Crónica de domingo Limado

11737821_1104366132911586_8756345499621941774_nHoy hace una semana que regresé a Perú. Ha sido intensa, pero creo que he logrado bastante en 7 días, no me desanimo.

De tanto caminar parece que pronto necesitaré tirar este par de calzados. Me pregunto si se merecerán un homenaje también…
Ayer di mi primera clase de francés maratónica ¡de 5 horas! Con el mismo grupo y 15 minutos de recreo. La anti-pedagogía se me impuso, jaja. A veces hay que pilotear lo absurdo. A veces lo absurdo es un desafío estimulante. Pero es cierto, ya no voy con los ojos vendados como cuando viajaba y todo era novedoso, aunque últimamente, ya no lo era tanto, hace muchos años que ando yirando por Sudamérica, y por eso quería parar un poco. Pienso que estoy bastante preparada para esto. Esto incluye: clases, aulas, pizarrones, libros, francés, currículums, buscar trabajo… es lo que estudié durante años, che; tengo que asumirlo.
Igual, sigo en la búsqueda. Me siento Oliveiro en otra ciudad gris, y a veces encuentro a La Maga dentro de mí.

Mi sábana es un mapa de Lima, ciudad llena de contrastes rodeada de desiertos, de Andes, de océano, de humedad y aridez al mismo tiempo.

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Duermo en Lima, con Lima, entre Lima, por si Lima, desde Lima. Y la sueño. La camino, la pedaleo, la redescubro, la domo, me domina, y me río sola cuando ando por ahí viéndome a mí misma desde otra dimensión, o recordando algunos “woous” que me hicieron regresar… a Lima.

El otro día iba caminando con un amigo que me está ayudando a construir puentes con personas que podrían apoyarme en esta nueva etapa, y estaba como enojado, como con rabia porque yo decidí regresar a Lima. Y quedarme. Su mayor preocupación era: ¡por qué Lima, CSM! Y por más que le dijera que Lima me gusta, que acá siempre me sentí bien, que conozco gente muy linda, que además me cautivó un limeño, él no podía convencerse de la solidez de mi regreso. A la gente que le cuesta mucho dejar todo y salir a viajar, pero que lo desea, a veces le cuesta entender que una viajera decida parar. La viajera ya sabe que puede viajar, lo que la viajera tiene que aprender es lo contrario…

Lima es así, te quiere, te atrapa, te abraza, incluso te besa en sus barrancos, pero de a ratos te expulsa, te cuestiona, te hace sentir incómoda en tu posición de visitante. ¡Eso!, te hace sentir visitante, por más chicalatinoamericana que seas o pretendas ser.

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Igual, si hay que explicar el amor a un lugar, creo que sólo un foráneo logra disfrutar de eventos extraordinarios que un local no podría identificar.

En cualquier parte del mundo habrá nativos que te dirán que su lugar es el mejor del mundo, y otros que estarán convencidos de que es el peor. Parece inevitable esta dualidad. Y parece imposible convencerlos del relativismo de cualquier mejor o peor.

Creo, más bien, en la fuerza de los lugares internos. Cuando uno está bien consigo mismo, cualquier lugar puede ser el mejor lugar del mundo, y a la inversa.

Por más chicalatinoamericana CSM que pretenda ser, en Lima soy más Argentina que nunca. El contexto me lo recuerda, me lo grita, me lo tatúa en la frente. Se me cae de la lengua. Y eso que tampoco soy la típica argentina que yeyea o dice todas las expresiones callejeras que le vendimos al mundo a través de la música y las pantallas. Soy de las orillas, soy formoseña, pronuncio las ll y tengo un cantito litoraleño al hablar; tengo sangre subtropical. Estoy vacunada por cientos de mosquitos y otros insectos.

No crecí en ciudades inextricables, como las de Borges, las mías siempre han sido cuadriculadas, planificadas, chatas y simples; eso sí, verdes y rodeadas de naturaleza. Me marean las diagonales. Lo inextricable para mí son los cursos de agua dulce y selvas en galería. Las madejas de lianas y serpientes. Y lo sagrado se limita a las siestas, los mates y tererés. Soy de una tierra donde no incomoda tanto tomar vino del mismo vaso con los amigos, a compartir la bombilla, o beber en ronda del mismo pico de botella. Creo que el voceo es lo que más me delata. El vuesamercé que se hizo simplemente vos. Por suerte.

Creo que los divagues sobre identidad empiezan cuando se para. No tanto cuando se viaja. Y, sobre todo, cuando hay que hacer trámites gonorréicos para residir en un país. Cuando estás con el último billete en la mano y sabés que esta vez no existe la opción de que se te caiga del bolsillo o se salga volando por la ventana, ahí te ves a vos misma y empezás a recordar, escalón por escalón, si es que hay una escalera de tiempo, todo lo que sos y lo que has sido. Y podés empezar a ver las posibilidades de lo que serás o lo que podrías ser, por más que en el fondo…

Creo que ya estoy comenzando a sentir lo que sienten los inmigrantes. Creo que ya estoy terminando de sacarme las últimas prendas del disfraz de viajera y me estoy empezando a poner la ropa de inmigrante. Como mi abuelo, como mis bisabuelos. Como tantos millones de otros en el mundo.  Y no es un descubrimiento. Yo tuve ganas de hacerlo. Un día me vi parada en medio de la vida y descubrí esto: ya fui viajera, ya estuve ilegal en un país y me sentí identificada con la canción Clandestino de Manu Chao, pero me faltaba ser inmigrante. Y acá estoy, dándome la oportunidad de vivir, también, esta vida.

Eso. Sigo buscando dónde vivir… Sigo buscando trabajo. Es una etapa dura. Como lo es para todos cuando les toca. Pero no me sorprende, ya sabía que iba a ser difícil. Pero ojo, tengo un punto a favor. Mientras me pasa todo esto que circula dentro de mí como lavas ardientes de un volcán, al mismo tiempo, hay otro cataclismo. Se trata de algo que no estaba buscando mientras viajaba, pero se me presentó de golpe y en el lugar menos pensado, como suele suceder. Sí, acá, en Lima.

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Conocí a un lingüista que me hizo reconectarme con mi pasado letroso, con mi profesión, con mis otras Cecis. Alguien que me busca en bicicleta cuando salgo de dar clases de francés y que pedalea conmigo esforzándose muchísimo por conversar en francés sin darse cuenta de lo bien que lo hace. Alguien que me lleva a parques con poemas tallados en lámparas gigantes para darme un disertación sobre poesía peruana. Para decirme que Vallejo es dios, aunque sea ateo. Alguien que nota y festeja todos mis argentinismos sólo como un lingüista podría hacerlo, que me desafía, que me enseña cosas que no sabía. Alguien que me da cátedra sobre Lou Reed en oposición a Los Beatles. Alguien que puede hablar horas y horas sobre la narrativa de Bolaño sin aburrirme. Y que incluso le escribe una canción al libro Los Detectives Salvajes. Alguien que me puede llevar a ver vinilos y hacerme una lista de los mejores discos del mundo en sólo minutos. Alguien que me recomienda tantas películas de cine latino que ya no sé cómo haré para poder verlas a todas. Alguien que acepta leerme en voz alta el cuento El Inmortal de Borges, sólo porque tuve ganas de relacionarlo con un poema de Vallejo cantado por Silvio Rodriguez. Y qué bueno sentir que luego se me llenó la mente de conexiones con El Libro Negro de Orhan Pamuk, con Las ciudades Invisibles de Calvino, con los cuadros de Xul Solar…

Sí, creo que este domingo asumo que mi nueva vida en Lima se parece a ciertos cuadros de Xul Solar…

Me gusta, me asusta; me gusta, me asusta; me gusta…

Y soporto bastante bien su invierno “helado”, que para mí es más bien como un otoño formoseño.

La otra cosa buena que tiene Lima es que es un puerto. Por acá pasan y pasarán grandes amigos viajeros. Hoy comienzo una serie de reencuentros con viajeras muy queridas. Sí, ya voy haciendo sonar los platillos porque se viene otro gran reencuentro en esta ciudad 🙂

Lima, Perú.19 de julio de 2015

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