Imaginame en Lima, entonces.

Barranco. Lima.
Barranco. Lima.

Lima tiene un constante gris, un techo de nubes, una llovizna finita interminable que no moja. Es un montón de gente diciendo que se caga de frío cuando en realidad parece que nunca han chupado el frío verdadero de los Andes que, por cierto, están ahí nomás, sosteniendo las nubes que no dejan pasar el sol hasta la piel.
Me gustaría saber cómo es Lima, me dijo alguien. Me gustaría imaginarte en esa ciudad.
Camino esta ciudad y noto que la palidez es el espíritu cromático general. Hasta los genes morenos muestran caras blancuzcas y pálidas; no logro percibirme en el contexto, pero imagino que debo tener pinta de anémica. Y es entonces cuando vienen a invadir mi mente los coloridos rostros que vi en la puna, rojizos de sol hasta parecer golpeados, acá nomás, a unos kilómetros en vertical. Y bombardean mi memoria las pieles morenas y tostadas de las costas de Brasil o de Ecuador; incluso recuerdo mi propio cuerpo bronceado como nunca antes había estado, después de meses de caminar tantos kilómetros de playas distintas y distantes a éstas; y qué diferente me veo. Habré dejado varios gramos de células muertas como un rastro invisible de mi cambio de piel. Que se las lleve el viento. Como en unos años se llevará también mis cenizas. Soy mortal, Borges, como vos. Gracias por recordármelo también en Lima.
Imaginame, p’es, caminado por unas avenidas escandalosas, donde la gente cree que apretar el claxon –así le dicen a las bocinas; sí, lo sé, es una forma afrancesada- donde apretar el claxon es una manera de darle gas a la existencia. Cada bocinazo grita algo así como: “¡eh, hueón, aquí estoy ió, concha é su mare!” Y qué con eso, boludo, quisiera decirle yo, aquí también estoy yo, vestida de rojo para ponerle calidez a un día gris, pero no por eso te destrozo los oídos. Deberías escribir un blog, loco, y a ver si así dejás de apretar el claxon… A veces ya no quiero escribir en un blog, de ahí el mal chiste. Pero hete aquí que voilá…
Hasta acá parece que quisiera mostrarte el lado pesimista de Lima. No es así. No te olvides que es invierno. Hay sitios donde el invierno existe sin apretar el claxon, aunque sí es cierto que te pega en el paisaje, en los rostros, en la forma de caminar o en las ganas de no caminar de la gente. Al contrario, a mí este invierno me invita a moverme, a salir a ver si un atisbo de sol rozará la punta de mi nariz de vez en cuando, de hecho, mientras publico esto, recibo la noche de un día que, al menos por dos horas, ha posado rayitos calentitos en mi nariz. Me gasto los calzados atravesando este clima. Y le pongo onda, no dejo que el paisaje me gane. Busco el calor que traigo en mi interior. A veces saco tanto que me siento sofocada cuando llego a un lugar donde, por contra, todos hablan del frío que hace. Busco colores en mi cabeza y en mi corazón, pongo música llena de arco iris en los auriculares, y peleo en secreto mis propias batallas. Pero debo admitir que, en los últimos dibujos, los colores se me han aguado bastante; cambié los acrílicos por las acuarelas, y sin embargo, me gusta bajar la intensidad.
Así, Lima se me abre paso en veredas interminables adornadas con flores anaranjadas, en ciclovías fabulosas, en parques donde viejitos bailan salsa, en noches de buenas conversas, con fuegos de artificio que superan cualquier año nuevo; en ricos vinos y besos, en edificios iluminados como para escandalizar cualquier intento de ahorro de energía eléctrica.
Además, he descubierto que hay pajaritos en los jardines de esta ciudad que le ponen colores a la espera del sol; sus plumas azules son chispas de belleza que me roban sonrisas. No sé por qué tengo pensamientos tan egoístas como que nadie más se ha dado cuenta de la existencia de esas aves. Así, siento que guardo un secreto con Lima.
Me doy cuenta que en esta ciudad hay sabores que se me amigaron tanto que el desapego ya se me hace impensable; Lima me sabe a canela y jengibre. Sí, canela y jengibre… Y estoy incorporándolos a mis recetas. Una de mis búsquedas, además de trabajo, consiste en recorrer supermercados en busca de la tan preciada yerba mate. Eso, me hace sentir inmigrante.
Siento que aquí hay corazones aletargados, que hibernan, pero no me asusta porque está próxima la primavera. Y el mío se desparrama lentamente por sus calles, como un ave de colores que no es más que un secreto visible para pocos en esta enorme ciudad.

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Lima, Barranco.
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