¿Tribu viajera?

VIDAS NÓMADAS #3

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Me sorprende, somos muchos

Todos los días viajeros de diferentes partes del mundo, con sueños similares y ganas de salir a recorrer el mundo con poquísimo dinero, se encuentran en alguna parada del camino y se dan un abrazo.

Cuántos, no lo sé, pero somos muchísimos, créanlo. Lo único que hago es unirme a esa ola de mochileros de veintipico y treintaypico, la mayoría profesionales, que buscan algo diferente, un estilo de vida “ailleurs” (más allá, en otra parte). Tal vez nunca lo encontremos y seamos otra generación perdida para los ojos de afuera. Sin embargo, creo que formamos parte de una etapa de transición social hacia un cambio mayor que va a llevar varias generaciones, o algo así.

Créanlo, nos gusta lo que hacemos, así medio perdidos como andamos, sin garantías de encontrar algo mejor. Si uno se queda en casa y lleva una vida rutinaria, muy pocas veces los ve, pero cuando uno agarra la mochila y se mete en el oleaje empiezan a aparecer por todas partes, como un cardumen de delfines juguetones.

Claro que los hay de todo tipo, algunos nos ponemos en pose de viajeros pero no aguantamos mucho este estilo de vida. Otros nos quedamos atrapados en el fluir de los caminos y no sabemos cómo parar. A veces somos las mismas personas viviendo todo eso en diferentes etapas de nuestras vidas.

Como dice Macaco en su canción “Mensajes del agua”somos una marea de gente, todos diferentes, remando al mismo compás… Porque gota sobre gota somos olas que hacen mares, gotas diferentes pero gotas todas iguales… Me encanta esta canción. Además, fue justamente un amigo viajero quien la escuchó en vivo hace años en España, en una casa de okupas, y llevó una copia del disco hasta mi casa.

¿Nativo digital o inmigrante?

La cosa es que nos animamos a salir, a seguir el impulso, a ir a ver qué pasa más allá con nuestros propios ojos. Aunque los medios de comunicación simulen acercarnos el mundo con un click, no nos conformamos con verlo a través de las pantallas. Creo que desconfiamos de tantas pantallas. Somos una tendencia pragmática, somos gente que busca lo tangible mientras todo lo que nos rodea nos impulsa a correr velozmente hacia la abstracción ¿Somos rebeldes por querer ver, tocar, oler y degustar? El punto es que estoy usando esta pantalla para animarte a que salgas, de tanto en tanto, a vivir la vida de otra forma. Para que veas que hay otras posibilidades. No hagas exactamente lo mismo que yo, propongo que construyas tu propio camino, sólo quiero que sepas que si yo pude es porque en realidad no es tan difícil.

Muchos nómadas actuales son nativos digitales, indígenas de este nuevo mundo lleno de botoncitos y pantallas táctiles que ya estaban ahí cuando nacieron. Sin embargo, parece que a veces nos cuesta creer que el mundo puede reducirse a tanto, como a unos clics.

Yo soy un poco más vieja, creo que más bien soy inmigrante digital. No nací inmersa en realidades virtuales, nací en un pueblo perdido de Sudamérica, alejada de las nuevas opciones que en general voy explorando poco a poco, cuando tengo interés. Pero reconozco que mis raíces aún son mecánicas y paso la mayor parte del tiempo atrasada tecnológicamente. Todavía viajo usando algo tan primitivo como la rueda, haciendo dedo en el camino, y me fascina un invento que te da tanta libertad como la bicicleta. La idea de ponerme un casco de realidad virtual no me entusiasma mucho, para volar a realidades paralelas prefiero probar cosas primitivas heredadas de antiguas culturas que no se activan electrónicamente, como el reiki o el yoga, o en casos más extremos, como sucedió una vez, con ayahuasca. Sin embargo, mis viajes mentales más frecuentes siguen siendo con el cine y la literatura que nunca dejan de asombrarme.

¿Por qué viajamos tanto?

Tal vez porque somos curiosos, o porque a muchos de nosotros nos gusta conocer, indagar, explorar y eso nos ha ido aproximando a otros universos, a otras posibilidades, a otros tiempos y ritmos muy distintos a los que tenemos a nuestro alcance o nos muestran las pantallas. Como soy un tanto curiosa, quiero verlo todo, dijo Egeria, la escritora de relatos de viajes más antigua de la que se tiene noticias.

Creemos, quizá, en una esencia humana y humanitaria común, algo que quedó enterrado bajo una montaña de bytes y selfies… Yo qué sé. Sólo deliro un poco esta mañana fresca y gris de mi segundo día de viaje, sobre ideas sueltas que me van surgiendo, sobre problemas existenciales de una viajera que sabe que no es la única, que sin querer, pertenece a una tribu de escala planetaria, y que a pesar de ser muchos, no dejamos de ser minoría. Es cierto, sólo algunos de nosotros nos arriesgamos a hacernos visibles en las pantallas y en los clics.

La mayoría de los viajeros anda cabizbajo y meditabundo en relación a las redes sociales, pero altivos frente al mundo y llenos de historias que a veces pienso ¿a dónde van a parar? Las mejores historias quedan silenciadas, o se susurran casi al oído de unos pocos, como secretos inconfesables de un mundo paralelo. A veces, una noche de vinos basta para que los mejores relatos de viaje salgan por la lengua frente a amigos que nos hacen sentir a gusto, y qué gracioso cuando dicen: ¡esas son las historias que tenés que escribir y vas a vender miles de libros! Pero a veces, hay cosas que deben quedar en la intimidad de sus protagonistas; vender de a miles no siempre es la prioridad. Aunque pensándolo bien…

En fin, este no es un texto sobre lo que se puede contar y lo que no, sino sobre la sensación de andar con la casita a cuestas, y la felicidad que produce ver que de todas partes surgen colegas (ojo, que “turista” y “viajero” no son la misma cosa, aunque todos anden con mochilas a cuestas).

Todos los mochileros son distintos, con ideas diferentes, con formas diversas de andar por el mundo y de posicionarse frente al mundo. Cierto es que nos une que todos buscamos un no sé qué. El punto es que ayer quiso la vida que dos  viajeras se encontraran en Salta: Larissa y yo. Uno más entre cientos de encuentros de este tipo que se producen a diario. Pero claro, para nosotras no es un mero hecho cotidiano ya que, como estuvimos hablando, encontrar compañeros de viaje después de viajar un buen tiempo solas, no es tarea fácil.

Ayer, tratando de conseguir alojamiento en San Pedro de Atacama, fue desplegándose ante nosotras una red de “amigos de amigos”, todos viajeros, que siempre terminaban teniendo algunos amigos en común. La red social fuera de internet existe, aunque es innegable que mantenemos contacto gracias a la web, pero generalmente nos encontramos por primera vez cara a cara, andando. Luego, ese amigo resulta ser el hermano de la novia de mi amigo con el que viajé en bici por Paraguay, y ese amigo del pedal es amigo de mi amiga que se acaba de encontrar con otro viajero, amigo con el que había subido una montaña, y así… Somos muchos, y nos encontramos dando vueltas por el mundo, de eso se trata este texto.

Salta, Argentina. 8 de abril de 2015.

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