Fiesta en el Desierto de Atacama

Despedida de Chile

Cuando Larissa me dijo que quería cruzar a dedo a Uyuni desde San Pedro, y vi en el mapa el recorrido que pretendía hacer, sabía que iba a ser un camino difícil. Ya desde ese momento comencé a sentir una fuerte adrenalina e inicié un proceso silencioso de mentalización para el camino que deberíamos enfrentar. Fueron alrededor de tres semanas pensando en el recorrido, así que cuando llegó el momento, la sensación de cosquilleo estaba dentro de mí pero, sin dudas, yo ya estaba entregada. Había que hacerlo, iba a ser una gran aventura y, pasara lo que pasara, tendría que irnos bien…

Llegó la fecha que estábamos esperando para cumplir con dos semanas de voluntariado en un hostal en San Pedro y partir, pero no fue posible. El obstáculo que nos hizo quedar unos cuatro días más fue una fiesta. Teníamos que ir, teníamos que ver de qué se trataba esa famosa fiesta en el desierto y hacerla nuestra para despedirnos de San Pedro y de Chile.

Fiesta en el Desierto de Atacama

El año pasado, durante el mes de septiembre, trabajé un mes en San Pedro de Atacama para juntar plata y subir hasta Ecuador, Colombia, etc. Pero me fui quedando en Perú (con muchas ganas) y volví a casa para las fiestas (con el triple de ganas). Después de tres meses de vacaciones con mi familia, es decir, de descansar de viajar, arremeto de nuevo hacia el norte y una cosa llevó a otra hasta que, finalmente, he vuelto a pasar por San Pedro (que ya es parte de mi vida).

Aquella vez, que tampoco fue mi primera vez en el norte de Chile (la primera fue en 2008 con Juan), descubrí que los eventos clásicos del pueblito eran las fiestas clandestinas en medio de la naturaleza -por no decir en medio de la nada-. Todos los turistas iban. Cuando empezaba a correr la voz de que harían una, nadie sabía dónde iba a ser. Y la intriga mataba. Hasta que llegaba la media noche, hora en que habitualmente cierran bares y restaurantes y la gente que quería seguir “el carrete” se quedaba “yirando” por las callecitas de San Pedrito. Entonces, dicen, había que encontrar a los voceros que andaban susurrando de oreja en oreja cómo llegar a la fiesta clandestina. Todo se hacía de esa forma para que los carabineros no se enteraran porque, en esta parte de Chile, todo se cierra después de la media noche. Me pareció una especie de toque de queda suavizado.

En 2014, mientras trabajaba para juntar plata, nunca había ido a una de estas fiestas. Debo confesar que ni tenía ganas, no estaba en mi lista de prioridades. Pero, además, salían muy caras para mi presupuesto. Había que pagar unos cuantos miles de pesos chilenos al transfer al desierto, miles que aumentaban a la vuelta, según me contaron. Después había que gastar en la entrada y en las bebidas. Conocí otros viajeros que trabajaron unos meses en San Pedro que, igual que yo, nunca habían ido a las clandestinas por las mismas razones.

En abril de 2015 vuelvo al oasis en el desierto con Larissa y nos cuentan que ya no se estaban haciendo este tipo de fiestas porque en la última había desaparecido un chico. Hay miles de versiones que van desde que el chango estaba loco, que era un drogón, que andaba en cuestiones con el narcotráfico (en lugares muy turísticos estas presencias forman parte del color local), que fue abducido por extraterrestres (algo muy probable en el norte de Chile), que lo vieron en Bolivia (por qué no), que lo mataron, en fin, nadie sabe qué pasó, pero nadie dice quefue víctima de algo. Lo cierto es que vimos el cartel de “Buscado” o de “Desaparecido” en la aduana de Paso de Jama, frontera entre Argentina y Chile.

Todo esto le daba una mayor carga de clandestinidad a las fiestas que, según dicen, las autoridades las dejaban hacer mirando para otro lado porque movían mucha plata. Todo lo ilegal suele tener ese carácter, ¿no?

“Cuestión que” (como dicen en Uruguay), unos días antes de irnos, comenzó a anunciarse por todo el pueblo en afiches la realización de la primera fiesta no clandestina en San Pedro. Y sería dos días después de nuestra fecha de largada hacia Bolivia… Oh, no. Tenemos que ir a este evento histórico, tenemos que ver de qué se trata todo eso… Y así, nos quedamos. En el hostal no hubo problemas, podíamos permanecer el tiempo que quisiéramos, nos dijeron.

Previamente, vendimos dos tortas de limón por día (“queque” en Chile, “bolo” en Brasil), con una receta mía que fui perfeccionando a partir de varias que me enseñaron. Lari hacía de cocinera la mayoría de las veces porque en el horario de hacerlas yo estaba en la terminal buscando pasajeros. Además, porque tiene buena mano, su familia tiene una panadería en Minas Gerais y eso tenía que salir a la luz. Se vendieron todas las porciones “al tiro”; antes de que la torta de limón saliera del horno, ya teníamos porciones reservadas. Esa era la plata para alimentarnos todos los días y para ir a la fiesta en el desierto…

Aparte: hoy me entero que Albania (una chica que trabaja en Backpackers, con la que compartíamos cuarto y vida) y una brasilera que llegó al mismo hostal, están vendiendo queques también. Heredamos nuestro negocio, jaja. Me pone muy feliz saber que Albania, una chica amorosa que me llenó de regalos cuando me despedí, con muchas ganas de viajar y de escribir poesía, pronto va a salir a las rutas de nuevo, porque vi que se estaba marchitando en ese lugar. Cuando una persona nace para algo y no logra realizarlo, es como una flor triste. Una de mis misiones personales en la vida es animar a la gente que desea mucho cumplir un sueño o realizar algo y no se anima, sea cual fuere. Porque yo también tuve mis mentores, y sé que sin sus palabras de aliento nunca me hubiera animado.

¡Fiesta, fiesta!

Llegó el día. Teníamos nueve mil pesos chilenos en el monedero común. Nos sentíamos ricas. Igual, durante el día, dudábamos de ir a la fiesta: que hacía mucho frío, que la plata esto y lo otro, que nos preocupaba el regreso, en fin, se notaba que ya no somos una chiquillas enloquecidas por eventos de este tipo. Hasta que llegó la hora de cerrar el barcito del hostal y la hora en que salía el último transfer de mil pesos, el más barato. ¡Pucha, changa, nos quedamos para esto! Si no vamos, nos vamos a arrepentir… Listo, nos arreglamos como pudimos debajo de tanto abrigo, algunos prestados, y nos fuimos… Detrás empezó a seguirnos una horda de chicos del hostal. Acabamos todos en el mismo lugar para esperar el famoso bus más barato. Como nosotros había una centena de personas. Algunos tomaban transfers privados de mil quinientos pesos, nosotros no, teníamos que ser pacientes. Hasta que llegó…

¡Fue una locura subir! Pero estábamos primeros en la fila. Lari ni pagó. Era un colectivito viejo, tipo urbano, que reventaba de personas. Cuando ya subieron todos los que pudieron empezaron a cantar como si fuera una hinchada de fútbol. Nosotros también gritábamos y cantábamos en español, inglés, francés, según la nacionalidad de cada uno… Me parecía demasiada energía concentrada para una carroza tan pequeña. Sentía que tantas vibraciones la harían estallar en mil pedazos, imaginaba las chapas coloridas del bus volando ad infinitum de manera surrealista por el desierto, nuestra onda expansiva era atronadora, y en mi imaginación, nosotros quedábamos despojados de nuestro refugio en medio del frío… El frío, parecía ser el peor enemigo en ese sitio, pero no, otra amenaza andaba cerca.

Llegaron los carabineros. Los gritos se transformaron en unos “shhhhhhhht” interminables y las luces verdes de la camioneta de la policía entraban a raudales por las ventanillas. El bus apagó las luces, quedamos en una oscuridad penetrante. Seguíamos en “shhhts” ruidosos y risas nerviosas. Esta es la dictadura chilena, pensé en voz alta… Pucha, éramos gente de todas partes del mundo entre 20 y 40 años yendo a una fiesta legal con miedo de los milicos. Qué sensación fea y extraña. Pensé en las dictaduras latinoamericanas, en lo que sentirían los jóvenes de entonces, nada comparado con esto, ni una pizca, pero qué feo se siente. Las luces verdes eran muy agresivas, nos tapábamos las caras, las risas se apagaban, o se ponían más nerviosas. Y sin embargo, no estábamos en nada ilegal –al menos nosotros-. Todos con papeles, sin nada más que la voluntad de ser transportados hasta el lugar de la fiesta. Pasaron como 20 minutos que fueron eternos. Hasta que el bus arrancó y los gritos de alegría explotaron y un segundo después volvieron los “shhhhht” y un silencio relajado.

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En el bus rumbo a la fiesta…

Si esta era la previa, sentía que la fiesta iba a ser, realmente, “legendaria”… Y lo fue.

Algunas postales de la fiesta

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En el bus, caminoa la fiesta, con los chicos del hostal.
  • Llegamos a la fiesta. Todos pasaron directo a la cola de la cantina que me hacía recordar a los bailes del colegio de Palma Sola (un pueblito donde me crié). Se vendía bebidas en vasitos, brochetas (anticuchos) y choripanes. Larissa y yo nos quedamos junto a una de las dos fogatas enormes que había en el terreno (todo de tierra, como una continuación del desierto) para sobrellevar el frío de la noche. Los locales (con rasgos andinos) ponían más leña al fuego, y nos daba risa, porque esos troncos nada tenían que ver con las leñitas de las fogatas que nos tocaba cuidar en el hostel cada noche. Las leñas soltaron chispas y un perro se puso a saltar para comérselas. Un perro que comía fueguitos. Me acordé de Eduardo Galeano, que dejó tanto caudal simbólico en el imaginario colectivo latinoamericano. Gracias, Eduardito…
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Stefan, el de gorrita, fue quien tuvo la buena onda de sacar y enviarme estas fotos. Sus páginas de viaje son: http://www.warmroads.de http://warmroads.de/en/
  • ¿Vamos a tomar algo? Claro, para algo vendimos tantos queques de limón, dijimos nosotras. Fuimos a la cola de la cantina, nos sentíamos platudas, verdaderas burguesas. Entonces, se me ocurre chequear el monedero común y, oh, sorpresa, sólo había papelitos. Nos quedamos mirándonos una a otra en silencio por eternos segundos con la boca abierta. La cara de Larissa se transformó, quería comerme viva, ¿yo había perdido la plata? Más silencio. Empezamos a reconstruir los hechos, los gastos, para ver dónde había caído la plata… Hasta que nos dimos cuenta que pagando sólo el pasaje (mil) y las entradas (tres mil cada una), ya habíamos gastado todo nuestro capital, jaja. Fue muy gracioso. Qué colgadas, pero sobre todo, qué loco fue descubrir cómo hemos cambiamos nuestra percepción del dinero en este tiempo. Con lo que tenemos podemos llevar una vida de viajeras como las nuestras, pero no una vida de turista o de gente sedentaria… Igual, nos tomamos un vaso de vino cada una, alcanzó con las monedas que quedaron en el fondo. No teníamos para el regreso, pero ni nos preocupamos mucho. Si estás en el baile, ¡hay que bailar!
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La gente en la fiesta, escuchando el grupo andino tocando música folclórica.
  • Estábamos bailando en grupo con dos británicos (uno rubio de Gales y otro morocho de Londres), Albania, Larissa y yo. La música pretendía ser electrónica, luego pasaba a cumbia, o a reggeton, en un salón de abode lleno de luces de discoteca de pueblo. Afuera sonaba un grupo folclórico andino (¡era una fiesta en el desierto con dos pistas!). Nos divertíamos mucho, habíamos pasado ya varios fogones en el hostal y nos sentíamos amigos. Los chicos hacían cosas graciosas, muy divertidas para ser europeos. Apareció un australiano, alto, rubio; se acercó al inglés más morocho le abrió la camisa y le olfateó el pecho de manera profunda y sensual. Una y otra vez, le olía el pecho, y decía cosas en inglés que yo no escuchaba pero que por los gestos se entendía como que estaba exquisito, y le metía de nuevo la cara adentro de la camisa. Creo que fue lo más osado que vi en lo que a enganchar algo en una fiesta respecta. El inglés, que parecía no estar ni ahí con ser conquistado por otro chico, se ponía nervioso, ponía cara de “qué onda”, pero no se lo sacaba de encima a la fuerza. Fue muy gracioso para nosotros que observábamos. El tipo volvió varias veces buscando a su víctima, era evidente que estaba totalmente fuera de sí. Y su nariz era insaciable.
  • Seguíamos bailando en grupo. Otro flash, quedamos las chicas solas, los chicos salieron a la cantina (un vaso de vino a mil pesos chilenos, una lata de cerveza, a dos mil). En eso vino un chileno con actitud caribeña. Hola, chicas, quiero bailar con las tres. Y lo miramos así como miran las chicas que no quieren que las molesten en los boliches. De verdad que intimida cuando alguien viene así. Pusimos caras de indiferentes, nosotras, después pensé al respecto (el que no arriesga…). Él no se preocupó, siguió insistiendo. Miren chicas, yo les hago el baile de la escalera, dijo, y se puso a hacer un baile muy gracioso en el que iba bajando y subiendo como en una escalera, bien Jim Carrey, nos matamos de risa y ganó nuestra atención. Ahora les hago el baile del remo, y se ponía a remar, con gestos en la cara muy graciosos y bailaba muy bien. Nosotras nos agarrábamos las panzas de tanto reír. Él, feliz, era un payaso que captó la atención del público. Ahora, miren, les hago el baile de “cambiar bombillitas”, dijo, y no entendí hasta que vi el gesto: con las dos manos giraba algo imaginario sobre su cabeza, jajaja, era muy divertido, ¡estaba cambiando lamparitas! Después vinieron los chicos y se fue. Nosotras fuimos a comprar otro par de vasos de vino (Lari, por suerte, tenía plata suya en el bolsillo, yo no, confiaba ciegamente en nuestro capital imaginario). En la fila de la cantina volvimos a encontrarnos con este mimo bailarín, y nos hacía el baile de la escalera para matarnos de risa otra vez.
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El grupo folclórico que tocaba en vivo, muy bueno y divertido.
  • Después de tomar el segundo vaso de vino, Albania salió. Lari y los británicos hablaban demasiado en inglés y mi cerebro se cerraba a ese idioma. Decidí salir a buscar a Albania. La encontré, dimos unas vueltas por ahí. Escuchamos la banda en vivo de folclore andino. Se nos acercó un francés medio borracho pero simpático, bien rubio, a hablar con nosotras. Hablamos en francés. Hablamos en castellano, nos reíamos. Estábamos en eso cuando una francesa, rubia, muy bonita, se paró frente a él dándonos la espalda y lo besó en la boca, lo agarró de la mano y se lo llevó… Las dos nos miramos con cara de “no entiendo nada”, y nos matamos de risa. Cosas raras nomás pasaban en esta fiesta.
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La cantina…
  • Nos acercamos a otra fogata. Miramos al perro come fuego. Encontramos al Peter Pan chileno. Un personaje de las calles de San Pedrito con un sombrero verde, como el mío pero con plumas, que invita a la gente a entrar a los restaurantes. Un par de veces compró nuestros queques de limón o nos ayudó a vendérselos a alguien. Estaba muy borracho, en ese estado le gusta abrazar a la gente y recitarles poesías. Buenas poesías, por cierto. A mí me recitó una que se llama: “Carta a Mariana…”, o algo así. Creo que esa chica lo desgarró.
  • En un momento me quedé sola en la fiesta, mis amigas “se perdieron”. Me acerqué a uno con cara de chileno; si estaba en Chile, quería conocer chilenos. Estaba como desubicado en la fiesta, por eso me acerqué. Nos pusimos a hablar. Pegamos re buena onda. Era el administrador de un restaurante. Lo primero que me dijo fue que era de “Conce” (Concepción, ciudad de terremotos al sur de Santiago), que todos los de “Conce” eran barbudos y peludos como él. Y me contó durante unas dos horas toda la historia latinoamericana desde el punto de vista mapuche. Waaau. Quedé fascinada. ¿Cómo hago para elegir a quién acercarme? Muchas cosas que quería saber sobre Chile y no había tenido oportunidad de conocer a gente con quien poder conversar al respecto, él me las decía una tras otra sin parar. Yo preguntaba algo y él era una enciclopedia abierta. Como para que no me fuera sin esa información antes de dejar su país. Me dejó con ganas de conocer Concepción y el sur de Chile. Bueno, lo que me habló, es un texto aparte. Pero gracias, Oscar. Y gracias por pagarme el bus de regreso al pueblo, porque ya no tenía un céntimo.
  • Cuando decidimos irnos de la fiesta porque “mi gente” se había perdido y Oscar tenía que trabajar a las 9 am -y ya eran las 4-, enfilamos hacia los buses. Primero íbamos a esperar a ir en auto con uno de sus amigos, pero el frío calaba y la fiesta decaía. En el camino encontré a Lari y a uno de los british boys. ¿Vamos? Dale, vamos. Ellos se adelantaron, nosotros todavía teníamos esperanzas de encontrar a alguien que nos acerque al pueblo sin pagar. Al ratito Lari y el gringo volvían todos arañados, habían chocado un alambrado de púas, jaja, en la ropa de Lari todavía quedan los agujeritos del recuerdo de esta fiesta, y en mi campera que le había prestado. Fue muy gracioso.
  • Tuvimos tanta suerte que justo vino el último bus de mil pesos para volver a San Pedro. Lari, otra vez, pasó sin pagar, no sé cómo hace… Yo pasé esperando que Lari me pagara el ticket, como habíamos acordado, pero vi que el que me pagó el pasaje fue el chileno. Y bue, pasaron tantas cosas bizarras y divertidas en esta fiesta que creo que fue una de las más divertidas a la que asistí hasta el momento. Cuando llegamos al hostel ya eran las 5 de la mañana y estaban todos acurrucaditos los turistas que no quisieron ir a la fiesta porque tenían el tour de Tatio. Nos preguntaron: ¿ustedes también van al tour? Jaja, no, estamos volviendo de una fiesta legendaria en el desierto. Después nos decían que se arrepintieron de no haber ido después de todo lo que les contamos J Y creo que ya fue demasiado para un solo texto… Otras anécdotas seguirán siendo mentales.

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Gracias a Stefan Kognito, viajero alemán que da la vuelta al mundo en tiempo récord -con un traje amarillo con naranja muy divertido-, por pasarme las foto. Aquí tienen sus páginas en alemán y en inglés:

http://warmroads.de/en/

Informaciones útiles para viajeros:

Hostel en San Pedro (con sistema de voluntariado; preguntar por Fabiola): http://www.backpackersanpedro.cl/

Página donde se puede ver una lista de hostels que ofrecen voluntariados: https://www.worldpackers.com/

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