Cosas de viajar en carpa

COSAS DE VIAJAR #1

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La Pedrera, Uruguay.

En este texto vamos a darle protagonismo a la casita de tela que también es una compañera de viaje que te salva en situaciones inesperadas y te hace sufrir en algunas otras. A esta altura ya tengo un compilado de historias sobre mi carpa.

Estilo esquimal

Casi siempre he viajado con carpas de tipo iglú para tres personas, porque mis primeros viajes fueron en pareja y era lo que convenía para que entráramos ambos con las dos mochilas grandes y las dos pequeñas. Tal vez una carpita para dos personas hubiera servido, pero debo aclarar que mi primer compañero de viaje medía casi dos metros de altura y era la mejor opción cuando compramos la carpa, ya que podía dormir en forma diagonal. Luego, cuando viajé sola, no quise gastar en equipos nuevos y usé la misma que había heredado y estaba en perfectas condiciones. Posteriormente, comprobé que no hay mucha diferencia de peso entre una iglú de dos plazas y una de tres que, en general, pesan alrededor de dos y dos kilos y medio. Pero bueno, es cierto que para los viajeros más puntillosos cada gramo marca la diferencia. Lamento decepcionarlos, pero la verdad es que soy un desastre en esas cosas.

Seguramente que en la actualidad hay carpas súper livianas con materiales eficientes, pero nunca tuve acceso a los mejores equipos de viaje, ni me interesé mucho por conseguirlos. Mi prioridad siempre fue arreglármelas con lo que tuviera a mano y salir a enfrentar lo que me tocara en suerte, pero eso ya depende de cada uno, ¿no? Y en este blog se respeta a cada maestro con su librito.

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La Pedrera, Uruguay.

Vientos anti lluvia

Lo que descubrí que es súper importante tener en cuenta a la hora de comprar una carpa iglú, es que tenga una cantidad razonable de “vientos” en la capa impermeable que cubre la estructura para protegerla de las lluvias. Con “vientos” me refiero a los ojales o ganchitos donde se atan los hilos que tensan el paño superior hacia afuera. Esto lo digo porque la primera carpa que tuve no los tenía y cada vez que llovía la capa exterior terminaba pegada a la interna con el peso del agua y esto hacía que siempre lloviera dentro; y créanme que cuando se mojan las cosas de la mochila, es una tragedia.

Para que esto no suceda lo mejor es tener un sistema de vientos en las cuatro esquinas del paño exterior que permita tensarla muy bien. Quedé tan traumada con esto que, la última carpa que compré, tenía vientos por todas partes; no sólo en las esquinas, también en los costados. Al final se me enredaban todos los hilos cuando la guardaba, pero funcionaba mejor cuando llovía. Los hilos suelen ir atados a ganchitos de plástico que se clavan en el suelo con estacas o, si tenés suerte, a los árboles de alrededor. Si no podés tensar bien los hilos, ya fue, tendrás goteras.

¿Canaletas alrededor de la carpa?

Los boy scouts o campistas puntillosos harían canaletas escarbando pocitos largos alrededor de la carpa al momento de armarla, para guiar al agua lejos del campamento en caso de mucha lluvia y así evitar inundaciones. Nunca hice canaletas porque siempre me quedaba una o dos noches en cada sitio y luego seguía viaje. Además, no tenía una herramienta para eso y debo reconocer que un punto a favor es que el paño de abajo de mi carpa, el que funciona como suelo, está bastante bien diseñado, terminando hacia arriba en los bordes, bastante alto, cosa de que no entre agua por los costados inferiores. No sé si me explico. En todo caso, cuando te compres una carpa iglú, fijate que tenga un piso impermeable que envuelva los cuatro costados de la tienda hasta una altura razonable.

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Barra do Chui, Brasil.

Sí tuve que hacer canaletas después de prolongadas lluvias para drenar el agua acumulada cuando me quedé acampando mucho tiempo en un mismo sitio, como en un voluntariado en Santa Cruz de las Sierras en Bolivia, o en un festival de Jazz en Chapada Diamantina en Brasil.

Ganchito perdidos y encontrados

Los ganchitos de metal o, mejor dicho, las estacas, siempre se pierden. Es un clásico. Yo los mezquino bastante. Cuando desarmo la carpa los cuento y los limpio bien. Muchas veces salgo a caminar por los campings porque siempre alguien se los deja sin querer. Mi última carpa tenía estacas de todos los tamaños gracias a una buena cosecha. Ojo, no vale robarlas, eso no se hace.

Malditos palitos

Los palitos no sé qué nombre técnico tendrán, me refiero a los que forman el esqueleto de la carpa que tienen un hilo elástico interno y se pliegan; es una tecnología sencilla, asombrosa, que cada tanto falla y te deja sin casa. Son unos palillos de mierda (necesitaba decirlo), hechos con una fibra de vidrio que cuando se raspa para arreglarlos se te mete en la piel y lastima como micro espinillas. Siempre llega un momento que se reseca el elástico, se reseca el plástico, y se rompen por cualquier razón. Es horrible.

A veces se consiguen repuestos pero volver a armar la estructura metiendo el elástico por cada palillo es una tarea que requiere mucho tiempo, ingenio, paciencia y herramientas que una nunca tiene a mano. No se lo deseo a nadie. La última vez estuve acampando un mes en el mismo sitio en Bolivia y tuve que solucionarlo metiendo un alambre en varios palitos porque sino se me venía toda la carpa abajo. Al final, esto las hace descartables y odiables; pero si no se rompen, todo estará más que bien.

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Alagoas, Brasil.

En Uruguay, en Punta del Diablo, me enamoré fugazmente del encargado de un camping gracias a que se me rompió un palito de la carpa. A veces las cosas malas tienen su lado bueno. Casualmente, ¡él tenía uno de repuesto! y me ayudó a arreglarla, nunca lo olvidaré. Después nos pusimos a hablar de libros y esas cosas que a mí me gustan. Como me salvó la vida aquella vez, antes de irme le regalé un libro que justo había terminado de leer que me había gustado bastante (suspiro).

Cuidado con los “vientos”

Ya les conté que los vientos son los hilos que tensan una carpa. Bueno, cuidado. Cuando están en un camping superpoblado puede ser peligrosos; podés no verlos, tropezar y caer horriblemente.

Esto me pasó acampando con amigos de la universidad en Salto Encantado, Misiones (Argentina). Es un sitio bellísimo que recomiendo conocer, entre selva, cascadas y bichos de todo tipo. Allí hay unas hormigas que popularmente se conocen como “hormigas verijeras” porque es increíble cómo se te trepan varias al mismo tiempo hasta la verija (o pelvis) de una forma tan rápida y disimulada que no te das cuenta hasta que te empiezan a morder. Lo sé porque me pasó. Fue horrible.

Justo estábamos con los chicos al atardecer contemplando desde el mirador la cascada que estaba a punto de ser iluminada durante unos minutos para que tomáramos fotos y las hormigas me atacaron. Me di cuenta cuando ya estaban en mis partes pudorosas, mordiéndome. No tuve tiempo de dar explicaciones, corrí, corrí, corrí hacia el baño que quedaba tan lejos en ese momento para sacarme toda la ropa. Enceguecida por la urgencia tropecé con el viento más tenso que vi en mi vida, me hizo volar por los aires unos cuantos metros; me di un golpazo, la gente se reía y encima las hormigas seguían picándome. No pude hacer nada más que levantarme de un salto como una muerta viva y seguir corriendo, aún más rápido por la vergüenza. En el baño asesiné a todos los bichos y me perdí el show nocturno de la cascada, pero nunca olvidaré lo bien que tensan los vientos algunos campistas. Malditos vientos.

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Perdida en el centro de Uruguay.

Carpa flotante

Es muy importante elegir con inteligencia el lugar donde vas a armar la carpa. Esto lo aprendí también en Salto Encantado. Tenía dieciocho años y poca experiencia en campamentos, al igual que mis amigos. Cuando llegamos a la reserva quedamos tan hechizados por la belleza del paisaje que en ningún momento nos planteamos cuestiones técnicas sobre dónde armar las carpas. “¡Waau, allá abajo junto al río es el lugar más lindo del camping! ¡Y no hay nadie!”, dijimos, y montamos el campamento ahí mismo. Imagino que la gente de las otras carpas nos miraban desde lo alto y se reían por dentro de nuestra ignorancia. Esa noche llovió repentina y torrencialmente, como suele suceder en la selva. Las dos carpas se mojaron por dentro y el terreno se inundó, el río había crecido de golpe. Tratando de recuperar nuestras cosas para ponerlas a salvo bajo un quincho, recuerdo como si fuera ayer la imagen de una de las carpas que se iba flotando con el río y uno de mis amigos corriendo detrás para recuperarla. Nunca había imaginado que algo tan catastrófico podía pasar en un sitio tan hermoso. Nuestras cosas tardaron días en secarse y ni les cuento el frío que pasamos esa noche como pollitos mojados, amontonados y asustados en un rincón, mientras tronaba y caían rayos.

Conclusión: nunca armen la carpa muy cerca de un río si es época de lluvias o están en la selva. Menos si es el “abajo” de un “arriba” desde donde se puede formar una cascada.

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Luz dentro de la carpa. Linterna frontal colgada en el centro, donde se unen los palitos.

Carpa oblicua

En el mismo viaje con aquella banda de niños aventureros, llegamos a dedo hasta un camping en Oberá, Misiones. En este sitio había un lago rodeado de un bosque de pinos. De un lado del lago se festejaba un encuentro de motoqueros, todos de pelo largo y camperas de cuero acampando y emborrachándose. No nos gustó el ambiente, éramos niños tiernos, así que decidimos ubicarnos lejos, del otro lado. La vista nos pareció igualmente increíble, pero ya no nos animamos a armar la carpa en la orilla, mejor arriba, dijimos. Justo había un declive de un cerro que terminaba en el agua y ahí armamos la tienda. Nos pareció que la inclinación del terreno nos iba a ayudar a dormir mejor, ya que no teníamos almohadas ni bolsas de dormir. No sé de dónde sacábamos ideas tan geniales, jaja. La cosa es que esa noche dormimos cuatro personas en una carpa grande, con los pies hacia el lago, es decir hacia “abajo”. Fue una noche rarísima, me despertaba a cada rato porque el peso de mi cuerpo me obligaba a sentarme o, me tiraba hacia adelante, y a mis compañeros les pasaba lo mismo, nos matábamos de risa y puteábamos, pero no había forma de cambiar de lugar la carpa a esas horas; fue muy gracioso. Conclusión: tratá de no dormir en un declive porque vas a sentir cómo el peso de tu cabeza te lleva hacia el abismo, jaja.

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La Paloma, Uruguay.

Un poema para mi carpa

Tengo muchas cosas más que contar sobre viajar en carpa, de verdad han sido muchas y grandes experiencias, pero no quería publicar algo tan largo. Decidí hacerlo en dos partes.

La próxima vez les contaré qué cosas deben tener en cuenta al levantar el campamento, sobre la historia de un perro comecarpas, lo que sucede cuando una pareja nómada rompe lazos y cada uno se va por un camino distinto con su propia carpa, lo que implica vivir un mes en una carpa, también habrá referencias a una carpa alucinógena, unas técnicas para calentar la carpa en lugares extremadamente fríos, aislantes caseros, la historia de un fantasma que sacudió mi casita de tela, la carpa que se fue a Sudáfrica sin mí y, tal vez, tenga que pensar en una tercera parte.

Mientras, les dejo un poema que escribí para mi carpa, ya que es todo un símbolo y una gran compañera de viaje que inspira sentimientos profundos.

Es un circo la noche

sobre mi rancho de tela

que brilla como un fanal.

Las tormentas lo hamacan,

los rayos lo dibujan

y las estrellas dejan caer

polvos para dormir.

Aquí pueden ver el fanzine que publiqué en Brasil con la traducción de estos versos al portugués.

cosas de la carpa 1
Luna llena desde la carpa, en La Paloma, Uruguay.

Para seguir leyendo en Chica Latinoamericana:

uruguay carátula (1)

En otros sitios también escribieron sobre carpas:

  • Mochileros: cuestiones técnicas a tener en cuenta a la hora de elegir una carpa.
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