A dedo (sola) por rutas uruguayas

BITÁCORA URUGUAY #5

¿Recuerdan que había dormido mi primera noche sola en carpa en Uruguay? Al otro día decidí levantarme, desarmar campamento y seguir viaje. Tenía que animarme a viajar a dedo por primera vez sola. Aunque ya lo había hecho varias veces con compañeros de viaje y otras trabajando como docente, ésta era la primera vez que lo haría sola en otro país.

Me puse la mochila como pude y caminé un tramo corto hasta la ruta. Encontré el cruce que me convenía y apoyé la mochila, siguiendo los consejos para viajar  a dedo que ya conocía.

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No esperé más de quince minutos. Se detuvo una camioneta con dos tipos. Temblé. Todos los miedos de agresión que existen en mi mente me invadieron en un segundo. (Siempre quiero ser sincera respecto a esto, no soy una chica súper valiente que va por el mundo de manera inconsciente, ingenua o superada, sería una vil mentira). Si un hombre me daba miedo, dos me producían terror.

Alargué el tiempo unos segundos para medir a los tipos preguntándoles hacia dónde iban y si tenían lugar para la mochila. De paso los observaba un poco más y tomaba la decisión de subir o no. Debo admitir que tuve una sensación rara pero igual subí. Era mi primer día a dedo y aún no sabía cómo decir que no. Además, tenía que intentarlo.

Los chicos (de entre 25 y 35 años) eran de Montevideo y hacia allá se dirigían. Fumaron marihuana sin parar todo el viaje desde las Termas de Daymán hasta donde bajé. Me ofrecían una y otra vez y yo decía: no, gracias, cada vez. Igual me fumé todo el humo que quedaba en la cabina. Creo que ya estaba paranoica, me ponía alerta ante cualquier detalle. Todo me exaltaba.

Llevaban un trailer con una moto de agua, dijeron que la iban a vender en Montevideo. Después de pasar a toda velocidad con música heavy metal por muchos puntos del mapa que me habían llamado la atención, pararon en Andresito para darle una probadita a la moto en un lago enorme.

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En algún momento pensé si la moto no sería robada, es que sólo me salía pensar lo peor. Aproveché el momento para buscar una linda excusa y bajar de la camioneta con la mochila. Agradecí, deseé buen viaje, me despedí (a pesar de sus insistencias para que siguiera con ellos), y busqué un lugar para acampar.

Ya no quería viajar así, empezaban a asustarme un poco. Tal vez era sólo mi imaginación, pero la verdad es que ya no podía seguir en esa cápsula metalera y humeante. No era un buen viaje para mí, no lograba disfrutarlo. Para colmo, sólo me hablaban de casos de violencia en Montevideo. Me pintaron horrible una ciudad que hacía tanto soñaba con conocer. Parecía que su intención era hacerme tener miedo, y lo lograron.

Se hacía tarde, lo mejor era dormir y seguir viaje al otro día. No está bueno que te agarre la noche en la ruta y todavía faltaba mucho para llegar a la ciudad de Eduardo Galeano.

Armé la carpa y, mientras lo hacía, trataba de convencerme de que esa sólo era una parte del todo, Montevideo debía tener mil cosas hermosas. Sólo era un punto de vista entre tantos relatos posibles.

Para distraerme planeé buscar detalles que a Montevideo la hicieran única, iba a encontrar esa parte que no quisiera parecerse a Buenos Aires, aunque sabía que de lo otro también habría. Estos chicos tal vez pisaban sólo el lado oscuro de Montevideo, no me convenía empezar un viaje por ese costado. Así que, gracias por el aventón, muchachos, mejor me quedo en Andresito para conocer mejor la zona. Y gracias por hacerme pensar en todas estas cosas.

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No tenía un plan, sólo un contacto de Couchsurfing en Libertad y otros en Montevideo a quienes no les podía confirmar una fecha de llegada porque viajar a dedo es así, imprevisible. Sin embargo, salí ese día con una sensación de urgencia por tocar con los pies la costa del Río de la Plata. Pero debía ser paciente.

Cuando planeaba mis viajes siempre me gustaba mirar los mapas y soñar con recorrer todas sus orillas. El agua me fascina y me da mucho miedo a la vez. No me meto en cualquier agua si no me siento segura o acompañada por alguien que me pueda rescatar. Igual, con el tiempo me di cuenta que las cosas que me asustan son también las que más me seducen.

Quería saber en qué parte de la inmensa desembocadura el río empezaba a tener aspecto de mar. Quería probar la transición: agua dulce, salobre y salada. No debía ser un mero hecho que el río más ancho del mundo sea devorado cada día por el Océano Atlántico ¿Cómo un evento majestuoso de la naturaleza podía quedar como algo tan banal, algo que no existe en los relatos de viajes ni en las conversaciones de los mayores?

Tenía que develar el misterio del río con mis propios ojos. Ese es uno de los motivos o caprichos que me llevan a viajar. La necesidad de estar ahí, cara a cara con los eventos inolvidables.

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Además,  el lago de Andresito se veía muy lindo, lleno de naturaleza y paz. También significaba una costa para mis relatos en las orillas, también había una mancha celeste enorme en el mapa, un lago uruguayo producto de embalses artificiales del que nunca había escuchado hablar. Y ahora por decisiones del azar, estaba ahí. Yo me veía como un punto invisible en una mancha en un mapa; tenía que aprovechar esa oportunidad.

Sólo que no sabía que al rato también se iba a poner metalera la noche, la tormenta que se armó en un santiamén caería bien heavy  sobre mi casita de tela.

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Para seguir leyendo:

uruguay carátula (1)

Copia de cosas de viajar 1 (1)

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