Ser mujer hoy, en Latinoamérica

Caen pensamientos…

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Soy hija y nieta de un movimiento feminista que cambió la historia de las mujeres para siempre. Mucho les debemos a las mujeres de generaciones anteriores. Mucho. Pero creo que tenemos que encontrar nuevas movilizaciones de lucha como mujeres, hoy. Yo no tengo las cosas muy claras, tengo muchas dudas. Vivo en una constante contradicción, soy parte de una rajadura, siento que estoy en el proceso de cambio, siento la fuerza interior que empuja hacia algo diferente, pero aún no sé cómo se define ese cambio. Tal vez, descubrir eso sea mi búsqueda. “Mi signo es buscar”, escribió Julio Cortázar haciéndose cargo de lo que sentía.

La verdad es que mis grandes referentes en la vida son, más bien, hombres sensibles y no tanto mujeres fuertes. Descubrí que mi herida generacional, y la de muchos otros seres errantes o semi nómadas que conocí, es la de la madre ausente. La madre absorbida por el sistema. La madre trabajadora que deja de lado “el rol” de “madre” para ser Mujer con letras mayúsculas, en un mundo moderno, machista aún, y capitalista siempre. La mujer deja de ser el centro de la familia, el refugio, el seno, el hogar, para salir a enfrentar al “Mundo”. Yo no estoy en contra de eso, ha sido un proceso necesario para la historia, pero no creo que los hijos tengan derecho a ser criados por niñeras e instituciones. No creo que sea más importante el dinero que el afecto o lo espiritual, lo material nunca logra tapar esos agujeritos.

Lo sé, la generación de mis padres y mis abuelos han sufrido muchísimas carencias básicas. Hablar de afectos es ya un lujo, un capricho, desde algunos puntos de vista. Ya lo he conversado un poco con ellos, y les duele que diga estas cosas. Pero debo hacerlo. Quiero hablar de esto porque somos generaciones de jóvenes con síntomas similares. Muchos salimos a viajar pero otros se quedan y expresan los mismos sentimientos con otras manifestaciones. El tema no es juzgar lo que se hizo o no se hizo, el tema es pensar qué nos toca hacer sobre el camino andado.

He tenido suerte, me crié con un padre que es un hombre sensible, que hizo de padre y de madre muchas veces, que siempre buscó el equilibrio con mi madre para que la familia siguiera unida ante todo. Considero que mis padres han hecho un buen equipo en tiempos en que todo ha tendido hacia los extremos. Mi padre es hijo de una “mujer Pachamama”, una mujer hogar, una mujer seno, una mujer que extraño mucho: mi abuela Ana; su espíritu me acompaña siempre desde los 9 años, y eso ninguna ciencia me lo puede rebatir.

Me encantan los hombres sensibles. Son la contracara del feminismo. Son lo mejor que logró este movimiento extremo. Apaciguar el machismo en hombres que aprendieron a tratarnos mejor a las mujeres y a tratarse mejor a ellos mismos como personas que no necesariamente tienen que cumplir un rol de “machos”. Con el feminismo, creo que los hombres se sacaron el corcet que los oprimía y reprimía. Siempre pude relacionarme con hombres sensibles, en mi familia, en las parejas que elegí, en los amigos que más quiero. Con los otros también convivo todo el tiempo, más viajando de esta forma, pero aprendí a relacionarme con ellos extrayendo su mejor parte, la mayoría de las veces. Es lo mejor que me dio la vida. Y ellos, pobres, muchas veces son cuestionados por ser menos machistas, aunque de hombres no les falte nada.

Ahora, las mujeres… Las mujeres, muchas veces, pasamos de extremo en extremo. Las mujeres todavía estamos luchando por encontrar una identidad equilibrada. Siempre me dio miedo pertenecer a los llamados “círculos de mujeres”, desde la niñez. Se pasan de estados de seducción, coqueteo, celos y peleas entre minas, o se complota contra hombres, y todo eso me resulta insoportable. Nunca pude sentirme parte del lado “femenino” que nos otorgó la sociedad. Nunca soñé con ser madre, ni ama de casa, como la Susanita de Mafalda. Sin embargo, me encantan los niños, me conecto muy bien con ellos, son lo que más me gusta del mundo. Por otra parte, nunca me sentí identificada con el papel de mujer fatal, o “mujer perra”, como muchas chicas que conocí se autodenominan o dicen que debemos ser, confundiendo la liberación sexual con estereotipos machistas. Muchas de esas chicas, hablando con minuciosidad sobre el tema, me confesaron algunas veces que no pueden disfrutar plenamente de su sexualidad. Yo aprendí a disfrutar de mi vida sexual cuando me conecté con mi biología y mis sentimientos, y descarté las imágenes de mujer que venden los medios. Pero tampoco me sentí cómoda en el papel de mujer profesional que debe competir por ganar terreno en las instituciones; no me gustan las instituciones. No me gusta competir, me gusta compartir. Tuve muchas oportunidades en mi carrera de aspirar a puestos “de crecimiento profesional”, por decirlo de alguna manera; pero de pronto, dejaron de interesarme, me siento fuera de mí haciendo eso; me siento incapaz de entregar mi vida a una lucha por “crecer” dentro de las instituciones. Para ir a otro extremo, ni siquiera encajo en el rol de “viajera”, porque hace dos años que sigo en Sudamérica, y algunos me lo cuestionan como si fuera un retroceso ¡pero me encanta! Amo estas tierras, y son tan extensas que me insatisface pasarlas tan rápido. Pero lo que yo siento no cuenta.

Descubrí que, por fin, soy feliz siendo libre de todos esos estereotipos sociales. Cuando no encajo en ninguno de esos roles, entonces, por fin, logro ser feliz. Cuando soy yo misma, hija de hombres sensibles y de mujeres luchadoras, y reconozco en voz alta que no quiero ser madre porque no quiero criar hijos con niñeras e instituciones, por tener que ser presa de un sistema que me obligue a ser una mujer “luchadora” de tiempo completo dentro de unos valores que no me satisfacen. Reconozco que tampoco nací para la inacción. No puedo quedarme esperando que la vida sólo fluya. Lo que hago es lo que intento como alternativas para mi vida. Lo que elijo es lo que siento cada vez. Sólo que elijo hacer cosas que no son útiles para el capitalismo. Siempre elijo hacer cosas que no tienen que ser útiles, pero mis elecciones a veces resultan inspiradoras para otros, si es que a todo hay que darles una función social…

Ser esposa o ama de casa tampoco es lo mío. Prefiero ganarme lo que tengo. Aprendí a ser feliz con poco. Aprendí que el mundo es mi nación, mi país, mi pecera. Mi cuerpo es mi casa. Aprendí que uno sólo conserva lo que no amarra. Aprendí que ser soltera a veces es un acto de rebeldía, muchas se casan por miedo a enfrentar el estado civil. A mí me da más miedo enfrentar el “juntos para siempre”.

Mi madre me enseñó a ser libre y autónoma, ella me enseñó que tengo que ser autosustentable, tengo que ser feliz conmigo misma sin depender de nada ni nadie, y eso me ha costado mucho, y por insegura he debido aferrarme a otros como una garrapata. Es cierto, me he “casado” muchas veces por miedo a la soledad, pero también he vivido los “divorcios”, con mucho dolor, aunque todo se haya resuleto en la calma de la “ilegalidad”, de las decisiones sin papeles, sin documentos, sin explicaciones a las instituciones, ni siquiera mi familia me lo ha cuestionado.

Creo que hoy he perdido esos temores. No le temo a la soledad. No le temo a quedarme a solas conmigo misma. Es que nunca estoy sola e intento no ser tan posesiva con las personas; lo intento, aunque no aferrarme a la gente sensible es algo que me cuesta mucho. No importa que un encuentro sea breve, pero me gusta que sea intenso. Igual no son fáciles los después. Yo también me considero un ser sensible.

Extraño a casi todos los hombres sensibles que he conocido en mi vida. Los quiero a todos. Los admiro a todos. Y a todos les deseo lo mejor, siempre. Tampoco son tantos, abundan más de los otros. Pero es cierto, han sido un regalo para mi vida. Muchas veces el problema ha sido que yo he crecido libre y autónoma, y no sé ser madre, ni hija, ni hermana, y muchos buscan una compañera Pachamama. Y yo quiero seguir siendo libre, aunque a la sociedad le incomode, una mujer viajera, una mujer que busca, una mujer que se permita dudar todo el tiempo. Y eso, de a dos, siempre resulta conflictivo.

Por eso, para no seguir embarrándola, me declaro soltera, casada con las búsquedas del alma, al menos hasta encontrar a alguien que… que no sé. Por eso, para no ofrendar hijos a las instituciones, me declaro mujer fértil que no engendra, al menos mientras no encuentre una alternativa mejor para criarlos. Gracias a la revolución sexual de los ’60 por otorgarnos el derecho a las mujeres de tomar anticonceptivos. He pasado la mitad de mi vida tragando hormonas. Este nuevo viaje lo empecé con una nueva actitud, liberándome de las pastillas. No quiero depender de nada, la medicina se ha vuelto un vicio. Quiero sentir mi naturaleza biológica liberada, quiero ver qué hace mi cuerpo sin el corcet de los medicamentos, igual quiero poder decidir lo que le suceda a mi cuerpo, o a mi vida; claro, con la ayuda de hombres comprensivos y sensibles, que sé que los hay, los conozco bien.

Cuando me doy cuenta que no encuentro el equilibrio para ser la mujer que la sociedad me impone ser, cuando reconozco que no soy lesbiana porque no encuentro encanto en las mujeres que “hay que ser” o que se espera que seamos (y esto lo digo porque muchos creen que porque pienso diferente soy lesbiana), lo cierto es que amo a los hombres sensibles, pero muchos están rotos por dentro porque les ha faltado un hogar con alma y tienen el espíritu errante. Lo que le falta a la sociedad es que se le devuelva el alma. Qué estupidez histórica y teórica haber matado a la Metafísica. Hay que devolverle el alma al mundo, hay que dejar de marginar a los saberes fuera de las instituciones que son los que mantienen viva la llamita espiritual que nos humaniza. Hay que dejar de escuchar a tanto charlatán que se aprovecha de la extrema necesidad de las masas por recuperar el latido de sus propios espíritus. Hay que volverse hacia adentro y tener el valor de enfrentarse con uno mismo para preguntarse: cómo estoy, qué quiero, qué no quiero, qué me falta, qué siento, qué soy…

Al hacerlo, muchos no sobreviven. Muchos se pierden. Y otros pasan mil penurias pero se encuentran, y se reencuentran, consigo mismos y con el universo.

Ser mujer hoy en Latinoamérica fuera de todos los estereotipos, no es fácil. ¿Hacia dónde ir? ¿Por qué luchar? ¿Por más soledad? No, no quiero más soledad. Quiero seguir encontrándome con la gente. Pero me asustan los círculos de mujeres. Me gusta más cuando en un círculo hay hombres. No quiero alejarme de ellos, al contrario, tenerlos cerca me otorga calma. Más si son de los que llamo “sensibles”. Cuando llego a un lugar en el que sólo hay mujeres, debo confesarlo, me da un poco de vértigo, me da miedo, me pongo distante o diplomática. Escondo un poco a la mujer que soy, la que no encaja. Quiero que sigamos entendiéndonos cada vez más, entre mujeres, y entre hombres y mujeres. Las conversaciones con el cuerpo y con el alma tienen que crecer, no disminuir ni sesgarse.

Tal vez, dilucidar algunas de estas dudas me pueda llevar toda la vida. Pero hoy descubrí algo leyendo un artículo muy interesante, hoy descubrí que no debo temer a la vejez. Ya no soy una chica chica, soy una adulta, una mujer y, sin embargo, cuando digo mi edad la gente se sorprende, tengo 32 años. Yo me siento bien con 32 años. Nunca estuve mejor conmigo misma. No me molesta decir mi edad, y no quisiera volver a edades anteriores. Me gusta crecer, me gusta cumplir años, me gusta envejecer. Creo que este camino ascendente va hacia una dirección que no había tenido en cuenta antes: estoy empezando a envejecer de una manera diferente. Tal vez, luchar por una forma diferente de vivir la vida y de envejecer, sean parte de mi vida. Lo digo porque siempre me preguntan por mi jubilación… No sé, no me interesa. Creo que hay otras posibilidades por descubrir… Creo que siempre estaré rodeada de niños porque me encantan, especialmente los pequeñitos que aún están mentalmente “limpios” y son tan humanos. No siento el llamado de la maternidad, no; siento el llamado de la búsqueda. Además, creo que siempre estaré rodeada de hombres sensibles y de mujeres que buscan algo diferente. La familia para mí siempre será mi Patria. El dinero nunca será mi objetivo. La felicidad y la libertad seguirán siendo mi camino.

Esa es la mujer que soy hoy y que me gusta ser, aunque a muchos les incomode. Y ya no me importa si no encajo en los estereotipos, ya no me duele sentirme marginada. Las metas que me imponen los otros no son las que yo persigo. En las orillas soy más libre y feliz.

 Potosí, Bolivia, mayo de 2015.

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8 comentarios

  1. CECILIA tuve la gran oportunidad de conocerte hace algunos años ya… Creo haber visto a esta mujer que deseas ser… Integra, plena y espiritual… Continúa!! Hacen falta mas mujeres con tu libertad… Besos!!!! Tu ex compa de la unr.

  2. Joder, me encanta lo que escribes. Hoy parece que me has leído el pensamiento. No es fácil encontrar mujeres como tu, como nosotras.
    Tengo 47 años y además estoy jubilada , por enfermedad. Pero soy súper feliz porque he conseguido lo que quería cuando estaba creciendo.
    Convertirme en una mujer independiente y libre. Algo que he sido afortunadamente desde hace más de 30 años.
    Disfruto mucho con tus viajes y tus reflexiones.
    Un abrazo,
    Nerea

    Enviado desde mi iPad

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