Esas crónicas que no conté

POLIAMOR

Cuando conocí a K mi vida dio un giro, de la melancolía pasó a algo más parecido a la felicidad. Lo cierto es que unos meses antes, me había enamorado de J, pero no funcionó, y después de eso como que ya no estaba en condiciones de hacerme cargo de que estaba enamorada de K, así tan rápido; al menos, no quería planteármelo, y me parece que él tampoco.

Volví desde Ecuador a Lima para estar más tiempo con J. Duramos un mes de puros desencuentros y decidimos dejar de vernos. La vida y los sentimientos de J eran demasiado confusos, pero me quedé igual. Al final, creo que volví a Lima por J pero me quedé por mí. Estaba un poco cansada de andar cruzando pueblitos, ciudades y fronteras latinoamericanas. Tenía una especie de necesidad intelectual de construir algo en un lugar, y para eso necesitaba frenar los pasos, frenar la cabeza de tantos paisajes que pasaban como por la ventanilla de un tren a toda velocidad. Creo que J fue una buena excusa para elegir parar. Y Lima me seducía tanto como J que un día me mostraba sus costas soleadas llenas de vida, de pensamientos complejos maravillosos, y otro día me mostraba sus miserias, sus grises, sus ganas de no amar.

Pero K era diferente. K era puro sonrisas, esa mueca amable y constante que te conquista; pero a la vez tenía una tupida barba romana y una mirada estirada que me encantaban. K me miraba y su rostro se iluminaba y sonreía para mí casi todo el tiempo, aunque después, cuando él se distraía, yo descubría gestos grises; especialmente cuando leía la pantalla del celular o del monitor. Tal vez K por dentro era gris como Lima, pero sacaba por un rato todos los soles para mí, o mejor dicho, las estrellas, porque en general, nos veíamos de noche.

Yo trabajaba hasta las 10 pm y él pasaba a buscarme en moto por el hotel donde era recepcionista y me secuestraba de Miraflores hasta su casa. Me encantaba ver a K en la vereda, sentado en la moto, canchero, esperándome. Yo salía casi corriendo de trabajar, sentía que sonreía como una adolescente enamorada, trataba de disimular, pero no soy buena para eso; sentía como me brillaban los ojos. K me daba un beso de niño alegre que está por iniciar una travesura y con prisa sacaba del baúl de la moto una campera* rompevientos, que me quedaba enorme, y un casco que me impedía sentir su nuca (que me encantaba). Me ayudaba a disfrazarme de motoquera, trepábamos el rodado con una técnica que me había enseñado, y yo me abrazaba a él cerrando los ojos, disfrutando de la sensación de dejarme llevar, y la sensación del calor de su cuerpo contra el mío.

En los semáforos, K me acariciaba las rodillas con las que lo apretaba, o me tomaba la mano que metía en el bolsillo de su campera. En esos momentos, que duraban 18 minutos, según K que tenía una obsesión con el tiempo, yo sabía que era feliz. Hasta hoy, mientras voy manejando a clases, o caminando al trabajo, un año después y en otro país, a veces siento un deseo enorme de abrazar la espalda de K en esa moto, de abrazar su recuerdo, más bien, y de ver desde lo alto de la autopista el océano en la noche, rumbo a Pueblo Libre; hermoso nombre para un barrio donde fui libre y feliz por muchas horas. Tal vez soltando esta historia también suelte esas ganas.

A veces me tocaba trabajar muy temprano, y K hacía el esfuerzo de llevarme de nuevo a Miraflores al amanecer; él ponía el despertador y me ayudaba a vestirme de motoquera para hacer el viaje entre la niebla. Si tuviera que elegir un momento para congelar, sería ese, viajando eternamente con K en una moto, atravesando niebla, frío, viento, sol, paisajes espectaculares, tránsito ruidoso e insoportable. Dejarme llevar por un instante era lo mejor que me podía pasar después de haber tomado las riendas de mi vida por tanto tiempo. Y K era perfecto para eso, siempre tenía un plan, una decisión que se imponía, un juego improvisado al que no me podía resistir aunque fuera tonto. Ser libre es agotador a veces, una quiere tener un botón de automático que te permite bajar la guardia de tanto en tanto y poder seguir al conejo blanco.

Amaba los momentos con K pero la intuición me decía que no podía pedir ni pretender más de lo que tenía. No podía ir más allá. Y decidí seguir la intuición y no cruzar fronteras; preferí no preguntar mucho, no penetrar los grises de esa mirada y desconfiar de mí misma respecto a hasta dónde podía llegar.

En el fondo, yo no olvidaba mi condición de nómade y K era sedentario, todo el tiempo me lo recordaba, me decía que amaba su barrio, que Lima era su universo. Yo nunca había sentido algo así por un lugar; de alguna manera me fascinaba saber que eso podía existir como sentimiento genuino. Sin embargo, yo sabía que Lima tenía fecha de vencimiento; la pasaba bien pero no era mi lugar en el mundo, demasiados días grises y bocinazos violentos no armonizaban con mi esencia. Además, no quería morir en un tsunami, ni  mucho menos en un terremoto; (lo sé, son puras excusas…)

K quería compartir conmigo sólo ratos alegres, de buenas vibras, y yo los necesitaba, así que decidí no pincharlos y seguir la corriente. Cuando pasó el tiempo y los silencios y ausencias de K me enturbiaban, porque debo admitirlo, cada día lo quería más aunque quisiera convencerme de lo contrario, volvía a ver J que había aparecido como un viejo amigo lleno de cosas para contarme en los reencuentros.

J era muy extraño para mí; no creo que haya dos Jotas en este mundo, ni en otras vidas. Es una configuración tan insólita que tal vez por eso me atraía. Él me invitaba a hacer cosas juntos, como amigos, claro está, y pasábamos horas hablando de temas muy intelectuales en su auto frente al océano, en un bar de mala muerte que le gustaba mucho, o en un parque, y no intentaba nada conmigo. Creo que no se animaba. Era gracioso porque J era tan cerebral y, sin embargo, se le escapaban los detalles más importantes; en cambio K exteriorizaba más sus emociones, su afecto; era más cariñoso, más atento. J era lo contrario. Pero, en diferentes medidas, me gustaban ambos. Me fascinaban. Me descolocaban. Me divertían. Pero también me hacían sentir una extraña soledad, un nuevo tipo de vacío interior.

Con J siempre era yo la que daba el paso en falso y lo invitaba a pasar cuando me acompañaba hasta la puerta de casa; a veces se hacía rogar un poco, y al final J siempre pasaba. Creo que el tema era que le intimidaban mis 19  vecinos, tenía muchos guardaespaldas curiosos… Era una casa comunitaria de gente nómade como yo. Igual pasábamos noches alucinantes. J dormía abrazándome tan fuerte que de a poco tenía que ir sacándomelo de encima porque no podía respirar tan apretada, o no podía ir al baño. Y cuando me liberaba, J me volvía a abrazar fuerte y dormido me decía: no te vaias (con ese acento tan peruano). Me daba ternura, pero no podía dormir bien.

En cambio K era ergonómicamente perfecto para mí. Como quedábamos, dormíamos, sentía una paz que me ayudaba a recostarme placenteramente a su lado, aunque a veces tenía sueños muy extraños. En general, J me abrazaba a mí, y yo solía abrazar a K. Pero me daba vueltas, y K me volvía a abrazar, y me encantaba. Éramos como un panqueque, nos pasábamos dando vueltas toda la noche, siempre pegados.

Para ese entonces, yo ya no estaba tan pegada a J como lo había estado al principio, lo conocía mejor y no lo necesitaba; además, ya no podía imaginar una relación estable con él, ni siquiera podía concebir mentalmente a una mujer que se lo bancara con sus altibajos. Como que sacaba el corazón de golpe y después se arrepentía y te mostraba los dientes. Me gustaba verlo cada tanto, tampoco muy de seguido porque después necesitaba unos días para recuperarme de esos encuentros un poco demenciales.

Yo estaba con J pero extrañaba a K. Con J igual la pasaba bien, tenía un poder de seducción muy fuerte sobre mí. Creo que con J siempre fue un vínculo más sexual y alocado; con K era más completo. Pero yo imaginaba que K estaba con otra y con J sanaba mis supuestos. Debo admitir que cuando más me dolía la ausencia de K, estuve también con A y con otro que no recuerdo la inicial de su nombre, y todo eso me fue doliendo y vaciando más y más.

Mis amigas me dijeron que debía parar, que ni K, ni J, ni A, ni X eran para mí. Yo les decía que estaba experimentando el poliamor, que al menos a dos de ellos quería mucho, pero sin poseerlos, ni ellos a mí; les hablaba del desapego, y se mataban de risa. Claro, me conocían. Con el tiempo les di la razón, el poliamor no es para una chica tan enamoradiza como yo, es para la gente que no deja el corazón en lo que hace, sólo pone el cuerpo, y ya. Al menos eso me pareció.

Finalmente, pasaron muchas otras cosas y fui definiendo la fecha de regreso a casa. Vi primero a J para despedirme. Le dije que me iba y que gracias por todo. J me dijo que tenía la sensación de querer decirme algo importante, que sentía una angustia,  yo le dije que era tarde para hablar de esas cosas, que ya fue, que prefería que no dijera nada y que sigamos siendo amigos. J me dijo que tenía la sensación de estar viviendo conmigo una película latinoamericana y que le ponía muy triste saber que ya se terminaba… J era el tío más torpe para tratar sentimientos que conocí, pero me encantó que dijera eso; lo abracé y pasamos otra increíble noche juntos en mi casa… Así terminó esa película.

La despedida con K era más compleja. Ya no nos veíamos tanto, yo andaba a full y él también. Hice una despedida con mis amigas y lo invité porque ya no había tiempo para dos despedidas más. Fue divertido, fue otra gran noche de muchas cosas. Al final, dormimos juntos algo ebrios y contentos, y me dijo cosas tiernas que ya no recuerdo; sacó selfies de mi cama, de mi cuartito colorido, porque quería recordarlo todo. Me dijo que en 5 años nos volveríamos a ver y seríamos muy felices. No le creí pero me pareció que lo decía para ponerme contenta. Le dije que me invitara a viajar por Sudamérica cuando se comprara una moto más grande… Y todo fue quedando así, en palabras huecas, pero bellas. El instante era puro, pleno y lleno de cosas hermosas. Yo sabía que no lo volvería a ver…

Al otro día, K me  fue a despedir a la estación, llegó casi sobre la hora, pero llegó. Me regaló un bolso para transportar el cajón peruano que llevaba en la mano y lo último que me dio cuando ya iba a subir al bus fue su reloj, ese con el que calculaba todos los tiempos, vivía tan obsesionado que yo lo llamé “El hombre del Tiempo”… Y me dijo: te llevas mi tiempo. Y me fui sintiendo que algo muy importante acababa de suceder, pero no entendí muy bien qué.

Aún sigo viendo mentalmente a K cuando voy de curva en curva todos los días por la avenida ribereña, recordando esos viajes en moto por Lima de Miraflores a Pueblo Libre. No es una nostalgia la que me invade, no de las tristes; sino la sensación de haber vivido una película llena de momentos felices con K. Un amor frustrado que devino en poliamor doloroso. Sin dudas, pienso, el amor no es para débiles ni cobardes. Es para los que se animan, los que se dejan llevar, los que ponen el corazón en el fuego, aunque duela.

A J ya casi no lo pienso, no se me quedó tan pegado como K. Es que cuando me fui una amiga que nos había presentado, me confesó que ella sí se había acostado con J como yo lo sospeché desde el principio. Y volver a vivir la película mental de J con ella presente de esa forma fantasmal en todas las escenas, es muy raro. Ahora, cuando pienso en J y se me viene el recuerdo de mi amiga con él, pienso: fuchi, fuchi, y siento la necesidad de que me pasen un gran plumero limpia chakras, o algo así, jaja.

El Poliamor dicen que es el amor libre con pleno conocimiento de las partes. Yo no sé si cumplí con la segunda parte, pero la primera, sin dudas. Amé libremente el instante vivido en plenitud con cada uno de ellos, sin culpas, sin pretensiones conscientes. Nunca propuse las reglas del juego, ni me las propusieron, pero había algo como asumido en el aire, algo que tácitamente nos habilitaba a la acción y al silencio de ciertos intersticios. Había una sospecha de lo que pasaba, tal vez nos unía la sospecha, y había a la vez una felicidad escondida que se retroalimentaba por separado. Tengo la certeza de que ninguno estaba listo para las palabras; buceamos, jugamos y navegamos en los significados, pero jamás nombramos lo que estábamos viviendo. Bueno, en realidad una vez salió un intento: vivimos algo así como una película latinoamericana. Y la recuerdo por partes, de tanto en tanto…

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*La foto me la sacó K en Punta Hermosa, una vez que viajamos hasta esa playa en moto. Inolvidable momento. Prefiero mantener a K y J en el anonimato, usando el estilo de los libros de la viajera Aniko Villalba de poner sólo las iniciales, que creo que lo había visto también en novelas de Saramago. Por si las moscas.

*campera es chaqueta.

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3 comentarios

  1. Te extrañaba loquita, hermoso tu escrito como siempre. Me hiciste recordar en algo que no fue este verano por miedo al poliamor. Jaja
    Aunque no te conozca personalmente, te tengo que agradecer porque tu blog fue de lo que me dio animo para salir de mochilero este verano pasado.
    Espero que andes muy bien! Un beso grande!

  2. Muy íntimo y profundo relato! Aplaudo estos escritos bien de adentro del corazón. Pobre J, se quedó sin su amor…. pobre K, de la chica que se perdió… pobre C, se quedó sin su K que lo ve hasta en sus sueños… Lindo triangulo de amores no correspondidos.

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