Muchos tipos de hospitalidad

Esta historia comenzó cuando empecé a viajar con mi amiga N de Sao Paulo a Rio de Janeiro. La conocí en los foros de Couchsurfing buscando compañera o compañero de viaje a dedo por Brasil. Iba viajando sola, pero la proximidad con una ciudad monstruosa como Sao Paulo me llevó a tomar un poco más de cuidados de tratar de no ir sola. Coincidimos en ese tramo durante un mes y la verdad es que la pasamos genial y vivimos muchos momentos inolvidables para mí. Éste relato trata sobre algunos de ellos.

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Hermosa playa de Camburí

Hacía pocos días que había empezado a viajar con N y las primeras experiencias de alojamiento en Couchsurfing juntas fueron bien particulares. Primero llegamos, sin saber, porque no lo aclaraba en el perfil, a un hotel en temporada baja cuyo dueño había decidido recibir huéspedes de la red de hospitalidad para que sus empleados tuvieran trabajo y pudieran practicar otros idiomas.

La típica, llegás a la dirección señalada y te encontrás con un hotel y  lo primero que pensás es que te engañaron y te metieron el cuento para engancharte y después cobrarte el alojamiento, o creés que te confundiste de dirección. Pero no, era ahí mismo, en ese hotel tan lindo, tan cerca de la playa en Camburí, donde nos iban a dejar pasar la noche sin pagar. Era la segunda vez que tenía esa suerte usando Couchsurfing en temporada baja en Brasil, sentía que era como una mentira de las pocas que te pueden llegar a gustar en la vida.

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Feliz en Camburí

La pasamos genial y seguimos viaje. Después fuimos a Ilhabela, otra experiencia inolvidable en la casa de una familia muy hermosa en una isla bellísima, nos quedamos varios días porque estábamos enamoradas de nuestra suerte.

Después conseguimos alojamiento en Caraguatatuba en casa de un Ingeniero Hídrico, que fue una experiencia un poco más extraña, pero sin ningún contratiempo. Ambas sentíamos que el tipo estaba en Couchsurfing para enganchar, y ninguna de las dos cayó en la trampa, así que al irnos notamos su decepción. Aclaro que Couchsurfing no es Tinder, pero algunas personas deciden usarlo con el mismo fin y acaba siendo un mal rato. Así que nos quedamos una noche y nos fuimos cuanto antes. Sin embargo, fue una noche inolvidable, tomando cervezas en la playa, mirando los ojitos de tiburones bebés con una linterna. Eso fue lo que el ingeniero nos dijo, al menos.

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Ilhabela, inolvidable.

Todo había comenzado demasiado bien pero las cosas de repente empezaron a ponerse de otro tono. El siguiente alojamiento lo conseguimos en Ubatuba, camino a Paraty. La realidad es que no teníamos un plan previo de dónde parar, a medida que nos iban respondiendo de Couchsurfing sobre la ruta de la costa, íbamos hasta ahí a dedo, así que nuestro viaje se regía por el azar y la hospitalidad de los extraños.

Llegamos casi al atardecer a Ubatuba y nos encontramos en una ciudad que no nos dio buena espina desde el inicio. La dirección que nos había dado el contacto de Couchsurfing, otro tipo, no era fácil de encontrar para nosotras. Al parecer era muy lejos de la costa o del centro y no teníamos dinero para un taxi. Así que preguntando una y otra vez nos indicaron qué bus urbano tomar para llegar al barrio indicado.

A medida que el bus iba avanzando, los barrios se hacían más y más pobres y N y yo nos mirábamos como diciendo, uy, dónde terminaremos. Pasamos por una zona fabril, se notaba porque era la hora en que muchos obreros salían de trabajar y circulaban principalmente en bicicleta. Debo admitir que aún recuerdo cómo el corazón me latía cada vez más fuerte porque el día se iba y no me sentía segura donde nos estábamos metiendo.

Finalmente, el chofer nos indicó dónde bajar según las indicaciones que teníamos. Nos bajamos con las mochilas y por el miedo que se huele a la legua, creo que las dos sentíamos que algo malo nos iba a pasar en ese lugar. N era nueva viajando a dedo y usando Couchsurfing, así que yo debía hacerme cargo de la situación. N temblaba y casi lloraba, me decía: qué hacemos, vamos, vamos de acá.

Le dije que nos pusiéramos frente a un gran supermercado donde circulaba mucha gente y esperáramos un ratito. Necesitaba respirar y sentir el lugar, mirar a la gente mejor, hacerles preguntas a mi intuición. N se desesperaba y ya casi quería pegarme. Yo no quería que me ganaran los prejuicios, sólo por estar en un barrio de gente muy pobre no tenía que pensar que todos eran malos. Pero la verdad es que el miedo era una fiera que me respiraba en la nuca.

Le dije a N que llamaríamos al número del contacto, a quien nombraré G para este relato. Le pediríamos que viniera a buscarnos porque estábamos un poco perdidas y asustadas. Lo miraríamos a ver qué nos inspiraba su presencia, si miedo o confianza, y ahí decidiríamos si nos íbamos o nos quedábamos.

N me dijo que era muy arriesgado. Yo le pedí que por favor confiara en mi intuición, que venía funcionando bastante bien mientras viajaba sola para acercarme a las personas o alejarme de ellas si me daban mala espina. N no quería magia en ese momento, quería que un helicóptero nos sacara de ahí y nos pusiera ya en un lugar seguro. Pero no teníamos un plan B, el centro de la ciudad tampoco parecía muy amistoso ni muy turístico, ya oscurecía y no teníamos mucho dinero. N se escondió detrás de mí y creo que ya empezaba a llorar de miedo. Yo trataba de mantener la guardia, de vigilar, de transmitirle seguridad.

G llegó muy rápido, por lo visto estaba cerca. Cuando lo vi su cara me dio un poco de confianza.  Y el miedo generalmente me hace reaccionar de una manera muy sincera y tonta que hasta ahora por suerte me funcionó bien. Le dije: hola, G, qué bueno que viniste. Estábamos muy asustadas porque ya se hace de noche y no conocemos nada. Tenemos miedo de que nos roben, ¿es peligroso por acá? N aún estaba un poco asustada. Sí, la verdad que es un poco peligroso pero si vienen conmigo no pasa nada. Pensé que era un chiste y me reí, nerviosa. ¿Y tu casa es lejos? No, a unas cuatro cuadras. ¿Y no nos van a robar en el camino? Es que nuestras mochilas llaman la atención pero la verdad es que sólo tenemos mucha ropa sucia. Viajamos a dedo porque no tenemos mucho dinero. G me dijo de nuevo que si íbamos con él no pasaba nada. Entonces le dije: menos mal que viniste a rescatarnos, muchas gracias. Aunque moría de miedo, decir la verdad me pareció una estrategia para que el otro se sienta un poco más responsable de la situación, o algo así.

Darle mi confianza a la gente que me da miedo, confesarles mis temores, hasta ahora hizo que esas mismas personas me cuidaran, en lugar de hacerme algo malo. No digo que sea una regla, pero es como un pase de energías que se siente. Son personas que generalmente reciben hostilidad de alguien como yo, y de repente parece que se sienten un poco mejor con ellos mismos cuando les doy mi confianza en lugar de actuar como lo esperado. No sé, es una hipótesis que tengo, pero puede ser que me equivoque o que a veces falle.

N me miró y con un gesto decidimos ir con G. Volver a la parada de buses era más tenebroso en ese momento. Entonces, sin saber muy bien de qué hablar, le conté a G sobre el viaje a dedo de ese día y él se mostraba muy sonriente. Le pregunté cómo era el recorrido que nos faltaba  hacer porque la cosa se ponía cada vez más tenebrosa, las miradas de los transeúntes, las casas, la forma de moverse de la gente, etc. N miraba a cada rato para atrás, para los costados, y me miraba con insistencia. Yo trataba de disimular una calma chicha y le volví a preguntar a G si era peligroso ese barrio. Volvió a responder que sí pero que él no nos iba a hacer nada. Ya no quise preguntar más.

Tengo que dejar esta historia en suspenso, lo siento, pero es que sino llego tarde a clases y lo que sigue requiere tiempo y concentración. Prometo que esta historia, continuará…

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