendo qué clases de personas somos o queremos ser en el mundo. Entonces me parece horroroso que a los adolescentes no se les de la oportunidad de iniciarse en el mundo laboral, de aprender a ser creativos para sobrevivir en cualquier medio, de animarse a vincularse con otros tipos de personas y situaciones, en fin, que no nos dejen crecer desplegando todas las capacidades de homo sapiens que traemos potenciadas desde que nacemos. Todos llevamos exploradores dentro, todos somos capaces de hacer cosas para sobrevivir ante la adversidad, todos somos capaces de preparar nuestro propio alimento y hasta de ganarlo. Pero cuando somos hijos de familias con las necesidades básicas satisfechas, no nos dejan intentarlo porque no quieren que dejemos de ser niños.

Los países “desarrollados” promueven que sus adolescentes trabajen durante los veranos para ganar su propio dinero para divertirse o salir de viaje. Algunos hasta los incitan a tomarse un año sabático por el mundo para conocer la diversidad, pero también para conocerse a sí mismos antes de volver y tomar la importante decisión de estudiar una carrera y elegir un lugar en el mudo para llevar una vida sedentaria.

No digo que debe promoverse el trabajo infantil, hablo de adolescentes, que tampoco merecen ser explotados, claro. Pero sí digo que merecen tener la oportunidad de desear salir a conocer un poco de mundo y a conocerse a “sí mismos frente al mundo”, que no es lo mismo que conocerse “a sí mismos en casa”. Y si eso lo pueden lograr ganando su propio dinero para el viaje, qué gran aprendizaje implica todo el proceso. No digo que se vayan y que no vuelvan, digo que los dejen hacerlo al menos por un breve tiempo, aunque sea a un lugar cercano, pero fuera del nido y de la protección familiar. No hay escuela ni universidad que te enseñe a vivir. Parece que esa parte sólo le toca a la familia, y lo hace uno mismo como puede, según lo que le toque. En esa etapa de la vida en la que vamos consolidando la personalidad, que es cuando la autoestima más entra en crisis, qué importante es tener la oportunidad de hacer de nuestras propias experiencias un aprendizaje, qué importante es realizar nuestros propios recorridos para encontrarnos con nosotros mismos y crecer.

No creo que vivir la juventud a pleno sea sólo salir a emborracharse, fumar por primera vez, levantar minitas o vaguitos en un boliche, perder la virginidad, probar drogas o ver muchos amaneceres con un cuerpo tambaleante por los efectos de la noche. Todo eso puede ser una parte divertida de la juventud, pero creo que lo más importante es poder salir de la tribu familiar o del grupo cerrado de amistades para encontrarnos con nosotros mismos frente a otros, frente al resto del mundo y sus infinitas posibilidades, así como las infinitas posibilidades de ser que llevamos dentro.

Viajar fomenta, según mi parecer, que seamos más tolerantes frente a lo diverso, que aumentemos nuestra capacidad de adaptación ante todo tipo de situaciones y que aprendamos a tomar decisiones. Viajar fortalece la autoestima. Viajar nos enseña a compartir y a ser solidarios. Viajar nos hace pensar sobre nuestros orígenes y nuestro hogar, que de repente se vuelve un lugar diferente, visto con cierta distancia. Viajar nos ayuda a expandirnos como seres humanos. ¿Por qué no dejar entonces que sus hijos se animen a experimentar ese desafío de vivir?

Queridos hijos de padres preocupados por sus deseos de viajar. Siempre, siempre tienen que tener en cuenta que para los padres es muy difícil ver partir a un hijo. Ayúdenlos a sobrellevar lo mejor posible esos momentos, manden noticias, “señales de vida”, háganlos quedarse un poco más tranquilos en el abismo que les genera la distancia, no los torturen. Ellos serán sus padres por el resto de sus vidas. No se peleen con ellos, no corten por lo sano, porque la única Patria para volver siempre es la familia.

Sólo quería decir estas cosas que pienso… Y acepto que existan pensamientos diferentes al respecto.

Para concluir, sólo quiero dejar un “gracias” con ecos eternos a mis padres por haberme dado muchas de estas oportunidades que necesité tener para crecer y descubrirme. También un “perdón” enorme por elegir hacer cosas que a veces los tiene preocupados.

PD: Me hago cargo de estas extrañas influencias. Es lo único que pretendo, en realidad. Mostrar otras posibilidades, entre tantas.

(Escrito entre Salta y Jujuy, un poco el 9 y otro el 10 de abril)

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