Tiempo de escribir, muchacha

01Estoy de nuevo en casa, en un sentido abstracto del término “casa”, porque me siento una chica latinoamericana, una ciudadana del mundo, digamos, pero no hay documentos que reflejen esa identidad. Y la verdad es que no tengo nada que me pertenezca, menos una casa. Pero sí tengo una hermosa familia. Estoy en Formosa, en el Nordeste de Argentina. El sitio donde nací, donde me hice mochilera, porque acá surgieron todos los sueños de viajera, aunque sea el lugar menos turístico de mi país.  Formosa tiene amor familiar que me atrapa, y tiene muchas otras cosas que me impulsan a viajar constantemente. Ahora que estoy acá desearía que vengan a visitarme todos esos amigos maravillosos que hice en el camino, así como la última vez que volví, que pasó por acá un gran amigo brasilero y nos fuimos juntos en bici a pedalear por Paraguay.

Ahora mismo, desearía estar en movimiento, como siempre. Pues ya pasaron dos meses y siento que ha sido suficiente para recargar pilas. Pero no, todavía no puedo, aún hay una parte involuntaria de mí que se resiste. He vivido de acá para allá durante tres años. He vivido tantas cosas y ahora me pongo a rememorar las experiencias porque trato de escribir un libro, y todo se vuelve visible e inmenso. Inabarcable. Hace muuucho que intento escribir ese libro, pero recién ahora empieza a salir “algo”. Algo que me hace sentir una especie de alivio en el alma cuando escribo. Algo que sale del corazón, de las tripas, de la cabeza, de los pies, de los ojos, de la boca, de los pelos. Algo que tiene que salir de una vez por todas para poder escribir otros libros. O al menos eso es lo que parece.

No es una guía para mochileros. No. Es “algo” diferente. Y pongo comillas porque inmediatamente veo el tatuaje en la mano de un amigo limeño (o limado) que dice “algo”, una letra en cada dedo; seguro que si le dijera esto mostraría su puño en este momento. Es algo que tiene que ver más bien con un taller literario que me regalé, realmente me lo regalé, tomando durante varios días la decisión de pagarlo, pidiendo consejos a todo el mundo porque no estaba segura de hacerlo, pues era eso o me iba de viaje, después de ganar unos bonos extras en una agencia de apuestas deportivas en la que trabajé como telefonista un par de meses. Un trabajo de mierda, por cierto, el esfuerzo merecía un buen premio, aunque debo reconocer que, más allá de la tarea, tenía jefes que son personas increíbles. Ojalá la vida nos hubiera juntado en otro contexto. Ese taller, dictado por uno de mis escritores preferidos, porque realmente me hizo vivir y emocionar un montón después de años de leer sólo cosas bien escritas, y nada más, parecía que no me servía para nada. Yo tenía que hacer malabares entre mi tiempo de laburo para sobrevivir y ese taller, que sólo era una vez por semana y en mi único día libre, los miércoles.

Los miércoles eran el súmmum de todo: podía amanecer abrazada con el chico que me gustaba, podía almorzar con mis amigas, podía ir a la playa donde leía los textos para el taller, me daba una ducha y corría a la clase que terminaba de noche y, la mayoría de las veces, corría a casa, me ponía un vestido y me iba a bailar con mis amigos a la Fiesta de Todos los Mundos, que eran geniales porque todo era gratis y encontraba a gente de todas partes; lo gracioso es que muchos de ellos vivían conmigo, nos quedábamos todos encerrados y apretaditos en una discoteca en la ciudad en la que en cualquier momento podía haber un terremoto, sudando alegría, moviendo el esqueleto. Extraño esos días de miércoles en los que lo único que no hacía era descansar.

Lo que quiero decir es que no pude aprovechar el taller mientras lo cursé. Al principio sentí que invertí mal mis pobres ahorros. Pero al final, parece que el mensaje principal del curso quedó grabado profundamente en mí, aunque no me pude traer en la mochila todo el material de lectura para revisar los temas. Y hoy, unos meses después, muy lejos de aquellas experiencias, escribo. Escribo con los tajos y la felicidad de habérmelos hecho. Porque esta vida de viajera me ha dado mucha vida multiplicada, en las alegrías y también en los dolores. Pero quién me quita lo vivido… Ahora siento que soy una adicta a vivir, y por eso estoy acá tranquila, sosegada, bastante desconectada, reviviendo todas las experiencias de tres años con tristezas y alegrías incluidas, con dificultad, porque me impongo hacerlo. Tengo que hacerlo. Me cuesta mucho vivir en los recuerdos, removerlos, recordarlos, reflexionarlos, porque me ponen in situ otra vez, y por unos días logro hacerlo sin problemas, pero después hay algo más fuerte dentro de mí que me dice: viví el presente, Ceci, aquí y ahora, Kay Pacha, basta de recordar. A veces siento que volver a vivir esas experiencias es como perder tiempo, y por eso nunca termino este libro, porque me urge focalizarme en el presente y proyectar nuevas aventuras. Pero ahora es diferente.

La vida me obliga a frenar. Mi vida. Mi cuerpo, mi salud. Y así también debo frenar la cabeza, debo aquietar las ganas y poner esa energía en otra cosa. No tengo muchas opciones porque tengo que estar quieta, en reposo, con mucha paciencia, así que este es el momento de escribir. No me queda otra, ya no puedo esconderme de ese sueño que me persigue pero siempre escapo. La vida me obliga a escribir ya, de una vez. Tengo que contarlo todo, como mi escritor peruano preferido. Debo ir más allá, meterme en todas esas sombras que ningún Blog, ningún Face, ningún Instagram podrían penetrar. Hay mucho para decir y cuesta organizar lo decible. Me parece que por ahora el viaje interior se va a un libro, el viaje exterior se queda en el blog.

Mientras, necesito recuperar fuerzas, recorrer mis geografías interiores, aprender a sosegar y a ser paciente. Lo único que sé es que, ¡rayos y truenos!, soy nómada, soy viajera, he sido inmigrante, pero también tengo que aprender a pisar con raíz. Y acá estoy, viviendo ese proceso. Iniciando otro tipo de viaje, tratando de aterrizar, comenzando a escribir. Tengo que aprender a ser escritora. Espero que también ahora me puedan acompañar. Y quiero aprovechar para poder tener noticias de toda esa gente linda con la que conecté breve pero intensamente 🙂

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5 comentarios

  1. Hay un pueblo en el chaco,que se llama Miraflores.Dicen que los colonos atravesaron vasto monte,y encontraron una planicie de Flores amarillas.La frase “mira,Flores”se convertiría en el nombre de aquel pueblo que hoy algunos llaman “la perla del impenetrable”.

    Las Flores eran las del “diente de león”,que también llaman “panadero”,y de cientos de otros modos en muchas lenguas como el persa o el mandarin,pasando por el guaraní,el francés y el danes.

    La saqasaqa,en quechua,vive en los cinco continentes.

    Se asocia, a muchas otras hierbas,se adapta a distintos biomas,climas,suelos.

    Es medicinal,es nutritiva,se pueden aprovechar tallos,Flores,hojas.

    Su estrategia para propagarse es tan simple como poética:sus flores se secan y transforman en cipselas que se desprenden y se dejan llevar por el viento.
    Las semillas atraviesan grandes distancias,hasta que se depositan en suelo fértil, o son alimento de algún ave que las lleva aún mas lejos.

    Llegan, brotan,crecen,florecen, y se preparan para volar,otra vez.

    Si lo hacen para seguir su viaje,o para volver de donde vienen,nadie lo sabe.

    Pero así es.

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