Viajando con mis dragones

Sobre viajar sola, o viajar acompañada…

Viajando sola a dedo por Chile
Viajando sola a dedo por Chile en 2014.

Cuando me tocó viajar sola sentí que sería un gran desafío. Desde el año 2001 casi siempre viajaba como mochilera, a veces en pareja y otras con amigos. Lo que duraban esas salidas iba entre dos semanas y dos meses, nada más.

En diciembre de 2012 la idea de salir a intentar llevar una vida semi nómada era bien diferente. No sabía si me iba a gustar andar así conmigo misma -y nadie más- por tiempo indefinido. No fue fácil dar el primer paso; igual lo hice. Si no lo intentaba, ¿cómo iba a saberlo? En realidad fue porque no tenía otra opción y partir era inminente.

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Viajando sola hasta Maceió (Brasil), primero me encontré muy sola, después de una noche triste hice algunos grandes amigos de amigos, y todo cambió… 2013.

Por otra parte, no tenía ganas de viajar en pareja, estaba terminando una historia y no quería involucrarme tan rápido en otra. Y, lo más importante, no conocía a nadie que tuviera las mismas ganas que yo, de largarlo todo y salir a viajar con poco dinero, sin límite de tiempo y sin tener el camino muy en claro. ¿Tendría que unirme a un circo o a una caravana de gitanos?

Antes de partir, tenía una sola certeza: moría de miedo. Temía que me pasara algo por estar sola “e indefensa” (decirlo ahora me da risa). Pero debo confesar que también temía estar conmigo misma. No sabía si me iba a llevar bien con mi soledad. Pensaba que me iba a sentir muy sola, que sería un viaje angustiante, que por no ser “tan hippie” me iba a costar mucho encontrar amigos en el camino, compañeros de viaje, buenos momentos… (Me río de mí misma otra vez).

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Viajando sola por Uruguay a dedo, me divertí mucho con amigos que conocí en el camino. Barra de Chuy, 2013.

De hecho, el primer mes fue bastante solitario. Encontraba muchas personas pero con nadie compartía lo que realmente sentía o vivía en esos momentos. Y no, nadie quiere compartir la tristeza, nadie quiere ser el depósito del dolor ajeno. Aunque algunos se esfuercen por prestarte oídos, tiempo, consuelo, consejos, estoy segura de que en el fondo nadie quiere compartir ese tipo de experiencias. Me fui volviendo más amiga de mí misma.

Luchaba contra mis dragones poniendo buena música en los auriculares mientras estaba haciendo dedo, o caminando por las playas uruguayas, o descansando sola en mi carpa. Los dragones cedían, terminaban bailando y se sosegaban. Pero había canciones que me hacían poner tan triste que incluso hoy no puedo escucharlas sin sentir un gran vacío. La canción que nos partía –a mis dragones y a mí- era “Lalá” de Eduardo Mateo, un cantante uruguayo que descubrí viajando por Montevideo. Es hermosa, pero me perturbaba que repitiera mil veces “Hola Lalá, cómo te va” y, aunque un uruguayo al que le conté la historia me dijo que estoy equivocada, que escuché mal, a mí se me hace que el coro responde en un momento: “maaaal”. Eso hacía que yo misma me preguntara: ¿cómo me va?, ¿cómo estoy? Y quedaba al descubierto mi fragilidad. Después, la canción dice: “Sabes, Lalá, te quiero”, y esa es toda la letra. Cuando Mateo me preguntaba en los auriculares cómo me iba, parecía que yo me sentía como Lalá: muy mal, y completaba los silencios de la canción con mi historia. A la distancia, alguien me decía que me quería cuando yo ya no estaba ahí… ¿Pero por qué alguien me decía eso cuando ya me había ido? ¿Por qué no me lo había dicho antes, cuando lo necesitaba, cuando estaba cerca? Con esta canción me di cuenta que después de la tristeza viene el enojo.

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Viajando sola por el norte de Chile, en una casa de Couchsurfing. Arica. 2014.

Por suerte también tenía a Os Mutantes, una banda brasilera de los ’60-’70 que elegí para ir familiarizándome con el portugués. Toda la psicodelia sonora de ese grupo me hacía elevar las energías, me sentía en el circo de mi propia vida y se me caían sonrisas mientras caminaba. Recomiendo hacer la prueba con el álbum “Tecnicolor”, te deja a los dragones escupiendo arcoíris.

Como consecuencia de estos eventos que parecen simples pero que son trascendentes para alguien que camina sola por el continente, decidí hacerle caso al dicho de que todo es una cuestión de actitud. Decidí no volver a someterme a nada que me hiciera bajar la guardia de mis ánimos, tenía que estar fuerte para llevar adelante ese viaje. Muy fuerte, tanto física como mentalmente. Decidí ayudarme a encontrar la manera de lograrlo, de estar bien conmigo misma para poder salir de la carpa y enfrentar al mundo con una sonrisa sincera y no con un “buen día, mundo cruel” que venía arrastrando de mi vida anterior. Decidí no dejarme atrapar por los vicios del camino, decidí acercarme sólo a personas sabias y con buenas vibras que me contagiaran experiencias positivas. Decidí elegir el lado bello de la vida. Porque reconocía mi fragilidad. Y descubrí que lo que uno elige, muchas veces sucede. Y descubrí que cuando una tiene dudas sobre una persona o una situación, debe hacer caso a sus instintos, porque si no, los desenlaces son realmente complicados. A veces, elegí mal. Pero al final, de todo se aprende.

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Festejando mi cumple en Lima, Perú, en 2014, con amigas que hice ahí, y que todavía mantengo…

Comencé a confiar en mis adentros, en mi capacidad de adaptación. Comencé a bailar con mis dragones, sola en las playas desiertas, sola en las banquinas de pueblos perdidos. Comencé a escribir, comencé a cantar. La gente comenzó a acercarse a mí. Y yo empecé a tener ganas de bailar con otros, de cantar con otros, de caminar con otros. Y ese fue el Santo Remedio para seguir adelante y nunca más sentirme sola. Pero me llevó como un mes y medio de viaje. Fue bastante, sí, pero no fue menor el hecho de que haya salido de mi tierra con el corazón partío, porque tenía que hacer dos procesos en simultáneo: aprender a viajar sola y curar viejas heridas.

Hay algo muy importante que aprendí en ese camino: si estás triste, la tristeza no se quedará en tu casa mientras te vas de viaje, ella irá también, adentro, escondida en algún rincón de la mochila, y sólo falta que caiga una canción, una frase o una mirada para que la pobre quede al descubierto. Pero hay otra verdad, el camino cura las heridas. El camino te hace crecer. Viajar sola te obliga a enfrentarte con todos tus dragones. En ese caso yo recomiendo no asustarse, no huir de sí mismo; recomiendo bailar con los monstruos; es más, aconsejo hacer una verdadera fiesta de monstruos, como la del cuento para niños que tanto nos gusta -a mi sobrino Bernardo y a mí-.

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Viajando sola por Perú, en Tacna me invitaron a contar mis experiencias de viajera en un colegio. 2014.

Sin embargo, creo que no fue por las heridas que salí de casa, me fui porque ese era el viejo sueño que había postergado para intentar otras cosas y estaba justo en un momento de mi vida en que todo se me escurría, en que todo me soltaba, y me fui quedando más liviana hasta que me sentí con fuerzas para dar el salto. Fue el momento justo. Si no lo hacía entonces, tal vez nunca lo hubiera logrado. Arrancar es la parte más difícil (eso te lo van a decir todos los viajeros, parece un cliché, pero es cierto).

Sentirme bien para viajar sola no fue algo que haya logrado por mí misma de un día para otro. Toda la gente que se cruzó en mi camino me ayudó. Algunos hicieron aportes inconscientes que, sin embargo, para mí fueron trascendentes. El camino me fortaleció.

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Viajando sola por Jericoacoara, Brasil, me reencontré con una amiga del camino: Silvana 🙂 2014.

Hoy soy amiga de mis dragones. Son tan hermosos. A veces los dibujo acompañándome por los caminos del continente. Nunca estoy sola. Están ellos, y todas las personas que cruzo en el camino que nunca dejan que esté sola, incluso si a veces tengo ganas de estar un poco aislada, para escribir, por ejemplo. Viajar para mí se ha convertido en una convivencia infinita.

 Ventajas de viajar sola

Consigo alojamiento gratuito con mayor facilidad. Es más simple acomodar a una persona en cualquier casa que a más de una. El imaginario colectivo dice que es más confiable abrirle la puerta a una chica sola que a más personas. Recuerden que otro pensamiento común es que las mujeres somos “frágiles”, “inocentes”, “poco avivadas” y si estamos sin compañía atraemos todos los peligros hacia nuestro cuerpo… El machismo agota, la mayor parte del tiempo, pero hay que reconocer que nos dejó algunos poderes que tenemos que saber usar entre tanta piedra que nos pone el camino para tropezarnos.

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Viajando sola por Brasil en 2013 me encontré con Naty que también estaba sola y nos divertimos mucho. Acá en Camburi (SP), intentando comer la luna llena en la playa.

Cuando viajo sola conozco personas de manera más espontánea. Me ven con esa mochila gigante andando por ahí y me empiezan a hablar. Adivinen cuál es la primera pregunta del top 10. Exacto, adivinaron: “¿no te pesa la mochila?” Y ahí, si tengo ganas, sonrío y comienzo la conversación que puede derivar en pasar un buen rato, en una ayuda, en un viaje a dedo, en un lugar para dormir… La segunda pregunta del ranking es: “¿de dónde sos?”, (sí, a esa también la adivinaron, ¿eh?). Y yo respondo: “del norte de Argentina”; y eso siempre trae sonrisas amables cuando se trata de gente que no es argentina; pero si son de mi país, la mayoría de las veces dejan de interesarse en hablar conmigo a partir de ese momento (curioso, ¿no?). Igual, no importa, porque lo que menos quiero es irme tan lejos para encontrar compatriotas. Mi plan es conectarme, principalmente, con gente local.

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Viajando sola por Paraguay en 2014. estaba tan sola que me puse a jugar con mi cámara en las ruinas de San Ignacio.

Como estoy sola las personas me cuidan y se preocupan más por mí. Obviamente que no soy una mujer tan frágil porque voy acarreando una mochila enorme y viajando a dedo desde hace un tiempo. Pero igual, una hembra tiene que ser más débil ante los ojos de la cultura. En fin, ya no me enojo con esas cosas, mejor aún, les saco el jugo.

Los mejores amigos que hice en el viaje los conocí cuando andaba sola, y son con los que aún mantengo un contacto más fluido.

Andar sola posibilita el surgimiento de los amores del camino… Y cada historia es un libro aparte, así que ahí lo dejamos.

Desventajas de viajar sola

A veces hay momentos lindos y feos que dan ganas de compartirlos con alguien.

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Viajando con Don Sapo por Bolivia en 2012… Uno de mis dragones.

Tener un interlocutor frente a las novedades que ofrece el camino es genial. Esto no es fácil hablarlo con alguien que no lleva este tipo de vida, muchas veces no te entienden fácilmente que viajes a dedo, o que duermas en casas de extraños.

Cuando se viaja y se generan trabajitos autónomos para subsistir económicamente en el camino, siempre es mejor estar acompañada. Al menos para mí. Salir a vender a la calle -comida o libros, por ejemplo- es mejor hacerlo con alguien. Así, una toma coraje, y los momentos difíciles se pasan con risas. Cuando no se vende nada comienzan los pregones graciosos, y eso, sola, es más complicado de generar… No me gusta salir a vender sola.

Cuando se deja la mochila en un auto, o en algún lugar, siempre puede quedar uno de los integrantes del equipo vigilando el equipaje mientras el otro va a hacer algún trámite (ir al baño, comprar comida, averiguar una dirección, etc.)

Y tal vez muchas otras ventajas que ahora no me se ocurren…

Y a ustedes, ¿qué les pasa cuando viajan solos/solas?

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5 comentarios

  1. Yo, que he librado batallas mortales con mis demonios (todavía las libro) entiendo perfectamente y comparto todo lo que escribís. En mi caso (y citando a Idea Vilariño, una amiga triste de la soledad), “Solo soy sola”. Y aunque no he salido a la ruta a hacer dedo (que en cuanto logre recibirme pienso hacer), me gusta ir de acá para allá sola con mis demonios, mis libros, mis pulseras a medio terminar, mi música (que tambien están incluido Mateo y Os mutantes- que son excelentes y muy divertidos-) y un cuadernito en el que anoto algunas reflexiones personales. Todavía estoy juntando coraje para salir sola a recorrer el continente, y no lo niego, en mis preconceptos conviven todos esos miedos de “ser mujer viajando sola” (miedos que la gente que naturalmente se preocupa por uno, también ayuda a magnificar), pero te leo y confirmo que no hay mejor maestro que el camino y que los miedos ( y los dragones) hay que enfrentarlos. Es la única forma de crecer. Salú Ceci y gracias por tomarte el trabajo y el tiempo de contarnos todo esto.

    C A R O

    • Caro! qué lindo leerte! Me gusta Idea Villarino, la conocí en Montevideo gracias a unos amigos que me alojaron, la gata se llamaba Idea, y luego vino el por qué, y después un libro prestado… Qué lindo encontrar gente que te entiende, que habla el mismo idioma. Ojalá puedas salir pronto a viajar. Cualquier cosa, entre nosotras, nos vamos apoyando y mandando fuerzas 🙂
      Gracias.

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