Carrera por un abrazo

Hacía varios meses que viajaba con N por Brasil. Nos había puesto en contacto un amigo en común porque ambos éramos poetas y mochileros caminando hacia el mismo rumbo. Cuando conocí a N pensé que yo no era para él, pero con el tiempo nos fuimos reencontrando y enamorando y, por algún momento, llegué a sentir que podíamos seguir juntos por mucho, mucho tiempo más.

No había forma de no enamorarse de N porque se mostraba frente a mí como un ser que iluminaba todo lo que yo hacía o tenía ganas de hacer. N parecía estar puesto en el mundo para eso, para ayudar a otros, para acompañar, para ofrecerse cien por ciento de corazón abierto. Pero las primeras intuiciones son las que suelen coincidir con los destinos y, finalmente, yo no era para N. Después de cientos de kilómetros juntos y cientos de horas sin despegarnos por un minuto, nos separamos para seguir cada uno por un camino diferente.  Pero esa decisión fue dolorosa, larga y llena de idas y vueltas. Y sobre eso es este relato.

Más de una vez nos separamos por diferentes motivos con dudas sobre volver a encontrarnos para seguir viajando juntos, y sin embargo, regresamos. Una vez, discutimos mucho, nos lastimamos mucho, perdimos el sentido de seguir así y, como resultado, agarré la mochila y decidí alejarme, tomar distancia, partir. Me sentía culpable de seguir arrastrando un malestar que nos afectaba a ambos. Yo sentía que tenía la responsabilidad de tomar la decisión. Temía que N nunca tuviera el valor de hacerlo.

Mucha gente dice que escapar es fácil, pero no, no lo es, porque todos los fantasmas vienen con uno como una caravana de miedos, ausencias y recuerdos que no paran de atormentarte. No puedo explicar lo doloroso que fue, pero supongo que todos alguna vez pasaron por una separación o quiebre en una relación y saben más o menos a qué me refiero. Sólo que estar sola a miles de kilómetros de casa hacía en este momento que todo fuera un poco más dramático.

Antes de conocer a N yo viajaba sola y me sentía libre, valiente, capaz de todo lo que me propusiera, y después de viajar con N había perdido todas esos poderes adquiridos en el camino, los había olvidado, no sabía cómo tenía que hacer para volver a sentirme capaz de seguir viajando sola con una mochila por el continente. El refugio que me daba N era tan sólido y confortable que volver a salir al mundo sin eso me daba pánico. Viajar sola y sentirme bien no era como aprender a andar en bicicleta, sentía que tenía que volver a aprender todo de cero. Seguramente esas fortalezas seguían dentro de mí, pero las ganas de no separarme de N hacían que las bloqueara.

Gracias a una amiga que había conocido miles de kilómetros antes, conseguí un contacto en una de las ciudades más inseguras que conocí hasta ahora, Maceió, sólo que yo no lo sabía hasta que llegué. Por suerte, los lugares así suelen estar poblados de gente muy hermosa, como Ian y Jana que me dieron un pedacito del patio en su pensión de estudiantes para armar mi carpa. Me tomé un colectivo directo a Maceió saltándome lugares bellísimos que me dolieron pasar de largo, porque si los hubiera pasado con N seguramente que los hubiéramos recorrido a dedo, parando donde nos diera la gana. Pero sola era diferente.

Estuve con Ian y su novia Jana tratando de dejar de lado la angustia y descubriendo nuevas formas de vivir, de ver el mundo, de pasarla bien. La mayor parte del tiempo trataba de disimular y dejarme llevar por las circunstancias, pero en el fondo quería saber de N, cómo estaba, dónde estaba, qué iba a hacer. Lo extrañaba cada día más. Había momentos en que sentía que sola no iba a poder, que me iba a morir, y un día que me desperté temprano con todas las pilas me metí al mar corriendo con Jana después de hacer yoga al amanecer en la arena, y una corriente marina nos llevó tan lejos que realmente creí que iba a morir. Nos rescató un bombero.

No aguanté más y creo que fue ahí que rompí la promesa a mí misma de no escribir a N hasta que pasara un buen tiempo, para hacer las cosas más fáciles. Pero le escribí, estaba muy asustada, lo necesitaba, quería que me abrazara. Pequé de niña mimada. Casi que le exigí que viniera a verme. No sé si había pasado una semana o diez días, pero N vino a dedo hasta mí. Estaba preocupado. No sé si quería volver conmigo, porque estaba enojado, pero vino igual. Y todo ese día lo esperé y esperé nerviosa, contrariada con lo que había hecho, ¿por qué rompí la distancia? ¿se puede arreglar una relación tan rota? ¿me quiere aún? ¿lo quiero todavía? Claro que nos queríamos, pero no sabía hasta dónde llegaba el amor. Me torturaba pensando en todo eso. No eran muchos kilómetros de distancia, pero el viaje fue larguísimo. Luego supe que a dedo no fue nada fácil, después me contó un montón de contratiempos que tuvo en el camino.

Cuando se hizo de noche no daba más de los nervios. Jana y Ian, que estaban al tanto, se daban cuenta. Hasta que sonó el teléfono, era N avisando que ya estaba en Maceió y que iba para Praia do Francés, donde estaba viviendo, qué cómo hacía para encontrarme. Entonces le indiqué el nombre del bar más conocido para que esperara en frente. Un rato después, desde el teléfono público de la calle frente al bar indicado, N volvió a llamar, estaba sólo a unas seis cuadras de la casa. Ian, con su simpatía y atletismo se paró de un salto, le agarró de la mano a Jana y salió corriendo con ella al grito de: ¡el que llega primero abraza a N!

Fue una frase bellísima que encendió todas mis moléculas y, sin dudas, yo quería ser la primera que abrazara a N. Fue la carrera más cinematográfica que viví hasta ahora, corrí, corrí, corrí, por ganar el abrazo de N. Cuando llegamos al bar, muertos de cansancio y de risa, pude distinguir a N a lo lejos en la oscuridad por su mochila y sus rastas. Seguí corriendo y Jana y Ian conmigo. Yo no gané, pero me dejaron abrazarlo primera igual. Sólo que N se mostró extrañado y desconfiado, no entendía esa nueva energía con la que lo recibía, una nueva algarabía que había nacido cinco minutos antes gracias a Ian y Jana, y lo único que dijo fue: tuve un día de mierda, no sé por qué estás tan contenta. No sé qué estoy haciendo acá…

No fue el final esperado pero ese momento siempre será mágico, en el que corrí hasta no poder más por un abrazo, por un reencuentro, por salvar un amor que se estaba hundiendo. No importa el resultado, porque haberlo intentado me llena de dicha.

Con el tiempo, Jana, Ian y N se hicieron grandes amigos, hicimos las paces y viajamos juntos varios meses más. Pero luego decidimos separarnos definitivamente sin chances de volver a vernos, deseándonos a cada uno un buen camino. Y así fue. N fue a la estación de buses conmigo en Fortaleza y me dio un abrazo de despedida en el que lloramos los dos. Otra vez era yo la que me iba, y me quedé mirando a N alejándose de la terminal solo, sin mirar atrás, sin que se diera cuenta que yo lo miraba por última vez.

Participar de una carrera por un abrazo fue una de las mejores cosas que viví hasta ahora. Gracias Jana y Ian por esa idea inspiradora, salvadora, inolvidable.

yoga-praia-do-frances-maceio-alagoas (1)

*En la foto salen Ian, Jana y un amigo el día que hicimos yoga y casi me ahogué en Praia do Francés.

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