Salto, primera vez en Uruguay

 

BITÁCORA URUGUAY #01

¿Cómo llegué al paisito?

frontera concordia salto uruguayPasé fin de año en Concordia, por lo tanto el paisito me quedaba al frente, apenas cruzando un río; así es como lo llaman algunos uruguayos, en especial el ex presidente Pepe Mujica. Fui invitada por Euge, una cineasta entrerriana, compañera de la maestría en Literatura para Niños que estaba cursando en Rosario. En los recreos charlábamos sobre las ganas de viajar, sobre la movida de candombe en  Argentina, y un día le conté que pensaba abandonar el posgrado porque quería dedicarme sólo a viajar y viajar, como había soñado siempre. Euge se emocionó  porque también estaba planeando sus propios viajes y me invitó a la fiesta que haría en su casa para reunir a amigos de diferentes provincias y países, para que participáramos de la tradicional llamada de candombe en su ciudad. Acepté encantada, y así decidí que mi aventura de mochilera comenzaría en Concordia, recibiendo un nuevo año y empezando una vida nueva, luego cruzaría a Uruguay, porque aún no conocía el país con el nombre de un río que un presidente con ideas que sorprendieron al mundo había puesto de moda.

Salto, uruguay (1)

Después de compartir unos días hermosos con un montón de chicos creativos y maravillosos, después de divertirme un montón bailando descalza candombe para expulsar todo lo malo y recibir el Año Nuevo con la mejor energía, y después de comprar una mochila gigante, me subí a un barquito en la costanera del Río Uruguay, uno viejo y pequeño, como los que cruzan de Formosa a Paraguay, y así desembarqué en otro país.

llamada de candombe concordia

Primeros pasos en Uruguay

Salto, uruguay (4).jpg

Cómo explicar la adrenalina de ese primer día con la mochila nueva. A pesar de que pesaba demasiado y era más grande que yo, me sentía orgullosa y a la vez un poco avergonzada de llevarla puesta. Tendría que haber hecho una mejor selección del equipaje antes de salir, pensaba.

Bajé en el puerto y era la única mochilera, todos los demás tenían pinta de ser habitantes de la frontera, habituados a cruzar a hacer compras o visitas al otro lado del río, sin ser tan conscientes de estar yendo de un país a otro. Para mí era todo un acontecimiento. Tenía que encontrar urgente señales que me hicieran sentir fuera de Argentina. En principio, sólo tenía la bandera uruguaya en los edificios públicos y los pesos uruguayos que había cambiado en Concordia, porque, según el papá de mi amiga, convenía hacerlo del lado argentino.

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A primera vista el paisaje urbano no era extraordinario. Me recordaba un poco a Corrientes, ciudad argentina sobre el Río Paraná donde viví un año. Me llamaron la atención algunas casas coloniales más o menos conservadas, árboles muy antiguos en las veredas, personas yendo a trabajar o saliendo de los colegios, pero sin mucha prisa. Me quedan postales mentales de viejitos andando en bicicleta que me recordaban a mi abuelo en su pueblo.

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Lo que sentí fue que estaba en una zona muy parecida a mi tierra, una prolongación del nordeste argentino. Tanto en el paisaje natural como en lo cultural. La forma de hablar era más parecida a la entrerriana, un “yeísmo” más fuerte que en mi provincia, pero aun así, había un cantito campesino que me recordaba a los payadores rioplatenses. Estoy en zona rural, pensé.

Al medio día el hambre acechaba y la mochila me dolía en la espalda, así que decidí abandonarla un rato en la caja de un supermercado y entrar a mirar qué podía comer. Pasé como una hora adentro sorprendidísima por los precios. Tenía una pequeña calculadora de bolsillo y no paraba de multiplicar ¡No podía ser que todo fuera tan caro en ese país! Enseguida me dieron ganas de volver a casa. El peso argentino no valía nada y estaba a punto de comer el yogur más caro de mi vida. Salgo, tomo aliento pensando en cómo voy a resolver el tema de los precios y la comida, destapo mi yogur y me encuentro con una mancha verde enorme, una especie de bosquecito de hongos dentro del envase ¡Horrible! Mi primer día en el paisito no me estaba gustando nada.

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Volví a entrar al súper y, por suerte, me lo cambiaron sin problemas. En ese mercado había pasado mucho tiempo observando los productos. Me di cuenta que me costaba un montón encontrar lo que buscaba porque ya tenía un patrón mental de colores, envases, tipografías y marcas que me hacían llegar más rápido a los productos que quería, pero en Uruguay los patrones eran diferentes, así que tenía que observar lentamente todas las góndolas para procesar la información y entender de qué se trataba cada cosa. Ahora sí me sentía en otro país. No en las calles de Salto, sino en un supermercado cualquiera. Ese día entendí en carne propia que las fronteras no se construyen con rasgos culturales, ni tienen que ver con las personas, sino  con el comercio y sus leyes. Cuando estudié la historia de las invasiones inglesas y la Guerra de la Triple Alianza, los profes y los libros decían que la estrategia política del mercantilismo inglés era considerar a cada país como un mercado con sus propias leyes impositivas, más que como una nación, lo que permitía generar un mayor movimiento de dinero a nivel global. De ahí las guerras y nacionalismos para dividir países hermanos, y la famosa frase imperialista: divide y triunfarás. Por fin podía entender todo eso que había quedado en mi memoria. Caminando por las calles de Salto, sorprendida por los precios, las lecciones de historia de años atrás empezaban a cobrar sentido.

Eventos literarios y aguas termales

Después de ver los precios, ni loca me iba a quedar en esa pequeña ciudad donde un hotel mediocre debía costar una fortuna. Tampoco había conseguido alojamiento en Couchsurfing, así que tenía que armar la carpa en alguna parte. Entonces busqué información turística y la encontré, pues no había investigado nada antes de entrar a Uruguay. Ahí me enteré que en Salto había nacido Horacio Quiroga, uno de los primeros escritores de los que fui fanática cuando era niña, mi papá nos leía una y otra vez en voz alta los Cuentos de la Selva. Me emocionó tanto la noticia que quise ir a conocer la casa y llegué, pero no se podía visitar, el sitio era propiedad privada. Sólo unas placas en el frente daban señales de sitio histórico. Está bien, es cierto, si cada lugar donde nació o murió alguien se pudiera visitar, no existiría el derecho a la privacidad.

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Luego un transeúnte me explicó que el Museo Casa Quiroga quedaba en otro sitio. Pero ya era tarde y me recomendaron que si pensaba salir de la ciudad para acampar lo hiciera antes del anochecer. El museo quedaba lejos para ir caminando con la mochila gigante, y un taxi, ni loca. Al menos me enteré que Quiroga fundó la Sociedad de Ciclismo de Salto, algo que me emocionó ya que siempre estaba soñando con viajar en bicicleta y ser escritora, así que teníamos algunas cosas en común. También supe que se fue pedaleando de Salto a Paysandú, que la verdad no es mucho, pero algo es algo. Lo triste es que Horacio se suicidó bebiendo cianuro en Misiones cuando supo que tenía cáncer, y pidió que sus cenizas fueran esparcidas en la selva misionera. La tragedia sucedió después de haber presenciado el suicidio de su padre siendo joven y de haber sufrido otro suicidio años más tarde, el de su mujer. Uf, un yogur vencido y tres suicidios, eran demasiada tragedia para mi primer día de viaje, así que decidí cambiar la onda y encaré para las Termas del Daymán, donde seguro encontraría un camping. Además, el dolor de espalda ya pedía aguas termales.

En la oficina de turismo me habían hablado también de las Termas del Arapey, pero según mi mapa, quedaban a más de ochenta kilómetros hacia el norte, mientras que las de Daymán sólo a unos veinte y estaban en  mi ruta, hacia el sur, y al parecer podía llegar en un ómnibus interurbano barato. Pregunté a varias personas cómo encontrar la parada y todos me ayudaron muy amablemente, aunque mirándome como a un ser de otro planeta.

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Mucho después, en Lima, leyendo un libro del escritor peruano Santiago Roncaglolio, El amante uruguayo, me enteraría que las cenizas del escritor español Federico García Lorca, que fue fusilado por ser homosexual durante la Guerra Civil Española, fueron esparcidas en Salto por el escritor uruguayo Enrique Amorim, uno de sus amantes, también nacido en esta ciudad. Seguramente que si hubiera sabido todo esto me hubiera quedado a investigar un poco más todos estos chismes literarios. Pero mis circunstancias me llevaron a salir rápidamente de este lugar ¿Tendré oportunidad de darle una segunda chance? Quién sabe.

Lo bueno es que es una ciudad limítrofe muy limpia, tranquila y agradable, que nada tiene que ver con otros pasos fronterizos que conocí en Sudamérica, sucios, peligrosos y caóticos. Si pudiera, volvería, sin lugar a dudas. Y tal vez intente pedalear hasta Paysandú en homenaje a Quiroga, y quizás aproveche para recitar “verde que te quiero verde…” frente al Río Uruguay, donde volaron las cenizas de Lorca.

DATOS ÚTILES:

  • En Concordia, del lado argentino, hay un hermoso camping sobre el Río Uruguay.
  • Se ve muchas actividades náuticas, como canotaje en el  río.
  • En Concordia me llamó la atención que hay carteles que ofrecen pescado y yacaré (caimán) como platos típicos. No probé.
  • Se puede cruzar a Uruguay tanto en barco como por tierra, ya que hay un puente internacional que no conocí porque no estaba cerca del centro de la ciudad.
  • Tanto Salto como Concordia son ciudades que se ven muy tranquilas y seguras.
  • Concordia tiene muchos aspectos de la cultura uruguaya a la vista, la gente ama el candombe y una expresión coloquial bastante frecuente es “ahí va”, que luego escucharía mucho viajando por Uruguay.
  • En Salto se puede visitar el Museo de la Casa Quiroga, la entrada es gratuita.
  • En Salto también se puede visitar el Chalet Las Nubes, que es la casa museo del escritor Enrique Amorim.
  • Si querés saber más sobre los restos de García Lorca en Salto, podés leer este artículo.
  • Si estás por la zona, no te pierdas de seguir la ruta literaria y visitar el Castillo de San Carlos en Concordia, donde Antoine Saint-Exupery vivió y se inspiró para escribir “El Principito”.
  • Otro atractivo turístico para tener en cuenta es la red de complejos de aguas termales que existe tanto del lado argentino como del uruguayo en esta zona. Las Termas del Daymán quedan a sólo 18 kilómetros de Salto. Hay varios hoteles con piscinas termales y toboganes acuáticos, también hay varios campings. Desde el puerto de Salto salen buses cada hora y el viaje dura 30 minutos. Más info.
  • Le saqué una foto a un cartel con los horarios de los barquitos en Salto. Pero no puedo confirmar si la información está actualizada, sólo para tener una idea de las frecuencias.

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PARA SEGUIR LEYENDO:

BITÁCORA URUGUAY #2

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5 comentarios

  1. Buen artículo. Mirá, soy de acá y no sabía de esos chismes literarios jajaja. Venite, acá hay lugar para un viajero.

    • Hola! Muy buen artículo. Yo voy por la ruta literaria… pero no sabía sobre la hipótesis de las cenizas esparcidas de Lorca!!! 🙂
      Estoy viajando en dos días para allá y no encuentro por internet que haya hostel. Me podrías decir qué hospedajes económicos hay, porque no tengo carpa!
      Muchísimas gracias! Abrazo!!

      • No sé de hospedajes, Tamara. Sólo fui al camping de las Termas de Daymán que están cerca. Pero si podés aportar esa información sería genial.
        ¡Buen viaje!

    • Hola Alicia. No sabía que sos de Salto. Hemos intercambiado muchos mensajes viajando 🙂 hay gente que pregunta por hospedaje en Salto pero no tengo el dato. Podrías aportar alguna recomendación? ¡Gracias, viajera!

  2. Recién veo tu respuesta. Que yo sepa hay uno o dos hostel nomás, pero me comentaron que está caro para ser hostel, bueno, caro como todo Uruguay.

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