Caminando por San Pedro de Atacama

En San Pedro de Atacama decidimos parar dos semanas para que mi compañera de viaje pueda conocer un poco la zona. La única alternativa que encontramos fue hacer un voluntariado en un hostel donde yo ya había hecho lo mismo el año pasado, alrededor de un mes, mientras entrenaba para ser guía con una agencia de viajes.

Couchsurfing no funcionó esta vez. Es un lugar demasiado turístico, los pocos miembros activos se deben sentir acosados por tantos pedidos. Además, este pueblo en medio del Desierto de Atacama, tiene algunas particularidades. Todos los que viven aquí trabajan en algo relacionado con el turismo, lo que hace que la mayoría sean originarios de otras zonas de Chile, incluso de otros países. Casi todos están de paso, haciendo plata por un tiempo determinado, después se van. El año pasado me recibió Juan Pablo (Pali), pero se fue a viajar después de trabajar dos años.

No es fácil vivir en San Pedro. Si bien es un oasis en medio del desierto más seco del mundo, el agua es subterránea y casi no se tienen noticias de la humedad. Por eso tambien tiene uno de los cielos más limpios del mundo para realizar observaciones astronómicas.

El clima es tan seco que hay que encremarse bastante. Ayer Albania, una compañera de trabajo, me regaló un pote gigante de crema nutritiva que ella heredó de otra chica que trabajó temporalmente por acá. Menos mal, porque estoy sequísima, se me despelechan las piernas y brazos…

El sol es fuertísimo. Hay un semáforo en el centro del pueblo que indica la graduación de los rayos ultravioletas y siempre está en el punto máximo. Cuando trabajé en la agencia de viajes, descubrí que había varios potes gigantes de bloqueador solar, bastante neutros en cuanto al embalaje; son productos para mineros que se compran por cantidad. Cada vez que llegaba un guía se embadurnaba con esas cremas antes de salir a trabajar. Yo me pongo bloqueador solar sólo para ir a comprar a tres cuadras de acá porque sino ya siento que la cara me arde. Y mi sombrero loco anranjado, o algún pañuelo en la cabeza; sino me queda doliendo un poco.

San Pedro es el lugar más caro de Chile. Para poder alimentarnos hacemos tortas (de zanahoria y chocolate) para vender por ahí. Las frutas y verduras son carísimas. No comemos carne. Tomamos el agua del grifo y nos la bancamos, aunque esté llena de minerales; total, son sólo 15 días. Y ya vamos por la mitad. No veo la hora de ir a un mercado boliviano…

Pero acá estamos. Acá estoy por segunda vez. Y a veces parece que nunca me fui. Todo sigue más o menos igual, sólo que con moscas. Hay una invasión de moscas que el año pasado no había, es bastante desagradable comer tan apurada para ganarles a los insectos que se posan en todo.

A Larissa le tocó trabajar de noche en el bar, lo mismo que hacía yo el año pasado para poder trabajar en la agencia de viajes. Esta vez me toca ir a la terminal y traer turistas al hostel; acá descubrí que ese trabajo se llama “bus hunter” (cazadora de buses). Ya hice ese trabajo en Salta en 2002. Nunca me gustó. Pero acá está tranqui, la gente es más amable. Parece que bajan del bus y sienten un alivio al ver que alguien se acerca a hablarles en inglés en medio del desierto. En otros lugares no ocurre lo mismo, ni siquiera te escuchan. Acá sí, y me consultan cosas que yo no sé indicar, como por ejemplo, dónde queda el hotel en el que tienen una reserva. Su miedo los hace más gentiles, parece. Por suerte me pagan por cada turista que llevo al hostel.

En mis ratos libres, entre cole y cole, escribo, leo, dibujo, escucho música. Hago cosas que me gustan. Y observo a especímenes humanos tan disímiles de todas partes del mundo. Cuando me canso de estar quieta me cruzo a una placita frente a la terminal que tiene aparatos para hacer ejercicios y me pongo a mover un poco el esqueleto hasta que el sol me dice: ponete a resguardo.

Y cuando vuelvo al hostel, escribo, escribo, escribo. Y conozco gente cuando abre el bar frente al fogón.

Así son nuestros días en San Pedro…

Dejo unas fotos que saqué con el celular camino a la terminal, o andando por callecitas fuera del ámbito turístico.

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