VIAJAR: Lo ecónomico

¿Cómo sustento mis viajes? Es una pregunta que recibo de manera frecuente y que no es simple de responder. Más que nada porque lo mío es pura improvisación. Intentaré hacer un resumen de tantas experiencias diversas vividas en tres años.

(Te adelanto que no lo tengo resuelto. Así que no esperes la fórmula que te resolverá la vida).

Aquí y ahora, una anécdota:

Antes de empezar van unos acontecimientos que fueron los que me llevaron a escribir esto hoy, el primer día del 2016.

Desde principios de diciembre, o sea desde hace un mes, trabajo en un hostel en Miraflores, en Lima. El 31 de diciembre mi jefe, un poco loco por razones desconocidas, me echó. Y hoy, un día después, me volvió a llamar para trabajar, tratando de arreglar el mal rato. Normalmente algo así es intolerable, que me traten mal y me dejen sin trabajo sin causa un día tan especial. Nunca hubiera vuelto en circunstancias normales. Pero acá estoy, aprovechando un rato de tranquilidad en la recepción del hostel para contarles estas cosas.

¿Por qué volví? Porque lo necesito, me quedan cuatro soles en el bolsillo y eso alcanza sólo para media docena de huevos, o un mango y una banana, o una chela, como para que tengan una idea de lo que vale mi capital.

Es que me pagan treinta soles a diario por ocho horas de trabajo (sí, una mierda) y justo había juntado dinero para el alquiler (en Miraflores, una de las zonas más caras de Lima, de un cuarto del tamaño de una caja de zapatos). El 30 de diciembre pagué lo que debía y me quedé en cero, entonces decidí trabajar el 31, aunque podría haberme tomado libre para ir a las playas del sur a festejar Año Nuevo como lo hace la mayoría en esta ciudad, pero estaba sin plata.

Entonces pedí un cambio de turno para trabajar a la mañana (normalmente lo hago por la tarde) así tendría disponible una platita para la cena y el brindis del 31 con la gente que vive en casa y, además, me quedaría la tarde libre para ayudar en los preparativos. Mi jefe dijo: bueno, me queda perfecto. Y me fui feliz porque al fin tenía un plan, algo que mi amiga Nathy dice que siempre debemos tener. Aunque en mi caso, ya ven, soy lo que una vez me dijo un amigo, Carlos: el plan es no tener un plan.

Ojo, para dramatizar más las cosas, les cuento que el 30 a la noche tenía una fiesta con amigos a la que no fui porque iba a trabajar a las 7 am, y ni siquiera necesitaba plata porque en ese sitio me dan entradas y tragos gratis, encima queda cerca de casa, por lo que habitualmente voy y vuelvo caminando. Miraflores es seguro.

El último día del año 2015 me levanté a las 6 am, me preparé para trabajar, fui y, apenas entré al sitio, me expulsaron como a una intrusa. Mi jefe no se acordaba que le había cambiado el turno y estaba enojado porque igual se tuvo que levantar temprano. Me echó y ya. Yo estaba desconcertada porque no había hecho nada malo, sólo un gran esfuerzo como cualquier laburante para ir a cumplir con mi jornada laboral y me echaron por eso. Obvio que dije que era injusto que me trataran así y reclamé mi derecho a quedarme a trabajar y ganar mis 30 soles para festejar Año Nuevo. Pero nada de lo que yo dijera tenía importancia. Y me fui triste a casa, sin un sol para la fiesta, con toda la nostalgia de estar tan lejos de mi familia, etc etc.

Primero lloré como una niña en mi cuarto, no entendía por qué me pasaban cosas así. Luego dije, no, no voy a dejar que Lima me gane otro round, porque les juro que desde hace seis meses llevo batallando luchas de este tipo. Medité (sí, enserio), me hice reiki a mí misma (hacía mucho que no lo hacía), y pude calmarme y dormir un rato.  Luego me levanté y estaba saliendo con todas las pilas a buscar trabajo por la ciudad cuando me encontré con la gente que vive en casa. Les conté lo que me había pasado y, sin dudarlo, entre todos me hicieron sentir mejor, invitándome a festejar Año Nuevo aunque no tuviera plata. Puse todo lo que tenía y dije: mañana será otro día, mañana será otro año.

El día cambió, yo cambié la actitud. Y la buena energía llegó de todas partes y pasé un Año Nuevo inolvidable. Y me siento muy agradecida por eso. Pucha, no sé qué haría sin la gente que me rodea. Enserio, cada vez que tengo un problema siempre lo hablo, no me encierro en mí misma, y alguna solución llega. Escribí algo sobre eso. Aunque no abuso ¿eh? Hay problemas que son cotidianos y debemos enfrentarlos solos. No hay que aprovecharse de la bondad de la gente, sino después cuando realmente se está en apuros, tal vez no surta el mismo efecto. Además, ¿quién quiere perder su tiempo con una persona llena de problemas? Ténganlo en cuenta.

Hoy me desperté y en un mensaje mi jefe reconocía que se había olvidado del cambio de turnos y decía que me esperaba con un vino para brindar por el Nuevo Año. Decidí dejar el rencor de lado y empezar el 2016 perdonando, con buena cara, con buena onda, con trabajo y con la posibilidad de ganar mi platita del día. Y acá estoy. Con la esperanza de que este año la parte económica de mi estadía en Lima mejore, pues aún tengo ganas de quedarme unos meses más. Las razones merecen otro post, pero básicamente se trata de que cuando se viaja mucho, una necesita parar un poco para retomar impulso.

Esta anécdota es para que vean que nada es fácil. Vivir viajando requiere tremendos esfuerzos físicos y emocionales que, generalmente, son bien recompensados, aunque no con dinero. Con millones de experiencias nuevas, más bien, y aprendizajes.

Lo que me falta

Mi gran desafío aún es poder encontrar una forma de autosustentarme sin depender laboralmente de otra gente. Ya estoy cansada de trabajar para otros. Me propuse, en esta etapa de mi vida nómada poder idear algo que me permita trabajar para mí misma, que mis esfuerzos diarios sean para mis proyectos, para seguir construyendo y fortaleciendo esta forma de vida. Aunque no me resulta fácil. Esto lo aprendí conversando con otros viajeros que sí lo han logrado. Como Juan Villarino, un antiguo compañero de viaje que cada tanto me manda consejos de este tipo: “Ceci, quedate en un lugar, hacé tu producto y vendelo, dejá de trabajar para otros”. A mí no me resulta fácil, pero es un gran consejo, por eso lo comparto para que lo tengan en cuenta.

Mi gran déficit es que no me gusta vender. Así que si entre los lectores hay personas que les gusta viajar y además tienen esta cualidad de ser buenos vendedores, les aseguro que no tienen que tener miedo. Les va a ir muy bien en lo que se propongan.

Yo produzco muchas cosas, me considero una persona creativa. Pinto, escribo, cocino, doy talleres de diversas cosas, saco fotos, hago malabares con fuego, ando en zancos, etc. Pero no me gusta vender ni hacer semáforo. Ya lo intenté pero no lo disfruto. A veces cuando voy de a dos es divertido vender comida, o cuando tengo algún producto artesanal me gusta ir a las ferias si estoy con alguien. O, como anoche, hago un poco de malabares con los amigos. Pero sola, para ganar dinero, me aburre. Pedir dinero, me cuesta; venderme a mí misma es una cosa que me incomoda. Pero ese es mi problema, no el de ustedes. Si se sienten capaces de hacerlo, les recomiendo que lo intenten.

Sí, lo reconozco, es mi defecto. Porque si explotara todos esos potenciales no tendría que estar contando la anécdota de más arriba, pero soy así. Aunque por suerte, no todos son como yo.

La mayoría de los viajeros independientes hacen ventas o semáforo, incluso música en la calle o en bares, y les va súper bien. Yo, en cambio, paro a buscar trabajo. Al final, a esto le encuentro ciertas ventajas que son de mi gusto, como tener tiempo para leer o escribir, hacer una tarea y ya, y no tener que salir a encarar gente para venderles algo, pero al final de cuentas no es una inversión de tiempo y energía que aporte algo a mi crecimiento personal. Siempre se trabaja para el beneficio de otros. Y esto es lo que no me gusta y que espero resolver. Ojalá lo logre. Aún tengo mucho que aprender de mí misma y del mundo.

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Sobretodo, lamento mucho no saber nada de música, porque a los viajeros músicos es a quienes mejor les va en cuestión de ganancias y de libertad económica en todos los países por los que pasé. Así que si tienen esta cualidad, aprovéchenla, pues. Una vez me compré una melódica, pero no pude aprender sola, sólo Carla y Jorge me tuvieron paciencia para sacar un tema conmigo alguna vez.

Mi currículum viajero

Bueno, intentaré hacer una cronología de cómo fui arreglándomelas para intentar demostrar que todo es pura improvisación. Que no existe la estabilidad en mi vida. Vivo cada día a la vez. He aprendido a vivir así preocupándome menos por el futuro. La incertidumbre no es tan mala. La vida siempre me da buenas sorpresas. Pero sí me exige ser muy fuerte y estar siempre alerta. Conozco muchas personas que si no saben lo que van a hacer de acá a una semana, o un mes, se vuelven locas. Bueno, yo soy lo opuesto.

Aunque no todo es taxativo, ni tiene que durar para toda la vida, creo en los ciclos. Como les contaba, estoy frenando en Lima justamente porque estoy cansada de este ritmo intenso de viaje improvisado. Quisiera resolver la parte económica a largo plazo, tener ahorros antes de salir para disfrutar un poco más de otra manera. Para poder volver a casa cuando quiera y retomar el viaje nuevamente, porque claro, extraño un montón. Y, obvio, quiero seguir esta vida. Pero intento pulir detalles aprendidos.

Año 2013: Uruguay, Brasil, Argentina

Tenía plata en el banco de mi vida anterior y me fui con eso, tratando de gastar lo menos posible para que me durara más tiempo. Pero justo fue el año en que empezaron a restringir la salida de dinero de Argentina. Fue loco porque, como era mi primer viaje sola a dedo, no quería llevar mucho efectivo conmigo por miedo a que me robaran y se me acabara el viaje ahí no más. Viajé con lo que tenía un mes por Uruguay, país que me resultaba carísimo para el valor del peso argentino en aquel entonces. Pagar un camping se me hacía la cosa más cara del mundo, al igual que comer.

Por suerte Uruguay es un país pequeño, porque cuando llegué a la frontera con Brasil me tuve que volver a dedo para cruzar a Gualeguaychú (Arg.) a sacar plata del cajero automático para entrar a Brasil. Aproveché e hice un camino diferente.

Igual fue loco porque llegué de noche a mi país y al otro día debía volver a Tacuarembó (Urug.) a encontrar a un compañero de viaje brasileño para entrar juntos a su país. Entonces tenía un límite de dinero que podía extraer del cajero. Saqué lo que me permitieron en dos fechas diferentes, que fueron menos de 24 horas, y me fui con la esperanza de que eso me permitiría sobrevivir hasta encontrar un trabajo en Brasil.

Llegué al país de las playas y la alegría con ese dinero, ¡pesos argentinos que no valían nada! Mi nuevo compañero de viaje me dijo que no cambiara ni en Uruguay ni en la frontera. Que mi dinero era poco y que él iba a ayudarme a encontrar la mejor oferta de cambio en la región por internet. Confié en él. Como confié en mucha gente. Y estuve dos semanas sin dinero en Brasil. Sintiéndome una carga, pues estaba a merced de mi anfitrión que seguía buscando el mejor postor en diferentes ciudades de la zona. Obvio que me sentía incómoda, obvio que a veces me ponía paranoica, sintiéndome nadie sin dinero. Pero en casa de Bruno, un embajador de Couchsurfing, un gran viajero a dedo, siempre había comida y buena onda, muchos visitantes de diferentes nacionalidades, y comíamos entre todos. Yo, claro, ayudaba en todo lo que podía, sentía el deber de hacerlo, me sentía en deuda.

Es decir que la casa de Bruno me mantuvo por dos semanas. No necesitaba mucho más que alimentos, por suerte. Luego cambiamos mi dinero en una ciudad que se llama Caxias do Sul y lo máximo que pudieron darme fueron 500 reales. Me quedé una semana más y cociné algunas cosas para los que estaban y me sentí un poquito mejor con el intercambio. También necesitaron fotos para un coro municipal, les saqué un montón y se las pasé. Hasta desfilé en carnaval representando al pueblo de Bruno, que se llama Feliz, disfrazada de alemana, jaja. Y así descubrí que siempre hay algo para hacer que puede compensar una ayuda tan generosa. Aunque nunca dejaré de sentirme en deuda con Bruno y su familia, sin dudas.

Salí de ese limbo de hospitalidad brasileña con esa cantidad de reales que me duraron más de dos meses. Les juro, casi no gastaba. Pero siempre hay algo que pagar, como transporte público en una ciudad, elementos de higiene personal, comida, etc…

Tuve un intento de autoabastecimiento en esta primera etapa. En Porto Alegre publiqué artesanalmente mi primer libro de poesías: “Pies alados”, pero en español, e intenté venderlo en un país donde se habla portugués… original, ¿no? jajaja. Muchos me ayudaron, especialmente en encuentros de Couchsurfing, pero no hice muchas nuevas ediciones porque al final los regalaba cuando me sentía muy agradecida y me di cuenta que no era buena vendedora.

Pasó el tiempo y descubrí que podía pagar en los supermercados con tarjeta de crédito y en casa se ocupaban de sacar dinero de mi cuenta para pagar mis deudas. Empecé a viajar con Nico, un uruguayo que también tenía sus ahorros y que no tenía problemas para sacar su plata en cajeros automáticos brasileños. Así que yo pagaba las cuentas con la tarjeta y Nico me daba la mitad en efectivo. Y así me las arreglé hasta fin de año. En el medio vendimos galletas de avena en la playa, torta de choclo, caipirinha y caipiroska, hicimos una revista artesanal llamada Kay Pacha y la vendíamos en universidades, estaba en español y en portugués; además, Nico tenía dos libros de poesías artesanales, también los vendía, y así la fuimos pateando.

Año 2014: nordeste de Brasil

Con Nico teníamos un sueño, llegar al nordeste y trabajar la temporada de verano intensamente para comprarnos una combi y convertirla en nuestra casa y en nuestro negocio de vender comida en los caminos, ya que a los dos nos gusta cocinar. Soñábamos con que íbamos a llegar a Pipa (Rio Grande du Norte) y que nos iba a ir tan bien trabajando que entre los dos ahorraríamos lo necesario.

Al final, nada de esto sucedió. Los viajes son como la vida misma, uno planea y la vida te cambia los planes. Ya hablábamos portugués así que sin tanta dificultad yo conseguí trabajo en la recepción de un hotel y Nico de mesero en un restaurante. Después alquilamos un departamento hermoso y barato en la parte selvática de Pipa, y ambos teníamos un salario básico, aunque creo que de mesero se ganaba mejor. Lo que ahorramos ese verano era un chiste. Y nuestra relación como pareja ya no daba más y nos separamos.

Seguí viajando sola un mes hasta Sao Luis de Maranhao y estaba triste. Limpié un hostel y a cambio me dieron una cabaña sobre el mar por unos días, comí langostas y me consiguieron un bote hasta el próximo pueblo, luego seguí a dedo. Hacía meses que no viajaba sola y sentía que tenía que volver a aprender a estar conmigo misma en el mundo. Tener un compañero de viaje como Nico era demasiado lindo.

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Entonces decidí seguir mi corazón y volví a casa, porque lo que me quedaba no me iba a alcanzar para llegar a las Guayanas como planeaba. Lo más próximo que tenía era Venezuela, pero según los medios se había puesto fea la crisis y no me animé a buscar trabajo por allá. Así que usé lo que quedaba y me compré un pasaje promocional para volver a casa en avión. Yo siempre vuelvo en avión a Paraguay que es más barato y cerca de mi ciudad. Una amiga brasileña de Couchsurfing me lo compró con su tarjeta de crédito y yo le di el efectivo. Otra prueba de que hablando con la gente se puede encontrar el camino más fácil para salir de un apuro.

2014: Paraguay-Argentina-Chile

Llegué a casa desde Brasil y estuve disfrutando con la familia unas tres semanas. Pero el espíritu viajero no estaba extinto. Y si me quedaba quieta más tiempo sentía que me deprimía. Volver nunca es fácil, y esto merece un post aparte, aunque he visto que muchos ya han escrito sobre esto.

Justo pasó por mi ciudad un gran amigo del sur de Brasil, Diego, que estaba haciendo una gira en bicicleta por varios países. Iba a Paraguay y quise aprovechar de ir con él. Y así fue. Sólo que no tenía un equipo apropiado, ni una bicicleta para viajes. Mi plan era llegar a las Cataratas de Iguazú y ahí buscar trabajo en turismo. Como hablo varios idiomas y desde que iba a la universidad en Salta trabajo en Hostels, esto tenía que ser relativamente fácil.

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Mis primeros trabajos en hostels, cuando tenía 19 años.

Tomé el último dinero que quedaba, creo que mi familia me hizo un aporte solidario, y me fui con Diego en busca de un trabajo en Misiones. Mi amigo viajaba tratando de no usar dinero como filosofía, pedaleaba y pedía comida. Yo me sentí extraña cuando llegamos a Asunción y él me dejó su bici a cargo y me dijo que lo esperara un ratito. Apareció con varias bananas y la botella de agua recargada. Había cruzado la ruta cuando vio el primer almacén y dijo que les contó de su viaje en bici sin dinero y así les regalaron comida. Yo nunca había hecho eso y me sentí un poco incómoda. Lo admiré por su coraje, pero no me sentí identificada con ese tipo de viajes. Lo malo, dijo Diego, es que te dan mucho pan, jaja.

En esa bici sin cambios y con la mochila amarrada como sea al portaequipajes, sólo llegué hasta el lago Ypacaraí. Luego Diego se tomó un bus para no perderse el Mundial de Fútbol en Porto Alegre, y yo me tomé buses rumbo a Iguazú. Mi bici sigue en Paraguay, creo, en casa de una señora que nos alojó amablemente.

¡Pero justo se inundaron las cataratas ese año! Entré a Posadas (Arg.) por Encarnación (Parag.) y me quedé unos días esperando que los caminos volvieran a funcionar, ya que varios puentes se habían roto. Pero no se sabía cuándo las cosas volverían a la normalidad y no encontraba dónde quedarme a esperar que la tragedia pasara en Misiones.

Justo en Posadas vive una de las narradoras orales que más me gustan de mi país y le escribí y le conté mi historia. Ella me invitó un café y luego en su casa me mostró cómo preparaba narraciones orales a partir de libros como los de “Cuentos de Eva Luna” o “Mujeres de ojos grandes”. Una genia. Me dejé llevar por las circunstancias que me ofrecía el viaje y al final Gricelda me dijo que se iba a Corrientes a visitar a sus hijos en auto con su marido ¿Querés ir? dijo. Seguí el envión del destino y así volví al nordeste de argentina, de donde soy. Justo mis padres estaban en Corrientes festejando el día del padre con mi hermano que vivía su primer año como papá, y fue hermoso después de tantos percances, sin querer, volver a recibir el abrazo reconfortante de mi familia y tener en brazos otra vez a mi pequeño sobrino.

10380963_10203813723294309_6230140699578108682_nQué lindas las vueltas de la vida. A veces uno hace planes y todo sale diferente. Pero si solo nos focalizamos en la parte que no salió como esperábamos, seguro que nos vamos a sentir frustrados. Hay que ver el lado positivo, a veces conviene pensar que todo sucede por alguna razón. Esto no es fácil, hasta yo me olvido a veces y sufro cuando parece que todo me va mal, pero tengo la suerte de tener una familia y unos amigos viajeros que siempre me recuerdan estas cosas. Y les puedo asegurar que es el mejor capital que he hecho en tres años de vida nómada. Mantener la llamita con esas personas que te van a decir que veas el lado bello de la vida cuando estás para atrás es lo más valioso y lo que te va a permitir salir con energías a encontrar ese trabajo, esa plata, esa ayuda que necesitás.

Aquella vez mis padres me regalaron un pasaje a Salta, que era mi plan B después de Iguazú, y me fui. Siempre tengo un plan B, C, D, etc. Ya estaba cansada y acepté la invitación familiar. Allá busqué trabajo, un amigo me alquiló un cuarto, otro me prestó muebles, y me quedé varios meses trabajando en una joyería para turistas extranjeros. Nunca había hecho este tipo de trabajos, incluso estoy en contra de la minería y, por ende, de las joyas, pero como hablo varios idiomas y era lo que había, lo hice.

Cuando logré juntar un poco de plata y valor, me fui a San Pedro de Atacama, Chile, en bus. Allá busqué trabajo y encontré. En el bar de un hostel por el alojamiento y para juntar dinero en una agencia de viajes como guía.

Me quedé un tiempo en el desierto de Atacama. No aguanté tanto como esperaba, y seguí viaje a dedo hasta Lima.

2014: Perú

En Lima trabajé en el bar de un hostel donde conocí a una gran amiga que luego me ayudaría a conseguir otros trabajos en esta ciudad. No tenía idea de cómo preparar tragos, nunca fui amante de los cócteles, máximo vino, cervezas, champán y fernet. Pero Andrea me enseñó muchas cosas y sumé un capital de experiencias a mi currículum. Fue divertido.

Después me fui a Huaraz, Perú, donde trabajé en un bar pero me quisieron vestir muy sexy y querían que sonriera mucho a los clientes, y no me gustó; me fui. Ya ven que trato de no hacer lo que no me gusta. Cobré lo que trabajé en el bar y además había vendido trufas con un mochilero chileno.

Luego me fui a Huanchaco con el chileno, en la costa de Perú, y nos reencontramos con otros amigos del camino. Alquilamos cuartos en la casa de una inglesa frente a la playa, y yo me puse a pintar, a vender mis cuadritos y comidas esporádicas que preparaba. El Chileno hacía música en la calle con una argentina que conocimos en Huaraz que se animó a cantar por primera vez. Hicieron un dúo de jazz genial. Fue hermoso y les iba muy bien.

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Después volví a casa otra vez a pasar Navidad y Año Nuevo con la familia. Cuando se tiene sobrinos y abuelos viejitos es difícil no extrañar demasiado. El pasaje me lo pagué vendiendo una vaca. Jaja, sí, soy medio ganadera. Que no se enteren mis amigos vegetarianos. Yo casi lo soy también. Es que en el interior de mi país hay mucha ganadería y mis padres tienen un campito. Después de mi primer viaje de mochilera en 2008 me sobró plata y con eso me compré una vaca que se reprodujo bastante en todos estos años. Pero después de comprarme una netbook nueva y de pagar mi carnet de extranjera en Perú este año, debo decir que ya se acabaron las vacas. Y vivo al día, sin vacas y sin tarjetas desde hace mucho tiempo. Ya sé que me van apreguntar por mi jubilación, siempre lo hacen. Otro día les respondo, además que se contradice con todo lo que acabo de escribir.

2015: Argentina-Chile-Perú-Ecuador-Perú

Me quedé tres meses en casa. Me aislé del mundo en el campo de mis padres porque soy un poco ermitaña a veces, y después de convivir tanto con otras personas necesitaba estar alejada y en íntima compañía. Sembré, sembré y luego vendí mis plantas de frutos tropicales. Tenía semillas de diferentes países qué cargué en la mochila (sí, lo sé, es ilegal, pero no creo que sea justo).

Mi plan era quedarme en Formosa a escribir mi libro y juntar plata. Pero no me sentía completa si no estaba “viajando”. Descubrí que no sé regresar y quedarme mucho tiempo. Aunque extraño. Viajar es mi vida.

Justo pasaba una mochilera brasileña a la que le había hecho una entrevista para la Revista Kay Pacha y por eso conocía su viaje: Larissa. La encontré en Salta y seguimos juntas a dedo a Chile.

Otra vez en San Pedro de Atacama. Ya me conocían, así que fuimos las dos a trabajar por el alojamiento al mismo hostel. Yo de bus hunter y Lari en el bar. Por cada pasajero que llevaba me daban mil pesos chilenos (suena mucho pero no es nada). La vida es súper cara en San Pedro. Así que con Lari hicimos un buen equipo para vender queques (bizcochuelos, tortas).

Después de un par de semanas nos fuimos a dedo a Bolivia. Allá intentamos vender pero no fue fácil. El choque de culturas se sentía. En Santa Cruz de las Sierras vendimos sánguches vegetarianos con otros amigos.

Como ya conocía bastante Bolivia, me fui sola a Perú saltándome varias cosas que Lari quería conocer. Me quedé en Lima unos días. Me reencontré con un chico que había conocido el año anterior. Me enamoré. No me gustó el plan de enamorarme, así que me fui casi huyendo a Ecuador. Busqué trabajo en Montañita. No fue fácil. Pensé vender comida. Había demasiada competencia de compatriotas que cocinaban cosas extraordinarias contra las que no podría competir. Me fui a Baños. Trabajé en un hostel-restaurante. Puf, nunca había trabajado tanto en un mismo día. Pero me dieron alojamiento y varios tours gratis. Lo malo era que no conseguía un trabajo remunerado.

Podía seguir e intentar en Quito. Pero mi corazón me llevaba a Lima. Y volví. Y acá estoy. El peruano nunca se enamoró de mí, pero decidí quedarme igual, por mí. Pues estaba cansada de andar y andar. Imaginen las vueltas de la vida que ya había dado. Tuve ganas de parar, de buscar trabajos estables mejor remunerados y acá hice un lindo grupo de amigos. Hasta ahora no me ha ido muy bien laboralmente. En seis meses trabajé de profesora de francés, de telefonista en una agencia de apuestas deportivas, de mesera en un bar de cervezas artesanales y ahora de recepcionista en un hostel. Y sigo intentando encontrar algo mejor, ya que tengo Carnet de Extranjera y un título Universitaro de Licenciada en Letras. Pero Perú no me la hace fácil. Seguiremos intentando.

Mientras, intento escribir un libro.

En otro post quizás les cuente cómo hago para gastar poco dinero mientras viajo. Ahora les hago un resumen de cosas que hice para ganar dinero viajando, o que ofrecí como trueque por alojamiento, comida o transporte:

  • recepcionista de hostel
  • guía de turismo
  • bushunter
  • bartender
  • mesera
  • vendedora en una joyería
  • telefonista
  • vendedora callejera de comida
  • vendedora de mis libros y revistas
  • limpié hostels
  • pinté un muro
  • pinté cuadritos y vendí
  • hice un vivero y vendí plantas tropicales
  • publiqué artículos en páginas web de otros
  • corregí textos
  • traduje textos
  • hice redacciones académicas para otros
  • enseñé francés
  • hice redacciones creativas con fotos para redes sociales de otros
  • y tal vez algo más que ahora no recuerdo.
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14 comentarios

  1. ¡Asu mare, que tales aventuras! y sí, es complicado estar a merced de un empleador, y debe ser peor si se está de viaje y en un país extraño.
    Yo soy aún un calichín (ya sabrás de esa palabra peruana seguro je je je) en temas de viajes y de dinero, pero te puedo pasar algunas páginas web donde si te escogen, te pueden pagar por escribir:
    coobis.com y skyword.com
    Yo tengo la guitarra pero no toco solista, necesito cantar, pero canto horrible. Si sabes cantar enséñame y yo te enseño guitarra 😉
    Un saludo y suerte

  2. Guau! Que lindo post catártico! Más que sobre lo económico hablaste de tu vida, tus amores, tus viajes, tu familia, tu arte… me parece que no te quedó nada, je! Este post resume tus últimos años parece. Para el que no te conoce es una excelente manera de hacerlo. Suerte con este 2016, no me queda ninguna duda de que lo que viene para vos van a ser cosas buenas. Sos grosa. Y adelante con el libro que con este post tenés medio libro escrito, je. Saludos y buen año!

  3. Ceci… me identifico mucho con tu forma de ser. Yo he ahorrado para viajar y he viajado por meses, un poco mas organizada y menos espontanea. Me pasa igual que a ti, no me gusta vender.

    Pero hace poco quería ir a la playa y como soy de Venezuela y acá hay una gran crisis (y no me alcanzaba la plata). Me hice jabones para vender y financie mi viaje de una semana. Se que suena tonto (una semana solamente…) pero me reconcilió con el hecho de que la vida está para hacer lo que se quiere… y punto.

    A la final no fue tan difícil.

    • Hola, Maricel! QUÉ LINDO QUE TE HAYAS ANIMADO A HACERLO! Lo más importante es eso, no el tiempo. Siempre digo que algo que aprendí es que la intensidad de las experiencias es más importante que la duración. Además, sé que tu país está pasando por momentos complicados, he convivido con varios inmigrantes venezolanos en Perú y conozco sus experiencias personales. Antes de venir me fui a comer arepas venezolanas en Lima 🙂 y en casa intenté hacerlas, pero no me salieron, jaja. Fuerte abrazo!

  4. Hola es el segundo post que leo de tu blog, y como dice alguien por ahí arriba es una forma muy linda de conocerte! Jaja.
    La verdad me ha gustando mucho leerte, obvio que lo seguiré haciendo. Te sumo un posible trabajo, serias una excelente profesora de legua! Ja. Metele pilas con el libro que escribís muy lindo.
    Aunque no te haya visto nunca, siento que un poco te conozco.
    Un beso grande, espero el libro!

    • Muchas gracias, Nico. De hecho, soy profe de Lengua, jaja. Sólo que me dedico a cumplir mis sueños y caprichos por ahora. Más adelante, seguramente, volveré a las aulas. Un abrazo.

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